Capítulo 1
—¿Me veo linda? —preguntó Serena, mostrando una de sus largas piernas morenas sobre el borde de la escalera, la piel brillando bajo la luz tenue del living.
Valentín levantó la mirada desde el teléfono, y por un segundo el mundo se detuvo. Su mujer, su compañera desde los catorce años, estaba ahí, vestida con un minivestido negro que le quedaba tan ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo flaco pero curvilíneo. Su rostro tallado, de facciones duras y sensuales a la vez, estaba enmarcado por una melena morocha ondulada que le caía sobre los hombros desnudos, un legado de su bisabuela italiana. Tenía veinticinco años, pero esa noche parecía una diosa recién salida de algún mito pagano.
—Estás hermosa, como siempre—respondió él, con una sonrisa que intentaba disimular el temblor en sus manos.
Pero no era una noche cualquiera. Los nervios les carcomían el estómago desde hacía horas. Para entender cómo habían llegado hasta ahí, había que remontarse dos años atrás, cuando Valentín, harto de la rutina que se había instalado como una losa en su matrimonio, le propuso a Serena algo impensado: intercambiar de pareja. Ella se había enojado como nunca. Le gritó, le dijo que estaba loco, que la había dejado de amar, que solo quería estar con otras mujeres. Duró tres semanas sin hablarle, y cuando finalmente volvieron a la normalidad, el tema quedó enterrado, o eso creyó el.
Pero la rutina siguió. Las mismas cenas, las mismas conversaciones sobre el trabajo, el mismo sexo los domingos a la tarde, mecánico y predecible. Serena empezó a notar que Valentín miraba a otras mujeres en la calle, que se quedaba callado cuando alguna amiga en una reunión contaba anécdotas picantes. Y ella también sentía el vacío. Habían estado juntos desde tan jóvenes, que ni siquiera sabían qué era la pasión con otro cuerpo, otra piel, otra boca.
Hasta que un día, casi sin querer, ella misma volvió a sacar el tema. Fue en la cama, después de un polvo rápido y mediocre. —¿Todavía pensás en lo del intercambio? —preguntó, mirando el techo. Valentín casi se atraganta con la saliva. —A veces—admitió. Y ahí empezó todo. Investigaron, hablaron con otras parejas en foros, crearon perfiles falsos en aplicaciones. Pero siempre les daba miedo dar el paso. Hasta que encontraron a Francisco y Alicia.
La publicación de ellos decía: «Pareja con experiencia busca primerizos con ganas de explorar. Sin presiones, con respeto. Nosotros manejamos los tiempos.» Tenían fotos elegantes, él de traje, ella con vestidos largos, sonrisas seguras. Quince años de swinger, según contaban. Serena y Valentín pactaron no involucrar sentimientos, solo placer. Pero ahora, con la cena lista sobre la mesa del comedor, los nervios les jugaban una mala pasada.
Caminaron hacia la mesa. Habían preparado una lasaña, una ensalada, vino tinto. Velas. Todo para aparentar que era una cena normal. Pero el timbre sonó antes de que pudieran sentarse, y los dos cuerpos se tensaron como cuerdas de guitarra.
—Voy yo—dijo Valentín, tragando saliva.
Abrió la puerta y ahí estaban. Francisco, un hombre de unos cincuenta años, canas en las sienes, barba bien recortada, traje azul marino sin corbata, el primer botón de la camisa abierto. Medía un palmo más que Valentín, y su presencia llenaba el vano de la puerta. A su lado, Alicia, de cuarenta y cinco, morena de pelo lacio hasta la cintura, cuerpo exuberante que el vestido rojo ajustado marcaba sin pudor. Tetas grandes, caderas anchas, piernas torneadas. Pero lo que más notó Valentín fueron sus ojos: negros, intensos, que lo devoraban de arriba abajo como si ya lo hubieran desnudado.
—Hola—dijo él, con la voz más aguda de lo normal—. Pasen, pasen.
—Gracias por recibirnos, Valentín—respondió Francisco con calma, extendiendo la mano para un apretón firme. Su voz era grave, pausada, como la de alguien acostumbrado a llevar la batuta—. Qué linda casa.
—Sí, gracias, nosotros… la compramos el año pasado—tartamudeó Valentín, mientras los hacía pasar al comedor. Alicia rozó su brazo al pasar, y él sintió una corriente eléctrica recorrerle la espalda.
—Tranquilo, chico—susurró ella con una sonrisa llena de dientes blancos—. No mordemos. Al menos no si no nos piden.
Pero Valentín ya estaba en otro planeta. Entraron al comedor, y Francisco no perdió tiempo. Vio a Serena de espaldas, acomodando las copas de vino sobre la mesa. Dio la vuelta con elegancia, y antes de que ella pudiera siquiera girarse por completo, él ya estaba a su lado, tomándole la mano y depositando un beso tierno pero húmedo en su mejilla.
—Serena, sos mucho más linda en persona que en las fotos—dijo, mirándola fijo a los ojos. Y mientras pronunciaba esas palabras, su mano grande le apretó una nalga con fuerza justa, la suficiente para que ella supiera que no estaba ahí solo para comer lasaña.
Ella sintió el aire escapándose de sus pulmones, pero respondió con un hilo de voz:
—Gracias… Francisco, ¿no?
—El mismo—dijo él, sin soltar la nalga, como si fuera lo más natural del mundo.
Valentín observó la escena desde lejos, con una mezcla de celos y excitación que le revolvía las tripas. Alicia se pegó a su costado, apoyando una mano en su pecho.
—Míralos—le susurró al oído—. Mira cómo se tocan. A vos te gusta, ¿no?
El no pudo responder. Serena, para romper el hielo, soltó un:
—La cena ya está lista. Quería que comamos antes de…
Pero Alicia la interrumpió con una risa baja y gutural:
—¿Cena? Ay, nena, qué ingenua. ¿Por qué no empezamos con el postre?
Y sin más preámbulos, agarró a Valentín del cogote, lo atrajo hacia ella y le plantó un beso profundo, húmedo, de esos que se sienten en la columna. La lengua de ella invadió la boca de él, que abrió los ojos sorprendidos, sin saber dónde poner las manos. Pero Alicia se las arregló para que una de ellas terminara en su cadera, y la otra en la nuca de él, apretando.
Mientras tanto, Francisco rodeó la cintura de Serena con su brazo y la arrastró hacia el fondo del comedor, junto a la pared. Ella no opuso resistencia. Su corazón latía tan fuerte que creía que todos lo escuchaban. Él la tomó del mentón, levantó su rostro hacia el suyo, y la besó. No fue un beso tímido ni exploratorio. Fue un beso de lengua, directo, dueño, que le robó el aire. La boca de Francisco sabía a menta y a tabaco caro, su lengua era experta, y sus manos empezaron a recorrer el cuerpo de Serena como si lo conocieran de siempre.
Ella, que jamás había besado a otro hombre que no fuera Valentín, sintió que el piso se abría bajo sus pies. «Esto es real», pensó. «Estoy besando a un desconocido a dos metros de su mujer y de mi marido». Pero todo lo hablado, todo lo pactado, volvió a ella como un eco: «Si sentís que no querés, decí la palabra de seguridad. Pero si querés, dejate llevar.» Y ella se dejó llevar.
El beso se intensificó. Francisco la alzó sin dejar de besarla, subiéndole el vestido hasta la cintura. Serena sentía la carne dura del bulto de él contra su muslo, a través del pantalón. «Es enorme», pensó, con los dedos recorriendo la forma alargada. Pero no tuvo tiempo de procesarlo. En cuestión de segundos, Francisco le sacó el vestido por la cabeza, dejándola en solo un hilo de encaje negro que apenas cubría su sexo. Ella, instintivamente, intentó cubrirse los pechos, pero él le apartó las manos con rudeza.
—No te escondas, nena—dijo, con esa voz grave—. Esta noche sos mía.
La tomó por las caderas, la alzó como si no pesara nada, y la sentó sobre la mesa del comedor, entre los platos y las copas de vino. Serena, desnuda y expuesta, sintió el frío de la madera en sus nalgas y el calor del cuerpo de Francisco sobre el suyo. Él se separó apenas para mirarla: piernas largas abiertas, tetas pequeñas pero firmes, pezones oscuros y erectos, la mirada perdida entre la vergüenza y el deseo.
Francisco se bajó los pantalones sin sacarse la camisa, y el miembro que apareció ante los ojos de Serena era, efectivamente, enorme. Más grande que el de Valentín, más grueso, con la cabeza amoratada y venas marcadas. Ella tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Esta noche sos mi puta—dijo él, inclinándose sobre ella, el miembro rozando la entrada de su sexo—. Y las putas hacen lo que les dicen.
Sin más, empujó. Serena sintió una mezcla de dolor y placer tan intensa que no pudo contener un grito desgarrador, un alarido que salió de lo más profundo de su vientre.
—¡Aaaah!—fue un grito de placer y dolor a la vez, porque aquella cosa la estaba abriendo como nunca antes la había abierto nadie. Las paredes de ella se adaptaron a duras penas, y Francisco, en lugar de detenerse, empujó más fuerte, hundiéndose hasta la base.
—Así me gusta—gruñó él, mientras comenzaba a moverse con violencia, con embestidas profundas y medidas, disfrutando cada centímetro de aquella carne joven y apretada. Apretaba los pechos de Serena con una mano, mientras con la otra le sujetaba la cadera para que no se escapara.
Ella, por su parte, había dejado de pensar. Solo sentía. Las piernas se le abrieron más, casi en escuadra, para que él pudiera entrar mejor. El dolor había dado paso a una oleada de calor que le subía desde el vientre y se expandía por todo el cuerpo. Jadeaba, gemía, mordía sus propios labios para no gritar más, pero no podía. Cada embestida sonaba húmeda, obscena, y en algún rincón del comedor, Valentín y Alicia también estaban en la suya.
Pero no era la misma historia. Ellos estaban desnudos, sí, sobre el sillón de cuero, pero Valentín seguía flácido. Alicia, montada sobre él, movía las caderas con paciencia, con ternura casi, pero nada. Su miembro no respondía.
—Es normal—dijo ella, acariciándole el cabello—. Estás muy nervioso, amor. Mirá a tu mujer. Mirá cómo la está cogiendo Francisco.
Valentín giró la cabeza hacia la mesa. Vio a Serena, su Serena, con las piernas abiertas, los ojos en blanco, recibiendo a otro hombre adentro de ella con una pasión que él nunca le había visto. Y en lugar de sentir celos, sintió algo nuevo. «¿Por qué no se mueve así conmigo?», pensó, y la respuesta le golpeó la cara: porque él nunca la había cogido así.
—No pasa nada—susurró Alicia, y se levantó de él con una sonrisa. Desnuda, con sus caderas anchas y sus tetas enormes bailándole en el pecho, caminó hacia la mesa. Francisco seguía embistiendo a Serena, que ahora gemía con la boca abierta, la mirada ida.
Alicia se agachó hasta quedar a la altura del rostro de Serena, que estaba tendida sobre la mesa, y le dijo, con una voz que mezclaba dulzura y perversión:
—¿Te gusta la verga de mi marido, nena? Decí la verdad.
Serena tardó en responder, porque Francisco en ese momento le dio un embiste especialmente profundo.
—Sí… sí…—alcanzó a decir—. Es muy… grande…
—Y vos sos muy puta—dijo Alicia, y se inclinó para besarla.
El beso entre las dos mujeres fue fogoso, exploratorio. Serena sintió la lengua de Alicia reclamándola, sus dientes mordiéndole el labio inferior, y sus manos le sujetaron la cara para profundizar el beso. Nunca había besado a una mujer, y ese sabor a lápiz labial y a algo más dulce la descolocó. Pero no se apartó.
Francisco, mientras tanto, siguió cogiendo a Serena sobre la mesa un par de minutos más, hasta que decidió que era hora de cambiar de postura. La agarró por la cintura, la bajó de la mesa de un tirón, y la puso en el piso, en cuatro patas. Luego giró a Alicia, que soltó un gemido de sorpresa, y la puso boca arriba, justo debajo de Serena. Así quedaron: Serena en cuatro sobre el cuerpo de Alicia, sus sexos casi juntos, sus pechos rozándose.
—Así me gusta—dijo Francisco, arrodillándose detrás de Serena. Pero antes de penetrarla, se inclinó y mordió una nalga de ella, dejando marca. Y entonces, con un solo movimiento, enterró su miembro otra vez.
—¡Ah, Dios! —gritó Serena, mientras sus manos se apoyaban en los hombros de Alicia, y su rostro quedaba a centímetros del de ella. Las dos mujeres se miraron, y fue Alicia la que inició el contacto: mordió un pezón de Serena, que respondió arqueando la espalda, y luego se besaron otra vez, con más lengua, con más deseo.
Serena no sabía qué hacer con sus manos, pero Alicia la guió: le tomó las muñecas y se las llevó a sus propias tetas. Serena las apretó, sintiendo la piel suave y los pezones duros como piedras. Aprendía rápido. Mientras tanto, Francisco, detrás, se movía con un ritmo implacable. Cada embestida hacía que Serena empujara su pelvis contra el vientre de Alicia, que gemía con los ojos cerrados.
Francisco le dio a Serena tres embestidas fuertísimas, casi violentas, y luego, sin previo aviso, se la sacó. La dejó vacía, temblando. Serena sintió el aire frío donde antes había calor. Pero Francisco no se detuvo: se giró apenas y penetró a su mujer, a Alicia, que soltó un alarido de placer. Y mientras se movía dentro de ella, no dejó de jugar con el sexo de Serena. Los dedos de Francisco entraron en Serena, tres al mismo tiempo, mojados por la saliva y los jugos de las dos mujeres.
Los jadeos eran una sinfonía desordenada. Serena, estimulada por los dedos y por la visión de su propio marido en el sillón mirando todo, sintió que algo se rompía dentro de ella. Un calor ascendente, una presión que había estado creciendo desde el primer empuje. Y cuando ya creía que no podía más, el orgasmo la cimbró como un rayo.
—¡Me estoy viniendo! ¡Me estoy viniendo! —gritó, mientras su cuerpo se sacudía, las piernas le temblaban, y un chorro de líquido empapó la mano de Francisco y el vientre de Alicia. Era el orgasmo más fuerte de su vida. Nunca había llegado tan lejos, nunca se había sentido tan viva.
—Qué rápido acabó mi puta—dijo Francisco entre risas, sin dejar de embestir a su mujer. Y siguió follando a Alicia, que ahora gemía con una mezcla de súplicas y órdenes: —Más, dame más, así, así, no pares…
Alicia llegó al clímax pocos segundos después, con un grito ronco que resonó en las paredes del comedor. Su espalda se arqueó, las manos de ella se aferraron a los brazos de Serena como si fueran un salvavidas.
El silencio que siguió fue denso, húmedo. Francisco se puso de pie, dejando a la vista de todos su gran miembro todavía erecto, brillante, cubierto de los jugos de las dos mujeres. Los miró a los tres, y sonrió con suficiencia.
