Te presto a mi esposo

Te presto a mi esposo

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La habitación estaba preparada con el cuidado de quien monta una exposición de arte que solo una persona vería. Elena había elegido las sábanas nuevas, blancas, de algodón egipcio que había comprado esa misma tarde. Quería que todo fuera visible, que nada absorbiera la luz. Había movido el sillón de cuero marrón —su sillón, donde leía los domingos— hasta la esquina opuesta a la cama, calculando el ángulo exacto desde donde podría ver sin ser vista por completo, desde donde la luz de la lámpara de lectura la cortaría en diagonal dejando su rostro en penumbra mientras iluminaba el escenario.

—¿Estás segura? —preguntó Marcos por tercera vez, ajustándose el cinturón de los vaqueros como hacía siempre cuando estaba nervioso.

Elena se giró desde el armario, donde había estado colocando el lubricante y los condones sobre la cómoda con la precisión de una enfermera preparando instrumental quirúrgico. Llevaba puesta su bata de seda negra, nada debajo, los pezones erectos marcando la tela como dos puntos de exclamación.

—Segura no —dijo, y su voz sonó extrañamente calmada—. Desesperada. Hay diferencia.

Había llevado semanas preparando el terreno. Primero los videos, las confesiones en la oscuridad post-coital, sus manos sobre su piel mientras describía lo que había visto, lo que la excitaba. Luego las preguntas insidiosas sobre cuál de sus compañeras le parecía más follable, quién tenía mejor culo, quién le habría gustado desnudar. Marcos había resistido al principio, incómodo, fiel de esa manera aburrida que Elena ya no soportaba. Pero ella había insistido, había convertido su propia excitación en argumento, en prueba de amor retorcida: *si me amas, fóllalas por mí. Déjame verte.*

Y él había cedido. No de inmediato, pero sí. Primero con fotos, luego con la fantasía compartida, hasta que una noche, borracho y excitado, había accedido. Elena había elegido a Laura desde el principio. Era una compañera de trabajo de Marcos, divorciada, con esa clase de cuerpo que anunciaba sus necesidades sin pedir permiso: caderas anchas, tetas naturales que ya empezaban a ceder a la gravedad, una boca grande que sonreía con demasiada familiaridad.

Laura llegó puntual, como era su estilo. Traía una botella de vino barato y un vestido rojo que dejaba poco a la imaginación. Elena la recibió en la puerta con la calma de una anfitriona que ha invitado a cenar, no a follar a su marido. La besó en ambas mejillas, olió su perfume barato y floral, y sintió que el estómago se le contraía de anticipación.

—Marcos está arriba —dijo Elena—. Cambiándose. ¿Una copa mientras esperamos?

Las dos subieron. Elena sirvió el vino en tres copas, aunque la suya apenas tocó sus labios. Quería estar lúcida, quería que cada imagen se grabara sin el borrón del alcohol. Cuando Marcos salió del baño, en pantalones de chándal y camiseta —demasiado informal, Elena hizo una nota mental para la próxima vez—, se detuvo al ver a las dos mujeres esperando en su dormitorio.

—Bueno —dijo Laura, rompiendo el silencio con una risa ronca—. Esto es incómodo como la hostia.

Elena se levantó. Tomó a Laura de la mano, la guió hasta la cama, la sentó en el borde con la misma delicadeza con la que habría colocado un jarrón. Luego tomó a Marcos de los hombros, lo empujó suavemente hasta que estuvo de pie frente a la otra mujer.

—Yo me siento allí —dijo Elena, señalando el sillón—. Vosotros haced como si yo no existiera. O mejor: hacedlo sabiendo que existo, que os estoy mirando, que cada gemido que saquéis de la otra es para mí.

Se acomodó en el cuero. Cruzó las piernas. La bata se abrió lo suficiente para que ellos vieran que estaba desnuda debajo, pero no lo suficiente para que se distrajeran. Encendió la lámpara de lectura. El haz de luz amarillenta cortó la habitación exactamente como había calculado: ella en la penumbra, ellos bajo el foco improvisto de su atención.

—Adelante —dijo.

Marcos tardó un minuto en moverse. Elena lo observaba, fascinada por su propia fascinación. Había visto a ese hombre desnudo mil veces, había memorizado cada cicatriz, cada vena, cada curva de su cuerpo. Pero verlo así, rígido de nerviosismo y excitación contenida, parado frente a otra mujer que lo miraba con la boca entreabierta, era como verlo por primera vez. Era como tener un espejo mágico que mostraba una vida paralela, una versión de su marido que ella nunca habría conocido de otra manera.