—Tu boca, ahora—le dijo a Serena, señalándole el miembro—. Usá tu boca para hacerme acabar. Quiero ver cómo te lo tragas.
Serena, todavía temblorosa por el orgasmo, se puso de rodillas frente a él. «¿Qué estoy haciendo?», pensó por un instante, pero su cuerpo ya se movía solo. Acercó su rostro al miembro de Francisco, sintió el olor intenso, salado, masculino. Pasó la lengua por la cabeza con timidez al principio, apenas rozándola. Él la tomó de los pelos, con suavidad, pero con firmeza.
—No seas tímida, nena. Hacelo bien.
Ella volvió a intentarlo. Lamió toda la longitud, desde la base hasta la punta, con la lengua plana. Luego succionó solo la cabeza, haciendo círculos con la lengua alrededor. Notó que Francisco respiraba más hondo. Tomó aliento y se llevó más de aquello a la boca, pero apenas llegó a la mitad cuando sintió arcadas. Se ahogó, tosió, sacó la cabeza hacia atrás con una línea de saliva que unía sus labios con el glande.
—No puedo—susurró—. Es muy grande.
Pero él no aceptó un no por respuesta. Con una mano en la nuca de ella, la guio de vuelta. —Podes. Relaja la garganta. Pensá en otra cosa.
Serena se obligó a relajar los músculos de la garganta, como si fuera a tragar una pastilla enorme. Y esta vez pudo pasar la mitad. Empezó a mover la cabeza de arriba abajo, sintiendo cómo aquella cosa le llenaba la boca hasta casi romperle las mandíbulas. Sus manos, instintivamente, subieron a los testículos de Francisco y los masajeó suavemente, mientras seguía chupando con más seguridad, más hambre.
En el sillón, Valentín observaba todo con los ojos como platos. Su miembro seguía flácido, pero la excitación mental era tal que sentía la cabeza a punto de estallar. «Mirala», pensaba. «Mirala cómo se lo chupa. Nunca me la chupó así a mí». Y esa mezcla de celos, excitación y humillación lo tenía al borde de un colapso nervioso. Los segundos pasaron, y cuando Serena introdujo casi todo el miembro de Francisco en su garganta, tragando saliva y ahogándose y volviendo a intentarlo, Valentín sintió que ya no podía contenerlo. Sin tocarse siquiera, eyaculó sobre el sillón, un espasmo seco y caliente que lo dejó temblando, los ojos clavados en la boca de su mujer llenándose de otro hombre.
Francisco, sintiendo cerca su propio fin, agarró a Serena de los pelos con más fuerza, empujó su cabeza hacia adelante, y comenzó a moverse dentro de su boca. —Traga todo—gruñó—. No derrames una gota.
Y terminó. Un chorro caliente y espeso llenó la garganta de Serena, que tosió, se ahogó, pero tragó casi todo. Cuando él se retiró, ella quedó en el piso, con los ojos llorosos, la cara sudada y enchastrada de saliva y de su propio llanto, el rímel corrido, el cabello enmarañado. Pero en sus ojos, había una chispa. Una especie de fuego nuevo que no estaba ahí antes. Algo que se había despertado y que no iba a poder apagar nunca más.
El silencio se apoderó del lugar. Solo se escuchaban las respiraciones agitadas. Francisco se abrochó los pantalones con calma, miró a su mujer, que también se estaba incorporando, y luego a Serena, que seguía en el piso, y a Valentín, que no se había movido del sillón.
—Muy rico postre—dijo, con una sonrisa cortés, como si acabaran de terminar un café—. Pero mi mujer no pudo probar lo suyo, así que nos vamos. La lasaña queda para otra ocasión.
—Pero…—intentó protestar Valentín, incorporándose torpemente—. Habíamos quedado en que…
—No quedamos en nada, chico—lo interrumpió Francisco con firmeza—. Ustedes son primerizos, nosotros no. Esto fue una degustación. Si quieren más, ya saben cómo encontrarnos.
Alicia se acercó a Valentín y le dio un beso en la mejilla. —No te preocupes, corazón. Si te relajás, la próxima va a pararse sola—le susurró. Y luego, a Serena, que seguía en el piso, le guiñó un ojo. —Fuiste una diva, nena. La próxima te enseñamos más.
Y se fueron. La puerta se cerró con un clic suave, dejando a Serena y Valentín en un silencio sepulcral, rodeados de platos de comida fría, velas consumiéndose y el olor a sexo flotando en el aire.
Serena fulminó a su marido con la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, pero no de tristeza: de furia contenida. «¿Cómo se atreven a irse así?», pensó. «Recién estábamos empezando». Quería más. Quería todo. Quería que ese desconocido la volviera a penetrar sobre la mesa, que Alicia la besara otra vez, quería probar otras cosas, otras combinaciones.
—No dijiste nada—escupió hacia Valentín, con una voz ronca—. Se fueron y vos no dijiste nada.
—¿Qué querías que dijera?—respondió él, con los brazos cruzados—. Ellos tienen la sartén por el mango, nosotros…
—¡No me importa!—gritó ella, levantándose del piso, tomando un mantel para cubrirse—. Yo quería más. Yo necesito más.
Valentín la miró fijo. Y por primera vez en toda la noche, sonrió. —¿Viste? Te dije que te iba a gustar.
Ella quiso seguir enojada, pero no pudo. Algo en el fondo de sus ojos se suavizó. Se miraron sin hablar, los dos desnudos, los dos enchastrados, los dos con el corazón latiéndoles en la garganta.
—Mañana los llamamos—dijo Valentín, rompiendo el silencio.
Se acostaron sin cenar, sin más palabras, pero ninguno de los dos durmió. Daban vueltas en la cama, cada uno fingiendo sueño, cada uno con la mente a mil revoluciones. Serena repasaba cada segundo: la mano de Francisco apretándole la nalga, el tamaño de su miembro, el orgasmo que la había partido al medio. Valentín no podía sacarse de la cabeza la imagen de su mujer arrodillada, con la boca llena, los ojos llorosos. Y ambos, por separado, llegaron a la misma conclusión: necesitaban más. También querían probar otros intercambios, otras posiciones, otras personas.
El reloj marcaba las tres de la mañana cuando Serena se dio vuelta en la cama y le habló a la nuca de su marido.
—¿Vos también estás pensando en cómo hacer para que la próxima sea mejor?
Valentín se rió bajito, pero no repondio.
Y aunque no se dijeron nada más, los dos sonrieron en la oscuridad. Ya no había vuelta atrás. Habían cruzado un umbral del que no se regresa, y no les importaba. Lo único que les importaba era cuándo volverían a cruzarlo.
Con más fuerza. Con más ganas. Con más de todo.
Capítulo 2
El sol de la mañana siguiente se colaba por la rendija de la cortina, dibujando una línea dorada sobre la cama deshecha. Serena abrió los ojos lentamente, y antes de que su cerebro terminara de despertar, la vergüenza le cayó encima como un balde de agua fría. Recordó todo: la mesa del comedor, la mano de Francisco en su nalga, el beso con Alicia, su grito cuando ese miembro enorme la penetró por primera vez, y después… después su boca llena, ahogándose, los ojos llorosos, y la puerta cerrándose con un clic que sonó a despedida definitiva.
Se llevó las manos a la cara y gimió contra la almohada. «Dios mío, qué hicimos», pensó. Pero al mismo tiempo, un calor recorrió su vientre, porque la vergüenza iba de la mano con la excitación, como dos amantes que no pueden separarse. Se dio vuelta en la cama para buscar a Valentín, pero su lugar estaba vacío y frío. Ya se había ido al trabajo. Miró el reloj: las nueve de la mañana.
Serena se levantó con las piernas temblorosas, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando el comedor. La mesa seguía puesta, con la lasaña fría y las velas consumidas. El olor a sexo ya se había disipado, pero en su cabeza seguía fresco, intenso, imposible de ignorar. Sin pensarlo dos veces, agarró el teléfono.
Buscó el contacto de Alicia. Sus dedos dudaron un instante sobre el teclado, pero la necesidad pudo más. Escribió: —Perdón si anoche no cumplimos sus expectativas, pero queremos más.
El mensaje se fue con un suspiro y ella se quedó mirando la pantalla, mordiéndose el labio inferior. La respuesta llegó casi al instante, como si Alicia hubiera estado esperando ese mensaje.
—Nena, vos estuviste increíble. Pero tu marido no había dicho que era bueno en la cama y no se le paró. O sea, no me molesta, lo que me molesta es que haya mentido. Tendría que haber dicho que es un sumiso que se excita viendo a su mujer con otros, y podríamos haber organizado otra cosa.
Serena leyó el mensaje una vez, dos veces, tres veces. «¿Mi marido sumiso?», pensó, con el ceño fruncido. «¿Valentín? ¿El que siempre tomaba la iniciativa en la cama, el que la agarraba de la cintura cuando quería algo, el que la había llevado de la mano desde los catorce años? ¿Ese era un sumiso?» No podía creerlo. Pero algo en el fondo de su vientre se removió, porque si Alicia tenía razón, entonces muchas cosas de los últimos años empezaban a tener sentido. Las miradas de Valentín cuando ella se vestía provocativa, la forma en que él la alentaba a usar polleras más cortas, los comentarios en voz baja sobre cómo la miraban otros hombres. Siempre lo había interpretado como orgullo, como posesión. ¿Y si era otra cosa?
Sus dedos temblaron mientras escribía la siguiente pregunta: —¿Entonces no nos vamos a ver más?
El teléfono vibró al toque. —Al mediodía ven a mi negocio y lo hablamos personalmente.
Junto al mensaje, una dirección. Una distribuidora en la zona industrial. Serena sintió un nudo en la garganta. «¿Iré?», se preguntó. Pero ya estaba levantándose, ya estaba yendo a la ducha, ya estaba eligiendo la ropa como si su vida dependiera de ello.
Se puso un vestido azul claro, suelto, que se caía de los hombros dejando al descubierto sus clavículas y parte de sus hombros morenos. La abertura era amplia, demasiado amplia, y cada vez que daba un paso, la tela se abría mostrando una franja de su muslo, a veces casi hasta la cadera. Se calzó unas sandalias bajas, se cepilló el pelo ondulado hasta que brilló, y se puso una flor roja en el cabello, justo detrás de la oreja. Esa flor, intensa como un beso, resaltaba contra su piel morena y su pelo oscuro. Se miró al espejo y supo que no iba para hablar. Iba para que la vieran.
El colectivo la dejó a unas cuadras de la distribuidora, y desde lejos ya se escuchaba el ruido de los camiones, los motores encendidos, los gritos de los obreros cargando mercadería. Cuando entró al predio, todas las miradas se clavaron en ella. Eran hombres, casi todos, con overoles sucios, cascos, barbas de varios días. Camioneros que venían de la ruta, muchachos jóvenes que descargaban bolsas de alimento, tipos grandotes con los brazos marcados por el sol. Todos la miraban con un descaro que a Serena le encendió las mejillas.
—Disculpá, ¿dónde está Alicia?—preguntó, dirigiéndose al hombre más cercano, un tipo gordito, con barba desprolija y ojos pequeños que la recorrieron de pies a cabeza como si estuviera tasando un animal.
El hombre se limpió la boca con el dorso de la mano, sonrió mostrando los dientes amarillos, y dijo, sin dejar de mirarle la abertura del vestido: —La oficina de ella está al fondo. Todo recto, doblás a la izquierda y ves una puerta de madera.
—Gracias—respondió Serena, sintiendo la baba de aquel tipo en la nuca mientras se alejaba.
Caminó entre los galpones, esquivando montacargas y pallets, sintiendo en la piel el peso de todas esas miradas. El ruido la envolvía, pero en su cabeza solo había un latido: «Alicia, Alicia, Alicia». Dobló en un pasillo angosto, y ahí estaba Francisco.
Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, vestido con una camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos y pantalón de vestir oscuro. Su figura imponente llenaba el espacio, y sonrió al verla, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que ya ha olido la presa.
—Hola, nena—dijo, y se despegó de la pared—. Mi mujer dijo que vendrías.
Serena quiso responder algo, algún saludo cortés, alguna explicación sobre por qué estaba ahí. Pero Francisco no le dio tiempo. Se acercó, la tomó del mentón con una mano áspera, y la besó. No fue un beso en la mejilla, cálido y educativo. Fue un beso en la boca, directo, con lengua desde el primer segundo. La mano de él le sujetó la nuca, apretando, mientras su lengua exploraba, dominaba, reclamaba. Serena sintió que las rodillas se le aflojaban, pero no se apartó. En algún rincón de su conciencia, una vocecita le decía «¿qué hacés?», pero otra voz, más fuerte y más húmeda, le respondía: «Callate y dejate llevar».
Cuando finalmente separaron sus bocas, la respiración de ella era un pulso irregular. Sus labios estaban hinchados, brillantes de saliva compartida. Quiso protestar, quiso decir algo como «esto no es lo que vine a hacer», pero las palabras se le murieron en la lengua. «Qué le vas a decir», se reprochó a sí misma. «Que sos una mujer casada y que tu marido está en una oficina a tres kilómetros de acá sin saber que te estás besando con otro tipo en un pasillo lleno de obreros». Se quedó callada.
—Ven, pasa—dijo Francisco, guiándola hacia una puerta de madera al fondo. La abrió y la hizo pasar a una oficina pequeña, con un escritorio desordenado, papeles por todos lados, una computadora vieja y un ventilador de pie que giraba lentamente.
Serena miró a su alrededor, buscando a Alicia. No la vio.
—¿Dónde está Alicia?—preguntó, con la voz todavía temblorosa.
Francisco se rió, un sonido grave y pausado, mientras se sentaba en el borde del escritorio, con las piernas abiertas, ocupando todo el espacio.
—No sé—dijo, encogiéndose de hombros—. Tal vez chupándosela a algunos de los empleados. Le gusta hacer eso cuando yo le doy permiso.
Serena se quedó muda. La imagen de Alicia, esa mujer elegante y segura de la noche anterior, arrodillada entre los camiones, con su vestido rojo subido hasta la cintura… la sacudió.
—¿Qué?—atinó a decir.
Francisco la miró fijo, con esos ojos oscuros que lo veían todo. No perdió el tiempo en rodeos. Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y soltó:
—Sin vueltas, nena. Tu marido es un sumiso. Igual que vos. No sé cómo aguantaron tanto tiempo juntos. Los dos sumisos, los dos esperando que alguien les diga lo que tienen que hacer. Lo mejor para un sumiso es obedecer. Por eso viniste acá hoy. Porque necesitás que te digan qué hacer.
Serena sintió que el piso se abría bajo sus pies. Quiso negarlo, quiso decir «no, yo no soy sumisa, yo soy una mujer independiente, tomo mis propias decisiones». Pero la verdad era que había viajado cuarenta minutos en colectivo para ver a Alicia, para mendigar otro encuentro, para… «Para esto», pensó, mientras sus ojos se clavaban en la mano de Francisco bajando lentamente la cremallera de su pantalón.
Él no dijo más. Se reclinó hacia atrás, sacó su miembro del pantalón, y ahí estaba otra vez. Ese animal enorme, semiduro todavía, que ya había estado dentro de ella la noche anterior y ahora la miraba como un ojo único, violeta, exigente.
—Ponete de rodillas—dijo.
Y Serena obedeció. Sin preguntar, sin pensar, sin una sola palabra de resistencia. Sus rodillas tocaron el piso frío de cemento y ella ya estaba frente a él, las manos temblorosas apoyadas en sus muslos, la respiración entrecortada. Al mismo tiempo, Francisco sacó el celular del bolsillo de la camisa, lo desbloqueó, sus dedos se movieron rápidos sobre la pantalla. Serena no le prestó atención. Estaba demasiado concentrada en el miembro que tenía a centímetros de su cara, en el olor a jabón y a hombre, en la forma en que la cabeza ya empezaba a humedecerse.
Lo tomó con la mano, sintiendo el peso, la temperatura. Al principio fue tímida. Pasó la lengua por la punta, apenas, un lametón corto como un beso vergonzante. El sabor era salado, intenso, y algo en su cerebro se desconectó. Volvió a lamer, esta vez más firme, recorriendo toda la longitud desde la base hasta el glande. Y mientras lamía, sintió cómo aquello se contraía, se estiraba, comenzaba a crecer bajo su lengua. Era fascinante verlo. Como si su saliva fuera un hechizo que despertaba a la bestia.
El miembro de Francisco se fue poniendo más grande, y más grande, y más grande, llenando la boca de Serena que apenas podía abarcar la cabeza. Ella gemía alrededor de él, un sonido ahogado, mientras sus labios se estiraban para contener aquel monstruo. Metió más en su boca, y más, sintiendo que las comisuras de sus labios le dolían, que la mandíbula le empezaba a cansar, pero no quería parar. «¿Por qué disfruto tanto de chupársela a otro que no sea Valentín?», se preguntó, mientras su lengua hacía círculos concéntricos alrededor del glande. «¿Por qué esto me parece más rico, más prohibido, más… todo?»
Francisco, arriba, tenía la respiración controlada, como un atleta. Sus dedos se enredaron en el pelo de Serena, en la flor roja que cayó al piso, y apretaron. No la forzó, solo guió. Y Serena, abajo, seguía chupando con más seguridad ahora, con más hambre. Pasaba la lengua por las venas que recorrían aquel tronco, lamía los testículos, los metía en su boca uno por uno mientras su mano seguía masturbando el miembro. Se sentía sucia. Se sentía puta. Y le encantaba.
Lo que Serena no sabía era que Francisco no estaba grabando. No estaba filmando un video para guardar en su teléfono. Había iniciado una videollamada. Del otro lado, Valentín estaba sentado en su oficina, con los codos apoyados en el escritorio, la boca abierta, los ojos clavados en la pantalla de su celular. Había atendido sin saber, y lo que vio lo dejó sin aire. Su mujer. Su Serena. Arrodillada en un piso de cemento, con la boca llena del miembro de otro hombre, los labios hinchados, la lengua trabajando como si fuera una profesión. Y esta vez era diferente, porque no le había pedido permiso. No lo habían hablado. No había reglas.
«Es una puta», pensó Valentín, y el pensamiento le recorrió la espina dorsal como un relámpago, erizándole los vellos de los brazos. Pero no era un insulto. Era una constatación. Y en lugar de enojarse, sintió que se le endurecía el miembro entre las piernas, algo que no había logrado la noche anterior. «Es mi puta», corrigió, y el orgullo y la humillación se mezclaron en un cóctel que le nubló el juicio.
Allá, en la distribuidora, Serena seguía en su tarea. Había perdido la noción del tiempo. Solo existía la boca, la lengua, las manos, y aquel miembro enorme que se movía dentro de ella con un ritmo cada vez más acelerado. Francisco la agarró de los pelos con fuerza ahora, ya sin sutilezas, y comenzó a empujar su cabeza hacia abajo, más adentro, hasta que Serena sintió que la punta le tocaba la garganta. Se ahogó, tosió, pero él no la soltó. Siguió empujando, una y otra vez, hasta que Serena sintió que las lágrimas le brotaban de los ojos por la arcada, hasta que sintió que ya no podía respirar, hasta que…
Francisco se vino. Un chorro caliente, espeso, directo a su garganta. Ella tragó por instinto, ahogándose un poco, tosiendo, pero tragó. El miembro seguía en su boca, palpitando, escupiendo los últimos restos de aquel líquido amargo que a ella le sabía a cielo.
Y entonces Francisco, sin siquiera sacárselo de la boca, giró la cabeza hacia la puerta y gritó:
—¡Carlos, te necesito ahora!
Serena no tuvo tiempo de reaccionar. La puerta se abrió y entró un hombre. Era el mismo que le había indicado la oficina hacía unos minutos. El gordito, de barba descuidada, los ojos pequeños y brillantes. Tendría sesenta años, tal vez más. La piel curtida por el sol, las manos grandes y ásperas, una barriga que asomaba por debajo de la remera manchada de grasa. El anciano, conociendo bien a su patrón, se bajó el cierre del pantalón sin mediar palabra, y sacó un miembro corto pero grueso, ya erecto, con la cabeza morada y un olor fuerte a hombre que no se bañaba todos los días.
—Esta putita casada es muy linda—dijo Carlos, con una voz ronca y gastada, mientras se acercaba.
El miembro de Francisco salió de la boca de Serena con un sonido húmedo, dejando un rastro de saliva que le bajó por el mentón hasta el cuello. Y antes de que pudiera pensar, el miembro de Carlos ya estaba entrando. Ella no lo empujó. No intentó escapar. Todo lo contrario, abrió la boca más, acomodó la lengua, y comenzó a succionar con fuerza, con una desesperación que la sorprendió a ella misma.
«Ese hombre es mayor que mi padre», pensó, mientras su lengua recorría aquella carne arrugada, mientras sentía la barba rasposa de Carlos rozarle la mejilla, mientras escuchaba los gemidos roncos del viejo. «Tiene la edad suficiente para ser mi abuelo». Y ese pensamiento, en lugar de repugnarla, la excitó más que nunca. Era lo prohibido llevado al extremo. Era la transgresión total. Era bajar al infierno y descubrir que en el infierno también se bailaba.
Serena, mientras chupaba a Carlos, llevó una mano a su propio sexo. Por debajo del vestido azul, sus dedos encontraron el clítoris húmedo, hinchado, listo para estallar. Comenzó a masajearse con frenesí, con movimientos circulares que acompañaban el ritmo de su boca. Carlos no duró mucho. Era un hombre viejo, acostumbrado a un tipo de sexo rápido y brusco, sin contemplaciones. Su respiración se hizo más agitada, sus manos se aferraron a la cabeza de Serena, y se vino. Directo a la garganta otra vez. Un chorro caliente, menos abundante que el de Francisco, pero igual de intenso. Serena tragó sintiendo el líquido resbalar por su garganta, y ese contacto caliente, esa invasión final, la empujó al borde.
Su orgasmo llegó como un huracán. Todo su cuerpo se sacudió desde el vientre hacia afuera, las piernas le temblaron, los dedos se le clavaron en su propio sexo, y gimió con la boca llena, un sonido ahogado y obsceno que resonó en la pequeña oficina. Se vino mientras se la chupaba a un anciano que podría ser su padre, y no podía recordar haberse sentido tan viva.
Cuando Carlos salió de su boca, se limpió con el dorso de la mano, se subió el cierre sin mirarla, y salió de la oficina como si nada hubiera pasado. Serena quedó en el piso, de rodillas, con los ojos llorosos, la barbilla brillante de saliva, la cara roja como un tomate, el vestido subido hasta la cintura, y sus propios dedos todavía entre las piernas.
Francisco se arrodilló frente a ella, la levantó del mentón y le mostró el celular. —Mándale un saludo a Valentín—dijo.
Serena giró la cabeza lentamente hacia la pantalla. Y ahí estaba. Su marido. Su Valentín. Con los ojos abiertos como platos, la boca entreabierta, el rostro encendido. La había visto todo. Todo. La videollamada había estado activa desde antes de que ella se arrodillara. Desde el primer lametón. Desde el primer gemido. Desde la entrada de Carlos y su orgasmo final.
Los ojos de Serena se salieron de sus cuencas. El horror y la excitación se enfrentaron en su pecho como dos boxeadores. Quiso taparse, quiso explicarse, quiso decir «yo no sabía». Pero las palabras no salían. Solo acertó a decir, con la voz rota y apenas un hilo:
—Te amo, Valentín.
Y esas palabras, que deberían haber sido un consuelo, una disculpa, un ancla, tuvieron el efecto contrario. Valentín, del otro lado de la pantalla, sintió que se le desarmaba el mundo y se le construía otro nuevo en el mismo instante. Vio a su mujer con la boca llena de otro, con los ojos llorosos, el mentón sucio, el vestido desordenado, y ella le decía «te amo». Y esa contradicción, esa mezcla de sumisión y amor, de entrega total y ternura, lo hizo eyacular sin necesidad de tocarse. Sintió el chorro caliente manchando la tela de su pantalón de vestir, en su oficina, frente a la computadora del trabajo, con los compañeros de al lado sin saber nada.
«Esto no es normal», pensó, mientras el placer lo recorría. «Pero no quiero que sea normal».
—Estás hermosa como siempre—respondió Valentín, con una voz que no parecía suya, una voz grave y ronca—. Te amo.
Y la videollamada se cortó. Francisco apagó el teléfono, se lo guardó en el bolsillo, y se incorporó con una sonrisa de suficiencia.
—Ahora ándate, nena, que tenemos que trabajar. Pero pronto les haremos una visita. Vos y ese marido sumiso tuyo.
Serena se puso de pie con las piernas aún temblorosas. Se acomodó el vestido, se secó la cara con el dorso de la mano, se pasó los dedos por el pelo enmarañado. Obedeció como una buena perra. Salió de la oficina sin mirar atrás, caminó por el pasillo, pasó entre los galpones, sintió otra vez las miradas de todos los hombres sobre su cuerpo. Pero esta vez era diferente. Ahora sabía que ellos sabían. Alguien debía haber visto a Carlos entrar y salir, o que escucharon los gemidos, o que ya estaban acostumbrados a que las mujeres entraban a esa oficina y salían con el maquillaje corrido. «Todos saben», pensó. «Y a mí me gusta que sepan».
Salió a la calle, el sol le pegó en la cara, y caminó hacia la parada del colectivo con el corazón latiendo con fuerza, con una sola pregunta girándole en la cabeza como un mantra:
«¿Cuándo me vendrán a visitar?»
Porque no era un «si» volvían. Era un «cuándo». Y ella estaría esperando, con la boca abierta y las piernas temblorosas, lista para obedecer.
Capítulo 3
El colectivo la dejó en la esquina de su casa y Serena caminó las dos cuadras finales con una mezcla de agotamiento y electricidad recorriéndole el cuerpo. El vestido azul claro ya no lucía igual que cuando salió; estaba arrugado, ligeramente subido de un lado, y la flor roja había desaparecido para siempre en el piso de esa oficina. Sus piernas aún temblaban y sentía el sabor salado de los dos hombres en la garganta, un recordatorio constante de lo que había hecho. Subió los escalones de su casa, abrió la puerta y se encontró con la penumbra del living. De la habitación llegaba el ruido de la ducha.
Valentín ya había llegado. Se había ido del trabajo antes, había manchado el pantalón como un adolescente, había inventado una excusa cualquier para salir de la oficina y ahora estaba ahí, enjabonándose el cuerpo como si pudiera borrar lo que había visto. Serena se sentó en el sillón, justo en el mismo lugar donde la noche anterior Valentín había eyaculado sin tocarse mirándola a ella. El sillón aún conservaba una mancha apenas visible. Pasaron los minutos y el agua dejó de correr. Valentín salió del baño envuelto en una toalla, el pelo todavía mojado, y al verla se quedó quieto en el marco de la puerta.
Se miraron en silencio. La vergüenza y la excitación bailaban entre ellos como dos serpientes enroscadas.
—Llegaste—dijo él, con una voz que no era acusatoria ni cálida, solo neutra.
—Sí—respondió ella, bajando la mirada.
Valentín caminó hacia el sillón, se sentó a su lado, y por un largo rato ninguno habló. Solo se escuchaba el tictac del reloj de la cocina y la respiración agitada de ambos. Fue él quien rompió el silencio, pero no con un reproche, sino con una confesión.
—Te vi—dijo, girando la cabeza hacia ella—. Te vi todo el tiempo. Cuando se la chupabas a Francisco. Cuando entró ese viejo. Cuando te hiciste acabar con la mano mientras lo tenías en la boca. Vi todo, Serena.
Ella sintió que las mejillas le ardían. Quiso explicarse, quiso decir que no sabía que él estaba mirando, que fue sin querer, que ella solo había ido a hablar. Pero las palabras se atascaron en su garganta porque sabía que no era verdad. Había ido a buscarlo. Había ido deseando que pasara algo. Y pasó.
—Sos una puta—dijo Valentín, y la palabra cayó entre ellos como un ladrillazo. Pero antes de que Serena pudiera sentirse ofendida, él continuó, con los ojos brillantes—. Una puta hermosa. Y me encanta que seas así. Me encanta haberte visto ahí, arrodillada, con la boca llena. Me encanta que hayas venido antes de que se te secara la saliva.
Serena abrió la boca, sorprendida. «¿No está enojado?», pensó. «¿No me va a reclamar?».
—Valen, yo… yo no quería que te enteraras así. No sabía que estaba en videollamada. Fue sin querer—dijo ella, con la voz quebrada.
—¿Sin querer te pusiste de rodillas? ¿Sin querer se la chupaste a Francisco? ¿Sin querer te viniste con la boca llena de un viejo que podría ser tu abuelo? —la interrumpió él, pero sin crueldad, con una sonrisa apenas dibujada en los labios.
Ella negó con la cabeza, y entonces soltó la verdad:
—No, no fue sin querer. Lo hice porque quise. Porque me encanta. Porque no puedo dejar de pensar en esa noche y en esa oficina y en cómo me sentí viva como no me sentía hace años. Lo hice porque soy una puta, Valen. Tu puta. Y me encanta serlo.
El silencio que siguió fue de esos que pesan toneladas. Pero Valentín no se levantó ni la insultó. Al contrario, se acercó a ella, le tomó la cara entre las manos, y la besó. No fue un beso salvaje ni desesperado. Fue un beso tierno, lento, casi infantil. Un beso de esos que se daban cuando tenían quince años y se escondían detrás del gimnasio del colegio. Sus lenguas se encontraron con suavidad, sin urgencia, y las manos de Valentín acariciaron la nuca de Serena con una ternura que la hizo lagrimear.