Laura fue la que rompió el hechizo. Se inclinó hacia adelante, tomó la mano de Marcos, la guió hasta su pecho. Él apretó instintivamente, y Elena vio cómo sus dedos se hundían en la carne, cómo Laura cerraba los ojos con una expresión de alivio casi doloroso.

—Más fuerte —dijo Laura—. No soy de cristal.

Marcos obedeció. Elena observó cómo su marido, su Marcos de los domingos y las facturas y los problemas de sueño, se transformaba en algo más primario. Le quitó el vestido a Laura de un tirón, revelando un sujetador negro de encaje barato y bragas a juego. Los pechos de Laura cayeron libres, pesados, con pezones grandes y oscuros que Marcos tomó en su boca con una urgencia que Elena no recordaba haber visto dirigida a ella en años.

Laura gimió. Era un sonido bajo, gutural, que pareía salir de más profundo que su garganta. Elena se deslizó una mano entre sus piernas, encontrándose empapada, sorprendida por su propia humedad. No se tocaba todavía, solo dejaba la mano allí, presente, prometiendo.

—Bájale los pantalones —ordenó Elena, y su voz sonó extrañamente autoritaria en la penumbra.

Marcos lo hizo. Su polla saltó libre, erecta, más dura de lo que Elena la había visto en meses. Laura la tomó sin ceremonias, comparándola quizás con otras, midiéndola con su puño con la familiaridad de quien ha hecho esto cientos de veces. Comenzó a masturbarlo despacio, mirándolo a los ojos, y Marcos dejó escapar un gemido que Elena sintió en su propio clítoris.

—Fóllala —dijo Elena—. Quiero verte entrar en ella.

Marcos empujó a Laura hacia atrás sobre la cama. Ella se abrió de piernas sin pudor, mostrando un coño depilado, húmedo, los labios hinchados y abiertos como una flor carnívora. Marcos se colocó entre ellas, guió su polla con la mano, y Elena observó, con la boca seca, cómo la punta desaparecía en la humedad ajena, cómo su marido se hundía centímetro a centímetro en otro cuerpo.

El sonido fue el primero que la impactó. No había música, no había distracción. Solo el sonido húmedo, obsceno, de la carne entrando en carne, el chasquido de los fluidos, el golpe seco de las caderas de Marcos contra el interior de los muslos de Laura. Y luego los gemidos, los suyos, los de ella, una sinfonía de gruñidos que Elena absorbía como quien bebe agua después de días de sed.

—Mírame —dijo Elena, y Marcos giró la cabeza hacia ella, los ojos vidriosos, la boca abierta—. Mírame mientras te la follas.

Y él la miró. A pesar de la otra mujer debajo de él, a pesar del coño caliente y estrecho que lo envolvía, Marcos mantuvo los ojos fijos en Elena mientras comenzaba a moverse. Era la mirada más íntima que habían compartido en años. A través de la penumbra, Elena sintió que su marido no estaba follando a Laura, estaba follando *para* ella, con ella, usando el cuerpo de la otra como medio, como mensaje, como extensión de su propio deseo dirigido hacia la mujer que observaba desde el rincón.

Laura comenzó a gemir más fuerte. Marcos había encontrado su ritmo, esa cadencia que Elena conocía bien, el movimiento de caderas que él creía suyo pero que ella había memorizado. Cada embestida hacía que las tetas de Laura rebotaran, que su cabeza se golpeara suavemente contra el cabecero, que sus uñas se clavaran en la espalda de Marcos dejando marcas que Elena sabría interpretar después.

—Más fuerte —exigió Elena—. Quiero oírla gritar.

Marcos aceleró. El sonido de los cuerpos chocando se volvió más intenso, más violento. Laura comenzó a balbucear, mezclando español con palabras que no eran palabras, el lenguaje primitivo del placer cercano. Elena finalmente se tocó, dejando que sus dedos encontraran su clítoris hinchado, moviéndose al ritmo de las embestidas que observaba, sincronizando su propio placer con el de ellos.