Se separaron apenas, las frentes apoyadas una contra la otra. Las manos de Valentín bajaron por el cuerpo de Serena, deslizándose por el vestido arrugado, encontraron sus pechos, los apretaron suavemente. Las manos de ella buscaron entre las piernas de él, encontraron su miembro, lo acariciaron, sintieron cómo se endurecía bajo sus dedos. Pero ninguno fue más allá. Sabían que esa noche no era para eso. Sabían que necesitaban otras cosas, otras personas, otras dinámicas para poder pasarla mejor. Se quedaron ahí, acariciándose, besándose, disfrutando del contacto sin llegar a la penetración, como dos amantes que están redescubriéndose después de una larga ausencia.
Pasaron los días. Tres días largos, interminables, en los que cada minuto era una pregunta sin respuesta. ¿Volverían a llamarlos? ¿Había sido solo una prueba? ¿Los habían descartado? Serena revisaba el teléfono a cada rato, y Valentín fingía no notarlo, pero él también miraba el suyo cada vez que ella se daba vuelta. La rutina volvió, esa rutina que tanto odiaban, pero ahora había una diferencia: en la cama se tocaban con una nueva intimidad, se susurraban al oído lo que querían hacer y que les hicieran, y se dormían abrazados, con los cuerpos calientes y las mentes llenas de imágenes que aún no habían sucedido.
Fue la tarde del tercer día cuando el teléfono de Serena vibró. Era un mensaje de Alicia.
—Esta noche vamos a cenar a su casa. Cocinen algo rico. Pero no se esfuercen demasiado, la cena es lo de menos.
A Serena le pareció raro que Alicia le dijera qué hacer en su propia casa, que le ordenara cocinar como si fuera una empleada. Pero algo en esa orden le gustó. «Odio pensar que debo cocinar», pensó, mientras se paraba frente a la heladera mirando los ingredientes sin verlos. «Pero me encanta que me lo ordenen». Decidió hacer una pasta, algo sencillo, porque sabía que la comida no iba a ser lo importante esa noche.
Se pasó la tarde preparándose. Se bañó con esmero, se depiló cada centímetro de piel, se perfumó en los lugares que solo ella conocía. Eligió el atuendo con cuidado, probándose tres vestidos diferentes antes de decidirse por uno negro, corto, de un género tan fino que parecía una segunda piel. Era escotado, sí, pero no vulgar: dejaba ver apenas el inicio de sus pechos, insinuaba más de lo que mostraba. Se puso tacos altos, se recogió el pelo en un moño desprolijo del que escapaban algunos mechones ondulados, y se pintó los labios de un rojo oscuro, casi vino. Cuando Valentín llegó del trabajo y la vio, se quedó mudo en la puerta de la habitación.
—Estás…—intentó decir, pero las palabras no le salían.
—¿Estoy qué? —preguntó ella con una sonrisa pícara.
—Estás peligrosa—respondió él, y fue a cambiarse.
Valentín, por su parte, eligió un pantalón de vestir negro y una camisa blanca, sencilla, sin corbata. No quería competir con nadie, no quería llamar la atención. Sabía que esa noche él no era el protagonista. Y algo en esa certeza lo tranquilizaba más de lo que hubiera imaginado.
El timbre sonó a las nueve en punto. Puntuales como un reloj suizo. Serena abrió la puerta y ahí estaban. Francisco, con una camisa negra de seda, los primeros tres botones desabrochados dejando ver un pecho ancho y canoso, pantalón de cuero, botas. Su presencia era un imán, y su mirada se clavó en Serena como un cuchillo. Alicia, a su lado, llevaba un vestido verde esmeralda, largo hasta los pies, con una abertura que comenzaba en la cadera y terminaba en el tobillo, mostrando una pierna larga y torneada cada vez que daba un paso. El pelo lacio y negro le caía sobre los hombros, y sus labios brillaban con un gloss incoloro que los hacía parecer húmedos todo el tiempo. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrían el cuerpo de Serena con una familiaridad que rozaba lo obsceno. Las dos mujeres se miraron y hubo un momento, apenas un segundo, en el que el mundo se detuvo.
—Pasá—dijo Serena, y su voz sonó más grave de lo habitual.
La cena empezó como cualquier cena. Sentados alrededor de la mesa del comedor, la misma donde cuatro noches atrás Serena había sido penetrada por primera vez por Francisco. La pasta humeaba en los platos, el vino tinto brillaba en las copas. Pero la normalidad duró poco. Apenas terminaron de servir, Francisco alzó la mirada hacia Serena y dijo, sin darle opción:
—Vení, nena. Sentate acá.
Y señaló sus piernas. Serena obedeció. Se levantó de su silla, caminó alrededor de la mesa, y se sentó en la falda de Francisco, de costado, con las piernas colgando. Él la rodeó con un brazo, y su mano grande se posó sobre su muslo desnudo, acariciando con lentitud, subiendo apenas por debajo del borde del vestido.
Valentín, que seguía en su silla, recibió la siguiente orden de Alicia:
—Vos, sirvi la cena. La ensalada está vacía.
—¿Perdón? —preguntó Valentín, sin entender.
—¿No escuchaste bien? —intervino Francisco, con una voz que no admitía réplica—. Serví la cena. Sos el mozo esta noche.
Valentín miró a Serena, buscando alguna señal, alguna complicidad. Ella lo miró también, y en sus ojos había una mezcla de vergüenza y excitación. El asintió casi imperceptiblemente. Valentín se levantó, tomó la fuente de ensalada vacía, fue a la cocina, la llenó, y volvió a servirles a todos como un simple empleado. Cuando terminó, se quedó de pie, sin saber qué hacer, hasta que Alicia señaló el suelo junto a sus pies.
—Ahí. Arrodíllate ahí y espera.
Valentín se arrodilló. En el piso de su propio comedor, frente a su propia mujer sentada en las piernas de otro hombre. Y en lugar de sentirse humillado, sintió que algo en su pecho se aflojaba, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida sin saberlo.
La cena transcurrió así. Francisco comía con una mano y con la otra acariciaba a Serena, subiendo y bajando por su muslo, apretando su nalga, dibujando círculos en su cadera. De vez en cuando, se inclinaba y besaba su cuello, largamente, mordisqueando la piel, dejando marcas que Valentín podía ver desde el suelo. Serena cerraba los ojos y dejaba que su cuerpo se abandonara. No tenía que hacer nada. Solo dejarse tocar, dejarse besar, dejarse poseer. Alicia conversaba con normalidad, como si nada de eso estuviera pasando. Hablaba del clima, de las vacaciones que habían planeado para el verano, de una amiga en común. Y mientras hablaba, observaba a su marido jugar con Serena como un gato juega con un ratón, y observaba a Valentín arrodillado, con la mirada fija en el muslo de su mujer bajo la mano de otro.
Los cuatro disfrutaban de sus roles. Serena, de ser deseada y usada. Francisco, de tener el poder. Alicia, de controlar la escena desde la distancia. Y Valentín, de mirar.
Cuando la cena terminó, Alicia dejó los cubiertos sobre el plato vacío, se limpió la boca con la servilleta, y clavó sus ojos en Valentín. Él, todavía arrodillado, sintió el peso de esa mirada como una mano invisible que le apretaba la garganta.
—Desnúdate—ordenó Alicia.
Valentín dudó un segundo. Miró a Serena, que desde las piernas de Francisco le devolvió una mirada suave, alentadora. «Hacelo», decían sus ojos. Y él lo hizo. Se puso de pie, se sacó la camisa, doblándola con cuidado sobre el respaldo de una silla. Se bajó el pantalón, lo dejó caer al suelo. Se sacó los zapatos, las medias. Finalmente, el calzoncillo. Quedó desnudo frente a los cuatro, con su miembro pequeño y blando, pegadito a su vientre, como un caracol asustado.
Alicia se rió. No fue una risa cruel, sino una risa divertida, casi maternal, como si estuviera viendo a un niño hacer una travesura.
—Ay, chico—dijo, señalando su entrepierna con un dedo largo y uñas pintadas de rojo—. Mirá lo que tenés ahí. Parece un dedo meñique. ¿Con eso le das felicidad a tu mujer?
Valentín sintió que las mejillas se le encendían, pero no respondió. Sabía que no tenía que responder. Alicia se inclinó hacia adelante en su silla, con el vestido verde abriéndose un poco más, mostrando el inicio de su muslo blanco.
—Ponete de rodillas—ordenó otra vez.
Él obedeció. Las rodillas desnudas tocaron el piso frío del comedor. Alicia se quitó un zapato de taco aguja, y luego el otro, y extendió su pie derecho hacia él. Sus dedos, pintados del mismo rojo que las uñas de las manos, brillaban bajo la luz del comedor.
—Chúpamelos—dijo, con una voz que no era un pedido sino una sentencia.
Valentín alargó la mano con timidez, tomó el tobillo de Alicia, y acercó su boca a sus dedos del pie. Los chupó, uno por uno, con una mezcla de repugnancia y sumisión que le revolvía el estómago. Los dedos sabían a crema y a nada más, pero el acto en sí mismo era lo más degradante que había hecho en su vida. Y ese pensamiento lo excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Mientras Valentín chupaba los dedos de los pies de Alicia en el suelo, Serena y Francisco se besaban sobre la silla. Besos profundos, de lengua, de esos que se dan cuando ya no queda nada que esconderse. Francisco la tenía agarrada de la nuca, y su otra mano había subido por el vestido de Serena hasta encontrar su pecho, que apretaba con fuerza, rodando el pezón entre sus dedos. Serena gemía contra su boca, y su cuerpo se arqueaba, buscando más contacto, más presión. En ese momento, justo cuando la mano de Francisco estaba a punto de meterse debajo de la tela del vestido, sonó el timbre.
Serena se sobresaltó. Dieron las diez de la noche, ¿quién podía ser a esa hora? Miró a Valentín, que seguía chupando los pies de Alicia como si nada, y luego a Francisco, que sonreía con suficiencia. Alicia, en cambio, se puso de pie con naturalidad, como si estuviera en su propia casa, y caminó descalza hacia la puerta.
—Tranquila, nena—le dijo a Serena, guiñándole un ojo—. Son invitados.
Abrió la puerta y entraron cuatro hombres. Cuatro hombres de distintas edades, distintas alturas, distintos cuerpos. Serena sintió que el corazón se le subía a la garganta. Los miró uno por uno: había uno joven, de unos veinticinco años, rubio, ojos claros, cuerpo atlético. Otro de unos cuarenta, canoso, con una barriga cervecera pero brazos fuertes. Otro de unos treinta, morocho, tatuado, con una barba espesa y una sonrisa llena de dientes blancos. Y el último, un hombre mayor, de unos sesenta, flaco, arrugado, con una mirada inteligente y manos largas de pianista.
Francisco se incorporó, dejando a Serena sola en la silla, y se paró frente a ella como un maestro frente a su alumna.
—Hoy yo no te cojo, nena—dijo, con esa voz grave que ya era su sello—. Lo harán estos cuatro.
Serena abrió grandes los ojos. «¿Cuatro?», pensó. «¿Todos a la vez?».
Francisco notó su expresión y continuó, como si leyera sus pensamientos:
—Excepto que tu marido se oponga.
Todos giraron la cabeza hacia Valentín. Él seguía en el suelo, arrodillado, con la boca pegada a los dedos de los pies de Alicia. Se detuvo apenas, levantó la mirada, y vio a su mujer rodeada de esos cuatro desconocidos. Vio el miedo y la excitación en sus ojos. Vio también las ganas. Y entonces, sin soltar el pie de Alicia, negó con la cabeza.
No dijo una palabra. No hizo falta.
Los cuatro hombres sonrieron. No eran sonrisas malvadas, sino sonrisas de expectativa, de quienes saben que están a punto de disfrutar un buen banquete. Se acercaron a Serena y empezaron a tocarla. Por encima de la ropa al principio, con las manos grandes y ásperas, explorando cada curva, cada rincón. Uno le acariciaba el pelo, otro le apretaba un pecho, el de la barba le metió la mano entre las piernas y frotó suavemente sobre la tela del vestido. Serena cerró los ojos y se dejó hacer. «Soy una muñeca», pensó. «Una muñeca que se deja tocar».
Francisco, mientras tanto, se alejó del grupo, se sentó en un sillón, sacó su miembro ya erecto, y se lo posó en la boca a su mujer. Alicia, que había vuelto a sentarse en su lugar, tomó aquella cosa enorme entre sus labios y comenzó a chupar con parsimonia, mientras sus ojos seguían fijos en Valentín, que seguía arrodillado, que seguía chupándole los dedos de los pies. Los cuatro hombres rodearon a Serena y la levantaron de la silla. La llevaron hacia la pared del comedor y fue ahí que comenzó la danza.
El primero se llamaba Martín. Tenía veinticinco años, el cuerpo de un rugbier, ancho de hombros y angosto de caderas. Su miembro, cuando se lo bajó, era largo y recto como una lanza, de un rosado pálido que contrastaba con el vello rubio de su pubis. Martín levantó a Serena, la apoyó contra la pared, y sus manos grandes le agarraron las nalgas para sostenerla. Ella enredó las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la punta de aquella lanza presionando en su entrada. Martín la besó en la boca mientras entraba. Fue lento, muy lento, como si quisiera saborear cada milímetro. Serena sintió cómo la abría, cómo su cuerpo se ajustaba a una nueva forma, una nueva temperatura, una nueva textura. Cuando estuvo completamente dentro, Martín se quedó quieto un segundo, apoyó la frente contra la de ella, y susurró: —Qué rica sos—. Luego comenzó a moverse. Al principio era lento, un vaivén pausado que hacía que cada embestida fuera profunda, completa. Serena gemía bajito, con la boca pegada al cuello de él, mordiéndole la piel para no gritar. Pero poco a poco el ritmo fue aumentando. Martín empezó a embestir con más fuerza, con más violencia, golpeando sus caderas contra las de ella, haciendo que su espalda rebotara contra la pared. Serena sentía todo: la aspereza de la pared contra sus omóplatos, la humedad entre sus piernas, el sudor de Martín cayéndole en la cara. Él la penetraba con una fuerza que la iba corriendo hacia arriba, y ella se agarraba de sus hombros como un náufrago a un salvavidas. —Duro—le pidió ella, con la voz entrecortada—. Más duro. Martín obedeció. Agarró las piernas de Serena, se las subió hasta los hombros, y la empujó contra la pared con una fuerza que la sacudió entera. La embistió así, sin piedad, hasta que Serena sintió que el placer le ardía en el vientre como una brasa. No llegó a venirse, pero quedó al borde, temblando, con la respiración rota. Martín se retiró cuando todavía estaba duro, y la dejó apoyada en la pared, con las piernas abiertas y el vestido subido hasta la cintura.
El segundo se llamaba Darío. Tenía cuarenta años, de esos que se notan en las canas de las sienes y en las arrugas alrededor de los ojos. Su cuerpo era el de un exdeportista que había dejado de entrenar: una barriga suave pero brazos que aún recordaban la fuerza de otros años. Su miembro era corto pero grueso, más ancho que largo, como una manzana de carne. Darío la tomó de la mano y la llevó hacia la mesa del comedor, la misma donde dos noches atrás Francisco la había desvirgado en otro sentido. Hinco apenas a Serena a subirse, y ella obedeció, acostándose boca arriba sobre la madera fría, sintiendo el roce de los platos vacíos contra su espalda. Darío se puso entre sus piernas abiertas, la agarró de las caderas, y entró de una sola vez. La anchura de su miembro hizo que Serena jadeara como si le faltara el aire. No era la profundidad de antes, era lo abarcante, la sensación de estar llena hasta los bordes. Darío comenzó a moverse con un ritmo constante, como un mecánico que sabe exactamente qué pieza ajustar. Y mientras él la penetraba, apareció el tercero, que se llamaba Joel. Joel tenía treinta años, morocho, tatuado, con una barba tan espesa que parecía un bosque. Su miembro era de tamaño mediano, pero lo que le faltaba en longitud lo compensaba en técnica. Joel se paró junto a la cabeza de Serena, pasó su miembro por sus labios, y Serena lo tomó en la boca sin que nadie se lo pidiera. Así quedó Serena: con Darío dentro de ella, moviéndose con un ritmo infatigable, y con Joel en su boca, empujando apenas, dejando que ella decidiera la profundidad. Los dos hombres se movían al unísono, entrando y saliendo, haciendo que Serena se sintiera como un instrumento que dos músicos expertos tocaban a la vez. Ella succionaba a Joel con hambre, chupándole la cabeza, lamiéndole los testículos cuando él se retiraba un momento, mientras abajo Darío la golpeaba con esa anchura que la volvía loca. Serena sintió el primer orgasmo de la noche cuando Darío aceleró el ritmo y Joel metió toda su longitud en su boca al mismo tiempo. Se le nubló la vista, un grito ahogado se perdió en el miembro de Joel, y su cuerpo se sacudió entero sobre la mesa, derribando dos copas de vino que se hicieron añicos en el piso. Nadie les prestó atención.
Joel se retiró de su boca cuando sintió que estaba cerca de venirse, porque todavía quedaba mucha noche por delante. Ayudó a Serena a bajar de la mesa, la tomó de la mano, y la llevó al piso, justo al lado de donde Valentín seguía arrodillado, chupándole los pies a Alicia. Valentín, que había visto todo, que había visto a su mujer gemir sobre la pared y sobre la mesa, que la había visto tragarse el miembro de otro desconocido, sintió que se le endurecía otra vez. «Qué bueno que la pasen bien», pensó, y la palabra «bien» se le quedó corta porque Serena parecía estar en otro planeta.
Joel puso a Serena en cuatro patas en el piso, justo frente a Valentín, de manera que él pudiera ver su rostro mientras ella era penetrada por detrás. Joel se colocó detrás de ella, y a diferencia de los otros dos, él no fue ni lento ni constante. Fue salvaje. Entró con violencia, sin permiso, sin esperar a que ella se adaptara. Serena gimió de dolor y placer al mismo tiempo, y sus brazos cedieron, dejando caer la parte superior de su cuerpo sobre el piso. Joel la agarró de las caderas y la embistió como un animal, rápido, desordenado, con una fuerza que hacía que el cuerpo de ella se sacudiera hacia adelante cada vez. La cara de Serena quedó a centímetros de las rodillas de Valentín. Desde ahí, él podía ver cada una de sus expresiones: la boca abierta, los ojos vidriosos, las lágrimas que se le escapaban por la intensidad. Valentín, que seguía chupando los dedos de Alicia, sintió que se le escapaba la respiración. «Está disfrutando», pensó, «mi mujer está disfrutando de verdad». Y el pensamiento lo empujó al borde del abismo. Sintió que se venía sin que nadie lo tocara, igual que en la oficina, igual que la noche de la cena. Un chorro caliente y espeso manchó el piso de su comedor, justo entre las rodillas de Alicia y la cara de Serena. Alicia lo vio, sonrió, y siguió chupando el miembro de Francisco como si nada.
El cuarto hombre se llamaba Rubén. Era el mayor de todos, sesenta años, flaco como un alambre, con la piel colgándole de los brazos y la espalda encorvada. Pero sus manos eran enormes, manos de pianista, manos que habían tocado miles de teclas y ahora tocaban el cuerpo de Serena. Su miembro era delgado y largo, curvado ligeramente hacia arriba, como una medialuna pálida. Cuando Joel terminó con ella, jadeante y sudorosa, Rubén se acercó, la levantó del piso con una fuerza que no parecía propia de su edad, y la llevó hasta el sofá del living. La acostó boca arriba, le subió las piernas hasta apoyárselas en los hombros, y se inclinó sobre ella. Su miembro delgado entró fácil, resbalando por la humedad que dejaron los otros tres, y Rubén comenzó a moverse con una lentitud calculada, con una paciencia de viejo zorro. No embestía como los otros, sino que se retiraba casi por completo y volvía a entrar despacio, haciendo que Serena sintiera cada centímetro de esa curva ascendente. Era como si la estuviera midiendo, como si la estuviera saboreando. Serena, que ya había tenido un orgasmo y estaba cerca del segundo, sintió que con Rubén llegaba a un lugar distinto, más profundo, más íntimo. Él no decía nada, solo la miraba fijo a los ojos mientras entraba y salía, entraba y salía, con ese ritmo hipnótico. Serena cerró los ojos y se dejó llevar. Su segundo orgasmo llegó como una ola, suave al principio y luego arrolladora, sacudiéndole el vientre, las piernas, los brazos. Rubén se detuvo apenas sintió los espasmos de ella, y esperó a que pasara la tormenta, con una sonrisa apenas visible entre las arrugas.
Cuando Serena abrió los ojos, estaba agotada. Había tenido dos orgasmos intensos, pero los cuatro hombres estaban lejos de acabar. Martín aún tenía el miembro duro, Darío también, Joel estaba igual de erecto que al principio, y Rubén, a pesar de su edad, no había terminado. Serena, desnuda, sudada, con el vestido hecho un guiñapo en el piso, fue levantada en brazos entre Martín y Darío. La llevaron por el pasillo, hacia la habitación principal. La cama que compartía con Valentín. Esa cama donde había dormido todas las noches de los últimos años, donde había concebido sueños y pesadillas, donde había llorado y reído. Ahora la tiraron sobre el colchón, y los cuatro hombres la rodearon.
Serena no opuso resistencia. Al contrario, abrió los brazos y las piernas, ofreciéndose, sonriendo con una lujuria que nunca había sentido antes. «Soy feliz», pensó, mientras Martín se ponía detrás de ella y entraba por el culo sin avisar, un dolor agudo que se transformó en placer cuando Joel se metió en su boca al mismo tiempo. Darío se puso a un lado y le ofreció su miembro para que lo masturbara con la mano, y Rubén, el viejo, se sentó en el borde de la cama y acarició sus pies mientras miraba la escena. Así estuvieron horas. Cuatro hombres, una mujer, una cama, y ningún límite. Serena era penetrada por todos lados, besada, mordida, ahorcada suavemente, estimulada sin descanso. Perdió la cuenta de cuántas veces se vino. Perdió la noción del tiempo. En algún momento, escuchó a lo lejos la puerta cerrarse, escuchó las voces de Alicia y Francisco despidiéndose, escuchó a Valentín caminando descalzo por el pasillo. Pero todo eso era otra dimensión, una realidad paralela. Su realidad era el colchón, los cuerpos encima de ella, los miembros dentro de ella, los gemidos, los gritos, el olor a sudor y sexo que impregnaba las sábanas.
En el comedor, mientras tanto, Francisco terminó en la boca de Alicia con un gruñido. Alicia tragó todo, limpiándose los labios con el dorso de la mano, y luego miró a Valentín, que seguía arrodillado en el piso, con una mancha seca entre sus piernas y los dedos de ella aún húmedos de su propia saliva.
—El único que no tendrá sexo hoy sos vos—dijo Francisco, con una sonrisa cruel—. Pero tenés permiso de masturbarte mirando a mi mujer desnuda.
Alicia, que seguía sentada en su silla, se quitó el vestido verde esmeralda en un solo movimiento, dejando al descubierto un cuerpo exuberante, tetas grandes y caídas apenas, caderas anchas, un vello púbico recortado en forma de triángulo. Valentín la miró, y sin pensarlo, comenzó a masturbarse. No duró ni medio minuto. Acabó otra vez sobre el piso de su comedor, mientras del cuarto llegaban los gemidos de Serena, ahora más agudos, más desesperados. Alicia se acercó a él, le acarició el cabello con una mano suave.
—Qué lindo sumiso—dijo, con una voz que ya no tenía burla sino algo parecido al cariño—. Nosotros nos vamos, pero mañana a la noche los venimos a buscar. Los vamos a invitar a una fiesta especial.
Francisco, que ya se había abrochado los pantalones, se paró frente a Valentín, que seguía en el suelo, y le habló como quien da una orden a un perro:
—Quédate a dormir en el sofá. En tu cama no habrá espacio para vos.
Dieron media vuelta, Alicia recogió su vestido del piso, y se fueron sin mirar atrás. La puerta se cerró y Valentín se quedó solo en el comedor, con el sonido de los gemidos de su mujer llenando toda la casa. Obedeció, como le habían ordenado. Se levantó del piso, fue al baño, se limpió a medias, y se acostó en el sofá del living. Desde ahí, los gritos de Serena se escuchaban más atenuados, pero igual de claros. Valentín se quedó mirando el techo, sin dormir, escuchando cómo su mujer era penetrada una y otra vez por cuatro desconocidos en la cama que compartían. Cerró los ojos, y en lugar de sentir celos, sintió una paz extraña, una satisfacción profunda. «Es feliz», pensó. «Y yo también».
Tres horas después, tal vez cuatro, los gemidos cesaron. Sonaron pasos en el pasillo, risas roncas, conversaciones en voz baja. Valentín se incorporó en el sofá. Vio salir a los cuatro hombres desde la habitación, desnudos todavía, con los miembros flácidos y las caras sudadas. Caminaron hacia la puerta de la calle, y Valentín, desnudo también porque seguía como estaba desde antes, se levantó para abrirles. Se paró en el marco de la puerta, como un portero, y fue despidiéndolos uno por uno.
El primero en salir fue Martín, el joven rubio. Le dio una palmada en la espalda y le dijo, con una sonrisa amplia:
—Qué mujer tenés, loco. Es un espectáculo. Felicitaciones.
El segundo, Darío, el de cuarenta años, se detuvo un momento, se puso la mano en la cintura y agregó:
—Es una buena puta, eh. De las que no se encuentran todos los días. Cuidala.
El tercero, Joel, el tatuado, se acercó a Valentín, lo miró a los ojos y se rió bajito.
—Me encanta como la chupa. Tiene la boca más caliente que el infierno. La próxima avisame nomás.
El cuarto, Rubén, el viejo flaco, se detuvo en la puerta, se puso la mano en el hombro de Valentín como un abuelo cariñoso, y le susurró:
—Ojalá que la haya preñado. Con lo que le metí adentro, si no queda embarazada, es porque es estéril. Qué suerte la tuya, pibe.
Y se fue, riéndose solo. Valentín cerró la puerta con llave, se quedó un momento apoyado en la madera, y sintió que todo su cuerpo vibraba. Las palabras de esos hombres, en lugar de lastimarlo, lo llenaron de morbo. Se volvió al sofá, se sentó en el mismo lugar de siempre, y comenzó a masturbarse mirando la puerta cerrada de su habitación, detrás de la cual su mujer yacía en un estado que él nunca le había provocado. Acabó rápido, derramándose en su propia mano, y luego se quedó en el sofá, desnudo, mirando el techo.
En la habitación, Serena estaba dormida. Su cuerpo era un mapa de marcas: moretones en las caderas donde la habían agarrado, marcas de dientes en los pechos, el cuello, los muslos. Su pelo era un nudo imposible, su maquillaje un recuerdo borroso, sus labios hinchados y resecos. Una mezcla de fluidos secos cubría sus piernas, su vientre, sus pechos. Fluidos de hombres que no conocía, cuyos nombres ya había olvidado o tal vez nunca supo. Y sin embargo, en su rostro dormido había una paz absoluta, una sonrisa pequeña en la comisura de los labios. Algo había cambiado en ella para siempre. Ya no era la Serena que se enojó cuando Valentín propuso el intercambio. Tampoco era la Serena tímida que se dejó penetrar por primera vez sobre la mesa del comedor. Era otra cosa. Una mujer que había descubierto un poder inmenso en la sumisión, una perra que sabía que era deseada, un cuerpo que ya no le pertenecía solo a ella sino a todos los que supieran mirarlo. Sin darse cuenta, mientras dormía, mientras soñaba con manos y bocas y miembros que entraban y salían, Serena se estaba convirtiendo en una verdadera hotwife. Y lo mejor, lo más terrible y maravilloso de todo, era que le encantaba.
Capítulo 4
El sol entró por la ventana como un ladrón, despertando a Serena con un rayo de luz directo en los ojos. Parpadeó varias veces, confundida, hasta que el dolor de su cuerpo le recordó todo lo que había pasado. Cada músculo le dolía, cada articulación protestaba al menor movimiento. Intentó incorporarse y un gemido escapó de sus labios. Su cuerpo era un campo de batalla, y en esa batalla, ella había salido victoriosa, pero pagando un precio alto. Se llevó la mano a la entrepierna y sintió una sensación de ardor, una inflamación que le recordaba el paso de demasiados hombres, demasiadas embestidas, demasiada pasión desenfrenada.
A su lado, la cama estaba vacía. Valentín ya se había ido al trabajo, como todas las mañanas, como si nada hubiera pasado. Pero Serena sabía que nada volvería a ser igual. Se levantó con esfuerzo, caminó descalza hasta el baño, y se miró al espejo. La imagen que le devolvió era casi irreconocible: ojeras profundas, labios resecos y ligeramente hinchados, marcas de mordiscos en el cuello y los hombros. Su pelo era un enredo de ondas descontroladas. Pero sus ojos, sus ojos tenían una luz nueva, un brillo que no estaba ahí unos días atrás. «Soy otra», pensó. «Y me gusta».
Abrió la llave de la ducha y esperó a que el agua caliente empezara a llenar la bañera. Se quitó la remera con la que había dormido, la única prenda que había encontrado la noche anterior después de que los cuatro hombres se fueron, y se miró desnuda frente al espejo del placard. Su cuerpo moreno estaba marcado. Moretones en las caderas en forma de dedos, marcas de dientes en los pechos, uno especialmente oscuro en el muslo izquierdo. Había un arañazo en su espalda que no recordaba, y sus pezones, aún erectos, estaban sensibles al roce del aire. Se tocó con suavidad y sintió un escalofrío recorrerle la columna. Entró en la ducha y el agua caliente le cayó encima como un bálsamo.