—Me voy a correr —gritó Laura, y su voz sonó a sorpresa, a derrota—. Dios, me voy a correr, no pares, no pares…

Marcos no paró. Elena reconoció la expresión de su marido, esa tensión en la mandíbula, ese brillo en los ojos. Estaba cerca también. La habitación olía a sexo ahora, a ese olor inconfundible de sudor y fluidos mezclados, y Elena lo inhaló profundamente, grabándolo en su memoria como quien guarda un perfume raro.

Laura se vino con un alarido. Su cuerpo se arqueó, se contrajo, las piernas se cerraron involuntariamente alrededor de la cintura de Marcos como un tornillo. Marcos gruñó, empujó una última vez, profundo, y Elena vio cómo su esposo se vaciaba en otra mujer, cómo sus testículos se contraían, cómo su rostro se transformaba en una máscara de éxtimo absoluto mientras su semen llenaba el condón dentro de Laura.

El silencio después fue casi religioso. Solo la respiración agitada de los dos cuerpos entrelazados sobre la cama blanca, ahora arrugada, manchada de humedad. Marcos se desplomó sobre Laura, y ella lo recibió, acariciándole la espalda con una ternura que Elena no había pedido pero que de alguna manera completaba la escena.

Elena esperó. No se había venido todavía, estaba al borde, suspendida en ese punto doloroso donde todo es posible. Cuando Marcos finalmente se apartó, cuando se quitó el condón lleno y lo dejó caer en la papelera con un gesto ausente, cuando se giró hacia ella con los ojos todavía vidriosos, ella habló:

—Ven aquí.

Marcos caminó hasta el sillón, desnudo, su polla aún semi-erecta, brillando con los restos del placer ajeno. Se arrodilló frente a ella, y Elena abrió más las piernas, mostrándole lo empapada que estaba, lo mucho que le había excitado verlo follar.

—Límpiamela —ordenó—. Límpiala con tu lengua.

Y Marcos, su marido, el hombre que había sido fiel durante ocho años hasta esa noche, se inclinó y comenzó a lamer el coño de su esposa, mezclando el sabor de su propia excitación con el de la mujer que había dejado en la cama, con el de Elena misma. Era una comunión profana, una eucaristía de fluidos, y Elena finalmente se dejó ir, agarrando la cabeza de Marcos, empujándola contra su sexo, viniéndose con gritos que seguramente despertaron a los vecinos, viniéndose mientras miraba por encima del hombro de su marido a Laura, que observaba desde la cama con una expresión de asombro y algo más, algo que Elena reconoció: el deseo de ser vista así, de ser usada así, de ser el espectáculo y el espectador al mismo tiempo.

Después, cuando Laura se hubo ido —con un beso en la mejilla de Elena que duró un segundo de más, con una promesa de «otra vez» que ambas sabían que no era solo cortesía—, Elena y Marcos se quedaron en la cama. Las sábanas estaban destrozadas, olían a sexo y a vino derramado. Elena yacía sobre el pecho de su marido, escuchando su corazón que aún no había recuperado el ritmo normal.

—¿Cómo te sentiste? —preguntó Marcos, y su voz sonaba diferente, más ligera, como si hubiera dejado algo pesado en algún lugar de la habitación.

Elena pensó en la respuesta. Pensó en la humedad entre sus piernas, en la imagen grabada de su marido entrando en otra mujer, en el poder que había sentido al dirigirlos, al poseerlos a ambos con solo su mirada.

—Viva —dijo finalmente—. Me sentí viva. Y tuya. Más tuya que nunca, de alguna manera extraña.

Marcos la abrazó más fuerte. Fuera, el amanecer comenzaba a teñir el cielo de color. Elena sabía que habría otras noches, otras mujeres, quizás otros escenarios. Quizás la próxima vez ella elegiría a alguien diferente, alguien más joven, alguien más mayor, alguien con el cuerpo completamente diferente al de Laura. Quizás la próxima vez ella se tocaría desde el principio, o quizás se uniría al final, o quizás pediría que la ataran a la silla para no poder ni siquiera tocarse mientras observaba.

Las posibilidades eran infinitas, y Elena ya las estaba enumerando en su mente, planeando, diseccionando el placer como quien disecciona una mariposa para entender por qué vuela.

—Duerme —dijo Marcos, y cerró los ojos.

Elena no durmió. Se quedó mirando el techo, escuchando la respiración de su marido, oliendo el sexo que impregnaba la habitación. En la penumbra del amanecer, sonrió.

Ya estaba planeando la próxima.

Por Lenah

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