Cerró los ojos y se dejó acariciar por el chorro. El vapor empezó a llenar el baño, y Serena tomó el jabón de glicerina, el que olía a lavanda y que solía usar para los días especiales. Se enjabonó los brazos lentamente, deslizando las manos por su piel morena, sintiendo cada poro, cada vello, cada terminación nerviosa. Luego pasó a los hombros, acariciándose con suavidad, imaginando que eran las manos de otro. Las manos de Francisco, tal vez, o las de ese viejo Carlos, o las de Martín, Darío, Joel, Rubén. Todos esos hombres que habían dejado su huella en ella. Se enjabonó los pechos, rodeando cada uno con sus manos, apretándolos suavemente, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo sus dedos. El agua resbalaba por su vientre plano, y ella dejó que una mano descendiera más, hacia el vello púbico, hacia ese lugar que tantas veces había sido invadido en las últimas horas. Se tocó con timidez al principio, luego con más seguridad, frotando su clítoris con movimientos circulares mientras su otra mano apretaba un pecho. El vapor la envolvía, y en ese momento de intimidad consigo misma, Serena tuvo un orgasmo pequeño, rápido, un suspiro más que un grito. Se apoyó en la pared de la ducha, jadeante, y el agua siguió cayendo sobre su espalda mientras el placer se disolvía lentamente.
Salió del baño envuelta en una toalla, se secó el pelo y se puso una remera larga de Valentín, una de esas que le llegaba hasta media pierna. Bajó a la cocina, preparó un café y se sentó en la mesa del comedor, la misma donde noches atrás habían ocurrido tantas cosas. El sol de la tarde ya empezaba a declinar cuando escuchó la llave en la puerta. Valentín entró con su traje de oficina, la corbata ligeramente aflojada, las ojeras marcadas. Se quedó en el marco de la puerta de la cocina, mirándola con una expresión que Serena no supo interpretar.
—¿Qué?—preguntó ella, sorprendida por su silencio.
Valentín se acercó, se sentó frente a ella, y dijo con una calma que ocultaba una emoción contenida:
—Aún no estás lista.
Serena frunció el ceño. —¿Lista para qué?
Él se llevó la mano a la frente, como si acabara de recordar algo importante. —Me olvidé de decirte. Francisco y Alicia nos invitaron a una fiesta especial. Para esta noche.
Serena sintió que el corazón le daba un vuelco. Dejó la taza de café sobre la mesa y se puso de pie con una energía que no tenía hacía horas, con una alegría casi infantil.
—¿Una fiesta? ¿Qué fiesta? ¿Dónde? ¿Cuándo?—preguntó, mientras ya caminaba hacia la habitación—. Me voy a cambiar.
Valentín sonrió, la siguió con la mirada, y se quedó en la cocina, tomando el café que ella había dejado. «Le gusta», pensó. «Le gusta más de lo que a mí».
Serena subió las escaleras de dos en dos, entró a la habitación y abrió el placard. Tenía que elegir bien. No era una cena cualquiera, era una fiesta. Una fiesta organizada por Francisco y Alicia, lo que significaba que no iba a ser una fiesta normal. Se probó tres vestidos, los descartó, y finalmente eligió uno rojo, corto, con un escote en pico que llegaba casi hasta el ombligo y una espalda completamente al descubierto. Se puso tacos altos, se maquilló con esmero, se perfumó, y se miró al espejo. «Estás hermosa», se dijo, repitiendo las palabras que Valentín le había dicho aquella primera noche. Pero ahora la voz en su cabeza era la suya propia.
Bajó las escaleras y Valentín la esperaba en la puerta. La miró de arriba abajo, tragó saliva, y solo atinó a decir:
—Vamos, nos están esperando.
Afuera, un auto negro los esperaba. En la parte de atrás, Alicia y Francisco. Alicia vestía un conjunto de cuero negro: una falda tan corta que parecía un cinturón ancho, y una blusa que dejaba sus hombros al descubierto. Su pelo lacio caía sobre sus hombros como una cascada. Francisco, al volante, llevaba una camisa negra de seda abierta hasta el pecho, mostrando sus canas y el comienzo de su torso ancho. Serena se subió atrás, junto a Alicia, y Valentín se subió adelante, junto a Francisco. Nadie dijo nada durante el viaje, solo el ruido del motor y el viento que entraba por la ventanilla.
La quinta estaba a las afueras de la ciudad, escondida detrás de un camino de tierra bordeado de pinos. Era una construcción antigua, de esas que parecen sacadas de una película de los años veinte, con una reja de hierro forjado y un jardín inmenso. Pero lo que más impresionó a Serena fue la cantidad de autos estacionados en el camino. Decenas, tal vez cientos. Sus nervios se dispararon.
—Hay mucha gente—susurró, apretando la mano de Alicia.
—Más de quinientas personas—respondió Alicia con una sonrisa—. No te preocupes, nena. Todos están para lo mismo.
Bajaron del auto y caminaron hacia la entrada. Un hombre imponente, vestido de esmoquin, los recibió en la puerta con una lista y una bandeja llena de collares. Francisco tomó la delantera, habló en voz baja con el hombre, y luego le entregó a cada uno un collar.
Para Valentín, un collar de cuero negro con una placa que decía «sumiso». Para Alicia, un collar rojo con la inscripción «mujer casada». Para Serena, un collar blanco, casi luminoso, que decía «uso público hotwife». Y para Francisco, no un collar, sino una pulsera en la muñeca que decía «alfa».
Serena tocó su collar con los dedos, leyendo una y otra vez esas palabras. «Uso público». «Hotwife». «¿Eso soy?», pensó. Y la respuesta le llegó desde lo más profundo de su vientre: «Sí, eso soy».
Entraron. El salón era enorme, una especie de galpón reciclado convertido en salón de fiestas, con luces tenues, una barra larga llena de bebidas, y en el centro, una pista de baile. Pero la gente no bailaba. La gente estaba desnuda, en grupos, en parejas, en tríos o en solitario. Había hombres arrodillados junto a mujeres que los miraban con desprecio, había mujeres en cuatro patas siendo penetradas mientras otros miraban, había parejas intercambiando en una coreografía perfectamente ensayada. El sonido de gemidos, gritos y risas llenaba el ambiente. Y sin embargo, había orden. Cada persona llevaba un collar, y nadie parecía sobrepasar los límites de lo que su collar permitía.
Francisco los guió hasta una mesa en una esquina elevada, desde donde se veía todo el salón. Se sentaron, pero apenas lo hicieron, Alicia señaló el piso junto a sus pies.
—Arrodillate—le ordenó a Valentín.
Y él obedeció. Ahí, en el piso de esa quinta desconocida, rodeado de más de quinientas personas, se arrodilló como si fuera lo más natural del mundo. Serena lo miró, y en sus ojos no había vergüenza ni lástima, solo un orgullo extraño. «Ese es mi marido», pensó. «Y es feliz así».
Pasaron los minutos, y una pareja se acercó a saludar a Francisco y Alicia. Él, un hombre de unos cuarenta y cinco, alto, canoso, con un cuerpo de nadador. Ella, una mujer petisa y rellenita, de unos treinta y cinco, con el pelo castaño claro, ojos verdes como esmeraldas, pechos grandes que apenas podían contenerse en su vestido azul marino. Su cara era bonita, amable, con unas mejillas sonrosadas que la hacían ver más joven de lo que era. Tenía un collar rosado que decía «hotwife», y él un collar gris que decía «cornudo».
—Te presento a Giselle y a Fabián—dijo Francisco, y sin más preámbulo, besó a Giselle en la boca. Un beso profundo, de lengua, mientras Alicia hacía lo mismo con Fabián. Las dos parejas se besaban como si se conocieran de siempre, y Serena sintió una puntada de envidia. Cuando se separaron, Francisco señaló a Serena.
—Ella es Serena. La nueva.
Giselle y Fabián leyeron su collar. «Uso público hotwife». Sus ojos se iluminaron. Giselle se acercó a Serena y la besó en la boca también, con suavidad al principio, luego con más intensidad. Sus labios eran carnosos y sabían a menta. Fabián, por su parte, la besó en el cuello, mordiéndole suavemente la piel, y Serena sintió que el calor le subía desde el vientre. Presentaciones hechas, todos volvieron a sus lugares.
El alcohol empezó a circular. Copas de vino tinto, champán, algo más fuerte que Serena no supo identificar. Y entonces, como si fuera el paso más natural del mundo, Francisco se levantó, tomó a Giselle de la mano, y la llevó hasta un sillón cercano. No dijo nada, solo la desnudó con parsimonia, quitándole el vestido azul como quien pela una fruta, y luego se bajó los pantalones. Su miembro enorme apareció, y Giselle, la petisa rellenita, abrió las piernas para recibirlo. Francisco la penetró en público, delante de todos, sin importar las miradas que se clavaban en ellos. Al mismo tiempo, Fabián se acercó a Alicia, que seguía sentada en su silla, y sin mediar palabra, se arrodilló frente a ella, le subió la falda de cuero, y comenzó a penetrarla allí mismo, con la gracia de quien lleva años haciéndolo.
Serena observaba la escena con la boca entreabierta. Veía a Francisco moviéndose dentro de Giselle, que gemía con una voz aguda y rítmica, y veía a Alicia siendo penetrada por Fabián, que la sostenía por las caderas mientras ella se agarraba del borde de la mesa. «¿Y yo?», pensó Serena. «¿Y yo qué?». Se sentía poco deseada, ignorada. Nadie la usaba a ella. Valentín seguía arrodillado en el piso, quieto, esperando una orden que nadie le daba. Serena se retorcía en su silla, observando cómo Francisco embestía a Giselle, cómo los pechos grandes de la mujer rebotaban con cada embestida, cómo su rostro se descomponía en un gesto de placer absoluto. Estaba tan absorta en esa imagen que no se dio cuenta de que dos hombres se acercaban a ella por detrás. Los vio recién cuando sus sombras cayeron sobre la mesa.
—Mirá este collar—dijo uno, señalando el de Serena.
—»Uso público»—leyó el otro—. Qué suerte la nuestra.
Eran dos hombres de unos cincuenta años. Uno de ellos, el más alto, tenía el pelo canoso peinado hacia atrás, una barba bien recortada y un cuerpo robusto, de esos que se notan que fueron atléticos en su juventud y ahora conservan la fuerza pero no la forma. El otro era más bajo, calvo, con una barriga prominente y una sonrisa que le recorría toda la cara.
El alto, el canoso, se inclinó para mirar a Valentín, que seguía arrodillado al pie de la silla de Alicia.
—Vecino—dijo, con una voz que mezclaba sorpresa y burla—. ¿Sos vos, Valentín? ¿Este es tu marido, señora?
Serena y Valentín levantaron la cabeza al mismo tiempo. El hombre canoso era su vecino de toda la vida. Vivía a tres casas de la suya, se llamaba Roberto, tenía cincuenta y seis años, estaba casado con una mujer llamada Mirta, y tenía dos hijos ya grandes que se habían ido de la casa. Valentín lo había visto miles de veces sacando la basura, regando las plantas, saludando con la mano desde la vereda. Nunca imaginó que lo encontraría ahí, en una fiesta swinger, con un collar que decía «alfa».
—Roberto—dijo Valentín, con la voz quebrada—. Yo… sí, soy yo.
—¿Y este collar?—preguntó Roberto, señalando el de Valentín—. ¿»Sumiso»? ¿Vos sos sumiso, Valentín?
—Sí—respondió él, bajando la mirada—. Soy un cornudo.
Roberto se rió, un sonido grave y gutural, y miró a su acompañante, el calvo, que se llamaba Sergio.
—¿Escuchaste eso, Sergio? El vecinito es un cornudo. Y la vecinita…—dijo, mirando a Serena con unos ojos que ya la devoraban—. La vecinita tiene el mejor collar de todos.
Sergio sonrió, mostrando una muela de oro. —»Uso público». Significa que podemos usarla aquí y ahora, Roberto. Es lo que dice.
—Entonces usémosla—respondió Roberto, y sin más vueltas, agarró a Serena por la muñeca y la levantó de la silla.
Serena sintió que el corazón se le salía del pecho, pero no opuso resistencia. Roberto y Sergio la llevaron hacia una mesa vacía, de esas largas de madera que había en el fondo del salón. La rodearon como dos lobos a una presa. Roberto, el vecino, se puso detrás de ella, y Sergio, el calvo, se puso adelante.
—Siempre te tuve ganas, vecinita—susurró Roberto al oído de Serena, mientras sus manos grandes le bajaban la cremallera del vestido rojo—. Desde que te vi la primera vez, con esas piernas largas y ese culito parado. Nunca pensé que iba a tener la oportunidad.
El vestido cayó al suelo, y Serena quedó en su corpiño y su tanga negra. Sergio se encargó del corpiño: lo desabrochó con una habilidad que delataba experiencia, y los pechos de Serena quedaron al descubierto, firmes, con los pezones ya erectos por la excitación y el frío del salón. Roberto bajó la tanga de un tirón, y Serena quedó completamente desnuda, solo con el collar blanco colgándole del cuello.
—Qué belleza—dijo Sergio, lamiéndose los labios—. Vamos a disfrutarla.
Roberto la agarró de las caderas y la empujó contra el borde de la mesa. La madera fría le golpeó el vientre, y Serena abrió las piernas instintivamente. Roberto se bajó los pantalones, y apareció su miembro: no era enorme como el de Francisco, sino de tamaño normal, pero curvado hacia la izquierda, con una cabeza prominente y un vello canoso en la base. Sin preámbulos, la penetró. Serena sintió el roce de la curva, esa desviación que estimulaba lugares diferentes, y un gemido escapó de sus labios. Roberto empezó a moverse, lentamente al principio, saboreando cada centímetro de la mujer que había deseado desde la vereda de su casa.
Mientras tanto, Sergio se colocó frente a Serena, le agarró la barbilla con una mano grande y áspera, y guió su boca hacia él. También se había bajado los pantalones, y su miembro era completamente distinto: corto pero muy grueso, casi tan ancho como largo, con la cabeza hundida entre pliegues de piel. Serena lo tomó en la boca sin dudarlo, abriendo bien los labios para poder abarcar la anchura. Así quedó: Roberto detrás, penetrándola con un ritmo creciente, y Sergio adelante, moviendo sus caderas para que su miembro entrara y saliera de la boca de ella.
Los dos hombres se movían al unísono, como si fueran un solo cuerpo con dos cabezas. Roberto empujaba desde atrás y Sergio desde adelante, de manera que Serena era llenada por ambos extremos al mismo tiempo. Sentía la curva del miembro de Roberto rozándole la pared interna, y la anchura del de Sergio estirándole las comisuras de los labios. Sus manos temblaban apoyadas en el borde de la mesa, aferrándose a la madera como si fuera un clavo ardiendo.
—Así se hace—dijo Roberto, con la respiración entrecortada—. Mirá cómo la usamos, Valentín. Mirá a tu mujer.
Valentín, que seguía arrodillado al pie de la silla de Alicia, giró la cabeza hacia ellos. Vio a Serena, su Serena, recibiendo a dos hombres a la vez, con la boca y el sexo llenos. Sus ojos se encontraron por un segundo, y en ese segundo hubo un acuerdo tácito, una complicidad que trascendía las palabras. «Me gusta», decían los ojos de Serena. «A mí también», respondían los de Valentín.
Roberto aumentó el ritmo. Cada embestida era más profunda, más violenta, y su miembro curvado golpeaba un punto dentro de Serena que la hacía ver estrellas. Sergio, al frente, aceleró también, metiendo su anchura cada vez más adentro de la garganta de Serena, que ya no podía gemir porque la boca estaba ocupada. Desde atrás, Roberto la jalaba hacia él cada vez que embestía, agarrándole las caderas con fuerza, dejando marcas de dedos en su piel morena. Desde adelante, Sergio enredó los dedos en la nuca de Serena y presionó, haciendo que su boca tragara aún más de aquella carne gruesa.
Los gemidos de Serena se cortaban cada vez que Sergio empujaba hasta el fondo, y solo se escuchaban como un zumbido ahogado, una vibración que recorría la garganta de ella y se transmitía al miembro de él. El sudor empezó a resbalar por las costillas de Serena, por sus pechos, por su vientre, y caía sobre la mesa de madera, humedeciéndola. Los dos hombres se miraron por encima de su espalda encorvada, intercambiaron una sonrisa cómplice, y siguieron embistiendo al unísono, como dos músicos que tocan la misma sinfonía.
Serena cerró los ojos y se abandonó al vaivén doble. Ya no pensaba en nada. Solo sentía. El calor. La presión. La sensación de estar completamente llena, completamente usada, completamente feliz. Un espasmo la sacudió cuando Roberto, el de atrás, se inclinó y la mordió en el hombro, justo donde la noche anterior otro hombre había dejado su marca. El dolor y el placer se mezclaron en un cóctel que la empujó peligrosamente cerca del abismo. Sergio, el de la boca, aceleró el ritmo y le susurró algo sucio que ella apenas oyó: «tragate todo, putita». Y ella lo hizo. Cuando Sergio se vino en su garganta, un chorro caliente y espeso, Serena tragó sin dudar, mientras Roberto, detrás, también llegaba al límite y se vaciaba dentro de ella, llenándola de un líquido caliente que se mezcló con el de ella misma, formando un río que resbaló por sus muslos. Serena sintió su propio orgasmo llegar como un tren a toda velocidad. Todo su cuerpo se sacudió, las piernas le temblaron, las manos se le aflojaron, y cayó sobre la mesa, temblando y vacía, con la respiración rota y los ojos nublados.
Los dos hombres se retiraron al mismo tiempo, como si hubieran ensayado ese movimiento. Roberto se subió los pantalones, se limpió la frente sudorosa, y le guiñó un ojo a Valentín. —Vecino, de ahora en adelante, te voy a visitar más seguido.
Valentín, desde el suelo, con la voz firme a pesar de todo, respondió: —Cuando quieras, vecino. Siempre vas a ser bienvenido.
Sergio, el calvo, se rió mientras se ajustaba el cierre. —Qué cornudo más educado. Es un placer.
Y se fueron, dejando a Serena desnuda sobre la mesa, sudada, con el collar blanco aún colgándole del cuello y los fluidos de los dos hombres resbalando por sus piernas. Fue entonces cuando levantó la vista y se dio cuenta: toda la fiesta los había estado mirando. Hombres y mujeres, de todas las edades, con todos los collares, habían detenido lo que estaban haciendo para observar la escena. Había miradas de deseo, de aprobación, de envidia. Pero a Serena no le importó. Al contrario, se incorporó lentamente, se apoyó en la mesa, y miró a todos con una sonrisa que era a la vez un desafío y una invitación. «Esto soy», decía su sonrisa. «Y no me avergüenza».
Buscó a Francisco con la mirada y lo encontró en un sillón, solo. Giselle, la petisa rellenita, y Fabián, su marido, ya no estaban. Se habían ido, o tal vez estaban en otra parte de la fiesta, disfrutando de otros cuerpos. Alicia seguía sentada en la misma silla, con Valentín aún arrodillado a sus pies. Francisco levantó la mano y le hizo señas a Serena.
—Vení, nena—dijo, con esa voz grave que ella ya conocía tan bien—. Vení a chupármela.
Serena, con el cuerpo cansado pero el espíritu ardiente, caminó hacia él. Sus piernas aún temblaban, pero no dejó que eso la detuviera. Se arrodilló frente a Francisco, abrió la boca, y tomó aquel miembro enorme que tanto la había marcado. Lo succionó con hambre, con deseo, con la experiencia que ya iba acumulando. Pasó la lengua por la cabeza, lamió las venas, masajeó los testículos con una mano mientras con la otra se tocaba a sí misma. Francisco se dejó hacer, recostado en el sillón, con una expresión de absoluto placer. No duró mucho. Cuando se vino, fue directo a la garganta de Serena, y ella tragó todo, sin derramar una sola gota. Se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió.
Mientras tanto, Alicia había ordenado a Valentín que se acercara. —Limpiame—le dijo, abriendo las piernas. Valentín, arrodillado, metió la cabeza entre los muslos de ella y comenzó a lamer su entrepierna, todavía húmeda por el encuentro con Fabián. Lo hizo con esmero, con devoción, como quien realiza un ritual sagrado. Limpió cada pliegue, cada rincón, hasta que Alicia, satisfecha, le dio una palmada en la cabeza.
—Buen sumiso—dijo.
La fiesta continuó. Pasaron las horas, y Serena tuvo sexo con seis hombres más. Algunos eran jóvenes, otros maduros, otros incluso mayores que su padre. Cada uno tenía un miembro distinto, un ritmo distinto, una forma distinta de tomarla. Y ella los recibió a todos con la misma entrega, con la misma pasión. Valentín, desde el piso o desde una silla, según le ordenaran, miraba todo sin perderse un solo detalle. En ningún momento se sintió desplazado o celoso. Al contrario, cada vez que veía a su mujer gemir bajo otro hombre, sentía que la amaba más. «Es mía», pensaba. «Y todos la desean. Eso la hace más mía».
La madrugada estaba cerca cuando Francisco y Alicia decidieron que era hora de irse. Serena y Valentín los siguieron como dos sombras, subieron al auto negro, y emprendieron el viaje de regreso. Nadie habló en el auto. El silencio era denso, pero no incómodo. Era el silencio de quienes han compartido algo tan íntimo que las palabras sobran.
Llegaron a su casa cuando el sol empezaba a teñir el horizonte de naranja. Serena y Valentín entraron, cerraron la puerta, y subieron las escaleras sin decirse una palabra. Se desnudaron en silencio, se metieron en la cama, y se durmieron casi al instante, abrazados, sus cuerpos morenos enredados como si fueran uno solo. No hablaron porque no hacía falta. Sabían que sus vidas habían cambiado para siempre. Pero también sabían que siempre serían marido y mujer. Porque él amaba ser un cornudo, y ella amaba ser una hotwife. Y en ese amor extraño, prohibido, incomprensible para muchos, habían encontrado la felicidad que llevaban años buscando sin saberlo.
Capítulo 5 FINAL
Pasaron dos semanas desde aquella fiesta inolvidable. Dos semanas en las que la vida de Serena y Valentín cambió por completo, aunque desde afuera todo pareciera igual. Él seguía yendo a la oficina todas las mañanas, ella seguía haciendo las compras y ordenando la casa. Pero la rutina que tanto odiaban se había transformado en algo nuevo, un orden secreto que solo ellos conocían. Lo más notable, lo que ninguno de los dos habría imaginado jamás, era que ya no tenían sexo entre ellos. Ni por la mañana, ni por la noche, ni los domingos a la tarde como solían hacerlo antes. La cama que compartían seguía siendo la misma, las sábanas seguían siendo las mismas, pero la intimidad había cambiado de forma.
Valentín ya no la penetraba. De hecho, ni siquiera lo intentaba. Habían descubierto algo más poderoso que el sexo convencional: la sumisión compartida. Ambos sabían que eran sumisos, ambos sabían que necesitaban que alguien les dijera qué hacer. Y ese alguien era Francisco. Solo cuando Francisco le daba permiso, Serena podía chuparle la verga a Valentín. Nada más. Un pete rápido, sin demasiadas pretensiones, como quien da una limosna. Y a Valentín le bastaba con eso. Ver a su mujer arrodillada frente a él, con su boca caliente alrededor de su miembro, era suficiente para sentirse amado, deseado, importante. Terminaba en su boca, ella tragaba, y se acababa. No había más. Y sin embargo, los dos eran felices. Compartían la misma cama, se abrazaban para dormir, se decían «te amo» todas las noches. Pero sabían que su relación había trascendido lo físico para convertirse en algo más profundo: una entrega mutua a un mismo destino.
Era un jueves cualquiera, cerca del mediodía. Serena estaba sola en casa, como tantas otras tardes. El sol de primavera entraba por la ventana de la cocina, calentando las baldosas blancas. Ella llevaba puesto un short de algodón gris, viejo y desgastado, que le quedaba tan holgado que casi se le caía de las caderas. Arriba, una remera blanca de mangas cortas, sin corpiño, porque en su propia casa podía permitirse ese lujo. El pelo morocho ondulado lo tenía recogido en un rodete desprolijo, del que escapaban algunos mechones que le caían sobre la nuca. No estaba maquillada, no estaba arreglada. Estaba ella, en su estado más puro, más auténtico. Y en su estado más puro, seguía siendo hermosa.
Estaba preparándose un mate, cebando con la paciencia de quien no tiene apuro, cuando el teléfono vibró sobre la mesada. Lo agarró distraída, pensando que sería Valentín avisando que volvía a casa, pero el mensaje era de Francisco.
—Estoy fuera de tu casa, en mi auto. Ven a montar mi verga.
Serena sintió que se le helaba la sangre y se le encendía el vientre al mismo tiempo. No dudó ni un segundo. Dejó el mate a medio cebar, ni siquiera se tomó la molestia de cambiarse la ropa. Salió por la puerta de atrás, cruzó el pequeño patio, y ahí estaba el auto negro de Francisco, estacionado en la calle, con el motor encendido y los vidrios polarizados. Abrió la puerta trasera y se subió.
Francisco estaba recostado en el asiento del conductor, con el asiento completamente inclinado hacia atrás, las piernas abiertas, el pantalón ya desabrochado. Su miembro enorme ya estaba semierecto, esperándola. No dijo nada. Solo la miró con esos ojos oscuros que la desnudaban más que cualquier mano. Serena entendió. Se quitó el short de un tirón, quedando con la remera blanca y la tanga negra. La tanga también voló hacia el asiento de atrás. Se subió sobre él, con las rodillas apoyadas en el asiento del acompañante, y se colocó a horcajadas sobre sus caderas.
Bajó la mano, tomó aquel miembro enorme, y lo guió hacia su entrada. Lentamente. Quiso disfrutar cada centímetro. Sintió la cabeza presionando, abriéndola, entrando. Un gemido se le escapó cuando la mitad ya estaba adentro. Siguió bajando, despacio, muy despacio, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a esa forma que ya conocía pero que siempre la sorprendía. Hasta que estuvo completamente dentro. Ahí se quedó un momento, con los ojos cerrados, las manos apoyadas en el pecho de Francisco, sintiendo cómo aquella cosa enorme la llenaba por completo.
Francisco entonces movió las manos. Las subió por debajo de la remera blanca de Serena, encontró sus pechos, los apretó con fuerza, rodando los pezones entre sus dedos. Y luego comenzó a guiarla.
—Arriba—dijo, con esa voz grave que era una orden.
Ella subió, lentamente, sintiendo cómo el miembro se retiraba casi por completo.
—Abajo—dijo él.
Ella bajó de golpe, y un gemido más fuerte escapó de sus labios.
—Arriba.
Subió.
—Abajo.
Bajó con más fuerza, haciendo que sus nalgas chocaran contra sus muslos con un sonido húmedo.
—Más rápido—ordenó Francisco, y ella obedeció.
Subía lento, bajaba de golpe. Subía lento, bajaba de golpe. Una y otra vez. Sus pechos rebotaban bajo la remera blanca, y Francisco los apretaba más fuerte, a veces pellizcándole los pezones hasta hacerla gemir de dolor y placer. El auto empezó a empañarse. El vaho cubría los vidrios, pero aún así, desde fuera se podía ver el movimiento. Las personas que pasaban por la vereda, los vecinos que volvían de hacer las compras, los repartidores que hacían sus entregas, todos podían imaginarse lo que pasaba en ese auto. Algunos apuraban el paso, otros miraban de reojo, otros sonreían con complicidad. Pero nadie se detenía. Era un jueves al mediodía en un barrio tranquilo, y la gente tenía cosas que hacer.
—¿Te gusta, putita?—preguntó Francisco, con una sonrisa llena de dientes.
—Sí—jadeó Serena, sin dejar de moverse—. Me encanta.
—¿Te gusta más que la verga de tu marido?
—Sí, mucho más—respondió ella, sin dudar—. La tuya es enorme. Me hace sentir llena.
—Porque vos naciste para esto, nena—dijo él, apretándole las caderas con fuerza para guiarla mejor—. Naciste para ser una puta. Para que los hombres te cojan cuando quieran. Para que tu marido mire y se haga una paja.
—Sí—gimió Serena, con los ojos en blanco—. Soy una puta. Tu puta.
—Decilo más fuerte.
—¡Soy tu puta!—gritó ella, y en ese momento sintió que el orgasmo se le acercaba como un tren de carga.
Francisco lo sintió también. Los espasmos de ella alrededor de su miembro, los gemidos cada vez más agudos, las manos de ella aferrándose a su camisa. Aceleró el ritmo, tirando de sus caderas hacia abajo con más violencia, y Serena se vino. Fue un orgasmo intenso, de esos que la dejan sin aire, con la vista nublada y el cuerpo tembloroso. Se desplomó sobre el pecho de Francisco mientras las contracciones aún la sacudían. Él esperó un momento, y luego, con tres embestidas más desde abajo, se vino también. El líquido caliente llenó a Serena por dentro, y ella sintió cómo chorreaba, cómo se mezclaba con sus propios jugos, cómo empapaba el asiento del auto.
Quedaron así un minuto, en silencio, solo escuchando sus respiraciones agitadas. Luego Francisco se incorporó apenas, tomó su celular del tablero, y le sacó varias fotos a Serena. La remera blanca subida hasta las axilas, los pechos al descubierto, los pezones duros y brillantes de saliva. La cara de ella, con el maquillaje corrido, el pelo deshecho, la boca entreabierta, los ojos vidriosos. Las fotos mostraban a una mujer exhausta, feliz, sucia. Francisco las envió a Valentín con un mensaje:
—Esta noche cómprale comida nutritiva que la dejé exhausta.
Luego guardó el celular, la agarró por la nuca, y la besó. No fue un beso salvaje ni apasionado, sino un beso tierno, casi dulce, como si fuera su novia. Sus labios se encontraron con suavidad, y Francisco le acarició la mejilla mientras la besaba.
—En estos días te invitaré a una fiesta en mi empresa—dijo, separándose apenas.
Serena se acomodó la ropa, se bajó la remera, se puso la tanga y el short, y le respondió con una sonrisa:
—Avísame, sabes que me encantan las fiestas.
Salió del auto con las piernas aún temblorosas, caminó hacia la puerta de su casa sin importarle nada. Sabía que algún vecino podía haberla visto salir de ese auto con la ropa desordenada y la cara encendida. Sabía que algún chismoso ya estaría imaginando lo que había pasado. Y le encantaba. Disfrutaba de esas miradas acusadoras, porque sabía que esas mujeres que la juzgaban no eran ni la mitad de felices que ella. Ellas se aburrían con sus maridos en camas aburridas, teniendo sexo aburrido los domingos a la tarde. Ella, en cambio, vivía. Entró a su casa, cerró la puerta, pero no puso la llave. En su apuro por subirse al auto de Francisco, había olvidado el gesto más simple. Caminó descalza hacia el baño, se quitó la ropa mojada y sudada, y abrió la ducha.
El agua caliente le cayó encima como una bendición. Cerró los ojos y se dejó acariciar por el chorro, mientras el vapor empezaba a llenar el baño. Se enjabonó el cuerpo con esmero, deslizando las manos por sus pechos, su vientre, sus caderas. Sintió los moretones nuevos que Francisco le había dejado en los costados, las marcas de sus dedos. Los acarició con ternura, como quien acaricia un recuerdo. Luego se lavó el pelo, enjabonándolo dos veces para sacarle el olor a tabaco y a hombre. El agua caliente le resbalaba por la espalda, por las nalgas, por las piernas largas. Se puso de cuclillas para dejar que el agua llegara a su sexo, todavía sensible, todavía inflamado. Pasó los dedos con suavidad y sintió un escalofrío. Llevaba más de quince minutos bajo el agua cuando escuchó un ruido.
Al principio pensó que era la puerta de calle, que Valentín había vuelto antes del trabajo. Pero el ruido se repitió, más cerca, y entonces la puerta del baño se abrió de golpe.
—¿Amor, llegaste antes? —preguntó Serena, con la cara aún enjabonada, sin poder ver bien.
Una risa grave resonó en el baño. No era la risa de Valentín.
—El cornudo está en el trabajo aún—dijo la voz.
Serena se limpió los ojos con el dorso de la mano y lo reconoció. Era Roberto, su vecino. El mismo que la había usado en la fiesta, el que le había dicho «siempre te tuve ganas, vecinita». Ahí estaba, parado en el marco de la puerta de su baño, con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja. No llevaba el overol de trabajo que solía usar para arreglar el jardín, sino un pantalón de vestir y una camisa a cuadros. Debía venir de algún lado.
En lugar de asustarse, Serena sonrió. Se sintió poderosa. Ahí estaba ella, desnuda, mojada, recién follada por un hombre, y otro hombre entraba a su casa sin pedir permiso para follarla también. «Soy una zorra», pensó, «y me encanta».
—Hola, vecino—dijo, con una voz que intentaba ser casual pero que delataba la excitación—. ¿Viniste a tomar unos mates?
Roberto se rió otra vez, mientras comenzaba a desabrocharse la camisa con movimientos lentos y deliberados.
—Los mates después, vecinita—dijo, tirando la camisa al piso del baño—. Ahora quiero tu chonchita.
Serena se mordió el labio inferior, y respondió con una picardía que ya era su sello:
—Para un buen vecino, estoy siempre para lo que necesité.
Cuando terminó la frase, Roberto ya estaba dentro de la ducha. El agua caliente cayó sobre su torso peludo y canoso, empapando sus pantalones que aún no se había quitado. Pero pronto se deshizo de ellos, quedando completamente desnudo frente a ella. Su miembro ya estaba erecto, apuntándole como un arma. Serena lo miró y sintió que el deseo le recorría la columna. No era enorme como el de Francisco, sino normal, pero con esa curva hacia la izquierda que la había hecho gemir en la fiesta.
Roberto la agarró de las nalgas con ambas manos, apretando con fuerza, y la empujó contra la pared de la ducha. El azulejo frío le pegó en la espalda, y ella abrió las piernas para recibirlo. Él no perdió tiempo. La penetró de golpe, con una fuerza que la sacudió entera. Serena gimió, y el sonido rebotó en las paredes del baño. Roberto comenzó a moverse, rápido, violento, sin la lentitud de Francisco. Era un hombre que sabía lo que quería y lo tomaba. La ducha seguía cayendo sobre ellos, mezclando el agua con el sudor, resbalando por sus cuerpos entrelazados.
—¿Por qué no viniste antes a visitarme, vecino? —preguntó Serena, con la voz entrecortada por las embestidas.
—Por boludo—respondió Roberto, riéndose mientras seguía moviéndose—. Pero ahora voy a venir más seguido. Todas las semanas. Todos los días, si me dejás.
—Siempre vas a ser bienvenido—dijo ella, enredando las piernas alrededor de su cintura.
Roberto la tomó de las caderas, la levantó contra la pared, y la embistió desde abajo con una energía que no parecía propia de un hombre de cincuenta y seis años. Serena se aferró a sus hombros, sintiendo cada embestida en lo más profundo, sintiendo que ese hombre la usaba como si fuera una muñeca de trapo. El agua resbalaba por sus pechos, por su vientre, por el lugar donde sus cuerpos se unían. Serena sintió que el orgasmo se acercaba otra vez, el segundo del día, y cuando llegó, fue como una explosión. Gritó el nombre de Roberto sin importarle que los vecinos la escucharan. Él sintió las contracciones de ella alrededor de su miembro y sonrió, orgulloso.
Pero no se detuvo. Apenas pasaron los espasmos, Roberto le susurró al oído:
—Ahora te quiero coger donde lo hacés con tu marido. Quiero que sepas que ese lugar también es mío.
Serena asintió, sin fuerzas para hablar. Se bajó de él, salió de la ducha, y lo tomó de la mano. Caminaron desnudos por el pasillo, dejando un rastro de gotas en el piso de madera, hasta la habitación principal. La cama de ella y Valentín. La cama donde habían dormido juntos durante años. Roberto la empujó sobre el colchón, la puso en cuatro patas, y se colocó detrás de ella.
La habitación olía a ella, a Valentín, a la ropa limpia del placard. Pero ahora también olía a Roberto. A sudor, a hombre, a deseo. El vecino la agarró de las caderas y la penetró desde atrás, con una fuerza renovada. Serena hundió la cara en la almohada para no gritar, pero los gemidos se escapaban igual, ahogados, roncos. Su cuerpo mojado y sudado brillaba bajo la luz de la tarde que entraba por la ventana. Sus pechos se movían con cada embestida, colgando y rebotando, y Roberto los apretaba desde atrás, los pellizcaba, los estrujaba. Los ojos de Serena se pusieron en blanco, se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se saca sangre, y pidió más. —Más fuerte—suplicó—. Más fuerte, vecino.
Roberto la embistió con más violencia, agarrándola de los pelos ahora, tirándole la cabeza hacia atrás para ver su rostro. Y fue en ese momento, en el clímax de la escena, cuando la puerta de la habitación se abrió.
Valentín, había llegado del trabajo antes de lo previsto. Había visto la puerta de calle sin llave, había entrado, había escuchado los gemidos desde el pasillo. Y ahora estaba ahí, parado en el marco de la puerta de su propia habitación, viendo a su mujer en cuatro patas, siendo penetrada por su vecino, sobre su propia cama. No dijo nada. Solo se apoyó en el marco de la puerta, se bajó la cremallera del pantalón, sacó su miembro, y comenzó a masturbarse. Sus ojos no se despegaban de la escena: las nalgas de Serena rebotando contra las caderas de Roberto, los pechos de ella moviéndose como péndulos, su cara de placer absoluto. Valentín se masturbaba con frenesí, sintiendo que se acercaba rápido al orgasmo.
Roberto lo vio. Se detuvo apenas, el tiempo justo para girar la cabeza y sonreírle.
—Mi vecino cornudo—dijo, con una voz que era una burla y una celebración a la vez—. Llegaste a tiempo para ver cómo preño a tu mujer.
Valentín no le contestó. Solo siguió masturbándose, con los ojos clavados en el miembro de Roberto entrando y saliendo de su mujer. Serena, que también había visto a su marido, sonrió desde la cama. Y fue ella quien habló, con una voz que era un susurro y un grito a la vez:
—No podés, vecino. Ya me preñaron.
Silencio. Valentín se quedó blanco como el papel. Su mano dejó de moverse sobre su miembro. «¿Embarazada?», pensó. «¿Mi mujer está embarazada y no es mío?». El pensamiento le recorrió la espina dorsal como un rayo. Y en lugar de enojarse, sintió que se le endurecía el corazón de una manera extraña, y su miembro también. Siguió masturbándose, más rápido. Roberto, por su parte, soltó una carcajada que retumbó en la habitación.
—¡Mejor! —gritó, mientras retomaba las embestidas con más fuerza—. Así ya viene con gusto a visitarme los nueve meses.
Serena sintió que el tercer orgasmo del día se acercaba, más intenso que los anteriores. Las palabras de Roberto, la mirada de Valentín, la sensación de ser penetrada mientras su marido miraba, todo se juntó en un cóctel explosivo. Cuando Roberto se vino, cuando sintió el líquido caliente llenándola otra vez, Serena se vino también. Gritó, se sacudió entera, y cayó sobre la cama, agotada, feliz, vacía.
Roberto se retiró, se subió los pantalones, y antes de irse le dio una palmada en la nalga a Serena.
—Nos vemos, vecinita. Y al pibe, ya le voy a enseñar a jugar a la pelota.
Salió de la habitación, y al pasar junto a Valentín, que seguía masturbándose en el marco de la puerta, le dio una palmada en el hombro.
—Cuidá a tu mujer, cornudo. Está preñada de uno de nosotros.
Y se fue. Valentín terminó de masturbarse un minuto después, derramándose sobre el piso de su propia habitación, mientras Serena, dormida y sonriente, ya roncaba suavemente sobre la cama deshecha.
Epílogo.
Pasaron los años. Serena tuvo cuatro hijos, todos ellos criados por Valentín como si fueran suyos. Les enseñó a atarse los cordones, los llevó a la escuela todas las mañanas, les curó las rodillas raspadas y les leyó cuentos antes de dormir. Nunca hizo distinciones, nunca trató a uno mejor que al otro. Para el mundo, para los vecinos (incluido Roberto, que seguía viviendo a tres casas y seguía siendo un visitante frecuente), para los maestros y para los amigos, Valentín era el padre. Y él lo era, pero no de sangre. Lo era del corazón.
Porque Valentín y Serena nunca más tuvieron sexo vaginal. Desde aquel día en la habitación, él nunca más la penetró. A veces, cuando Francisco le daba permiso, Serena se arrodillaba frente a su marido y le hacía un pete. Él terminaba en su boca y ella tragaba. Y eso era todo. Pero se amaban como el primer día, o más. Dormían abrazados, se decían «te amo» todas las noches, reían juntos y lloraban juntos cuando la vida se ponía difícil.
Serena nunca supo quién era el padre de sus hijos. Podía ser Francisco, podía ser Roberto, podía ser cualquiera de los cientos de hombres que pasaron por su cama a lo largo de los años. Porque Serena nunca dejó de ser una hotwife. Seguía siendo «uso público», seguía teniendo encuentros a solas y en fiestas, seguía volviendo a casa con el pelo desordenado y el maquillaje corrido y una sonrisa de oreja a oreja. Y Valentín seguía siendo un cornudo feliz. La esperaba en el sillón, le preguntaba qué tal le había ido, y se masturbaba mientras ella le contaba los detalles. A veces lloraba de felicidad. A veces reía. Pero siempre, siempre, la amaba.
Los hijos crecieron sanos y fuertes. Eran rubios, morochos, castaños, de ojos claros y oscuros. No se parecían entre ellos, pero todos tenían algo de Serena: esa mirada intensa, esa forma de caminar como si el mundo les perteneciera, esa sonrisa que desarmaba a cualquiera. Valentín los veía correr por el jardín y pensaba que no importaba quién los hubiera engendrado. Él los había criado. Él los había visto nacer. Él había estado ahí para las pesadillas y las fiebres y las primeras palabras. Él era su padre.
Francisco y Alicia siguieron siendo amigos de la pareja. Con el tiempo, Francisco se volvió menos dominante y más cariñoso, como un perro viejo que ya no necesita ladrar para imponer respeto. Alicia, en cambio, se volvió más salvaje con los años, y terminó abriendo su propio club swinger en las afueras de la ciudad. Serena iba a menudo, a veces con Valentín, a veces sola. Y todos la conocían. Era la hotwife más famosa de la escena, la mujer de la que todos hablaban, la que había empezado siendo una sumisa tímida y se había convertido en una diosa del placer.
Roberto, el vecino, siguió yendo a visitarlos. Incluso después de que su esposa, Mirta, se enteró de todo y lo dejó. Roberto se quedó solo en su casa de tres puertas más allá, pero nunca dejó de cruzar el jardín de Valentín y Serena, con un termo bajo el brazo y una sonrisa cómplice. «Vecinita», le decía a Serena, aunque ya no eran vecinos sino algo más. Y ella le abría la puerta con una bata abierta y nada más.
Los años pasaron, y los cuatro hijos crecieron y se fueron de la casa. Valentín y Serena se quedaron solos otra vez, como al principio. Pero ya no eran dos adolescentes que no sabían qué hacer con su vida. Eran dos personas que habían construido un amor a su medida, fuera de todas las normas, de todas las expectativas. Dos personas que entendían que el amor no era posesión, sino entrega. Que la felicidad no estaba en hacer lo que todos esperaban, sino en hacer lo que los hacía felices a ellos.
Una noche, ya viejos, ya cansados, sentados en el mismo sillón donde tantas cosas habían pasado, Valentín le dijo a Serena:
—¿Sabés qué? No cambiaría nada. Ni una sola cosa.
Serena apoyó la cabeza en su hombro, como hacía desde los catorce años, y respondió:
—Yo tampoco. Fuimos felices, ¿no?
—Fuimos los más felices—dijo él, y la besó en la frente.
Y así quedaron, abrazados, mirando la tele, mientras afuera el mundo seguía girando y la gente seguía haciendo lo que la gente hace. Ellos ya habían encontrado su lugar. Un lugar raro, prohibido, incomprendido. Pero su lugar. Y después de todo, eso era lo único que importaba.
FIN.
Por PamelaHot