Me llamo Laura. Soy una cordobesa de 37 años, de pelo largo rizado, ojos verdes, pechos… grandes, he de reconocerlo, y tengo una amiga a la que no se si odiar o amar, mi amiga Cloe, una catalana de 35 años, pelo rubio, flequillo, tetas adorables, pero no como las mías, jajaja. Es una loca, la conozco desde hace tiempo, pero siempre tiene algo nuevo con lo sorprenderme: un comentario, un nuevo vestido, su nuevo novio o… o alguna aventura en la que, no se cómo lo hace, consigue atraparme.
Y esto es lo que vengo a contaros, lo que nos pasó un día en verano, de vacaciones:
El calor de agosto en Berlín era sofocante, pero el interior del taxi que nos llevaba hacia el norte de la ciudad estaba helado. Miraba por la ventana, con mi melena morena recogida en un moño despeinado, mientras Cloe, sentada a mi lado con su body de látex negro que dejaba poco a la imaginación, no dejaba de hablar con esa emoción que siempre la caracterizaba. —Va a ser una noche memorable, Lau. El KitKat es diferente los fines de semana de verano. No respondí. No estaba de humor para conversaciones. Llevaba un top negro ajustado de Cloe que me quedaba demasiado escotado y una falda corta que apenas cubría lo necesario. No me sentía incómoda con mi cuerpo, pero esa noche había algo en el aire que me ponía tensa. Cloe pagó al taxista y tiró de mí hacia la entrada. El edificio industrial sin marcar, la fila de gente elegante bajo la luz roja. Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo. De nervios. Sabía, o conocía, lo que era el KitKat, pero nunca había estado, y conociendo como conozco a mi amiga no tenía todas conmigo de que la cosa pudiera descontrolarse. Entramos y dentro el tecno retumbaba en las paredes húmedas. El aire olía a sudor, látex y algo más denso. Cloe se quitó la gabardina dejando ver su body transparente en ciertos ángulos. Sus pezones ya se marcaban contra el material. La muy zorra iba pidiendo guerra, y sabía que allí eso no era difícil de conseguir. —Voy a por algo de beber —dijo, besando mi mejilla—. Espera aquí, no te muevas. Asentí, apoyándome contra una columna. Observé a Cloe perderse entre la multitud, su silueta rubia destacando. Tomé un vodka que un camarero me ofreció como regalo de bienvenida y bebí despacio, observando. El club no me sorprendió tanto como Cloe creía. Había estado en sitios similares, aunque este tenía algo más… intenso. Una mujer pasó con el torso descubierto, sonriendo. Una pareja se besaba en un rincón, la mano del hombre dentro de los pantalones de ella. Todo me pareció excitante, no escandaloso. Aprovechaba para bailar un poco, dejarme llevar, mientras esperaba a la pesada de mi amiga. Y digo pesada porque pasaron veinte minutos y no tenía noticias de ella. Me había terminado mi vodka hace un rato y decidí ir a buscarla, porque tardar tanto no era normal para pedir una copa. Miré hacia donde había visto a Cloe por última vez. No estaba. —¿Dónde demonios…? —murmuré, caminando entre la multitud. Me moví entre la multitud, la música, los cuerpos bailando, pieles brillantes por el sudor, como la mía de la humedad que había… y la encontré. Ahí estaba mi amiga, la que había ido a pedir una copa para las dos, en un rincón oscuro, arrodillada. Un joven de pelo oscuro tenía su polla dura fuera del pantalón, y Cloe la chupaba con lascivia, sus manos agarrando sus muslos mientras él gemía con la cabeza echada hacia atrás. Me quedé paralizada. No por lo que veía, sino por la rabia que me invadió.
Ahí estaba la cachonda de mi amiga, comiéndole la polla a un tío mientras yo la esperaba primero y luego la buscaba preocupada. “Preocupada”, ¡ja! ¿Preocupada de que la reventara la garganta con semejante polla? —¿En serio? —siseé, aunque no podía oírme—. Me traes aquí y me dejas tirada… Sentí humedad en los ojos, rabiosa. Me di la vuelta con violencia. No quería ver más. Necesitaba alejarme, calmarme. Caminé con paso rápido entre la multitud, buscando los baños. Mi amiga… Los baños estaban al final de un pasillo largo, apenas iluminado por unos neones. Iba a entrar cuando una mano tocó mi hombro. —¡Espera! Me giré y me encontré con un hombre maduro, de unos cuarenta y tantos, barba canosa bien cuidada, ojos oscuros que me examinaban con calma. Vestía elegante, camisa negra, pantalones oscuros. —Te he visto buscando a tu amiga —dijo, su voz profunda—. Pareces alterada, jajaja. Tú amiga se lo estaba pasando en grande. Era la rubita, ¿no? —Esa misma, la muy zorra. Estoy cabreada, sí —respondí, sin apartarme—. Me ha dejado plantada. —Lástima —dijo, y su mano bajó de mi hombro a mi cintura—. Soy Marcus. —Laura —dije, aunque no sabía por qué me presentaba. —Un nombre bonito para alguien que parece necesitar distraerse.
—¿Distraerme? No sé de qué hablas, solo necesito despejarme un poco.
—¿Seguro? No te gustó lo que viste, pero no me has dicho si solo te ha molestado que te dejara sola o no estar haciendo lo mismo.
Cada vez estaba más cerca de mí, podía sentir su aliento casi pegado en mi mejilla cuando me hablaba, acercándose más de la cuenta con la excusa del volumen de música que había.
—¿Qué te importa a ti lo que me gustaría o no estar haciendo? Yo… Su mano subió por mi espalda, con sus dedos callosos rozando mi piel. Me miró a los ojos y entonces se inclinó y besó mis labios.
Fue un beso suave, robado, que me pilló por sorpresa. Respondí, aunque a regañadientes, dejando que su lengua entrara, que me saboreara. —Mmm… —gemí contra su boca, sin poder evitarlo. En mi cabeza seguía con la imagen de Cloe salivando mientras esa polla entraba y salía de su boquita. —Relájate —murmuró, su mano bajando por mi cuello, por mi clavícula—. Solo es un beso. Pero no se quedó solo en ese beso. Tras él vino otro, y otro, su mano en la espalda me pegaba a él, podía notar su calor en mi pecho apretado contra el suyo, mientras la otra ya exploraba mi culo. Joder, me estaba poniendo muy cachonda.
En esas estábamos, yo ya dejándome que mi cuerpo disfrutara cuando su mano ascendió hasta el borde de mi top, y antes de que pudiera reaccionar, lo levantó. En público. En ese pasillo donde cualquiera podía pasar. Mis pechos, grandes y pesados, quedaron expuestos al aire húmedo.
—¿Qué … haces? Yo… no…..aggg. —Joder… —suspiró Marcus, retrocediendo para mirarme—. Eres impresionante. —Esto es… —intenté protestar, pero no me dio tiempo ni a hablar. Otro hombre apareció a nuestro lado, más joven, rubio, que se detuvo al vernos con una sonrisa pícara, sobre todo al ver mis tetas mojadas por el sudor. —No te detengas por mí —dijo Marcus, y antes de entender qué pasaba, estaba a mi lado, pegado también a mi. Fueron demasiadas manos. Marcus detrás de mí, besando mi cuello, sus manos agarrando mis pechos por debajo, levantándolos. El rubio se inclinó, y sentí su boca caliente cerrándose alrededor de mi pezón izquierdo, chupando con fuerza. —Ah… suave… espera, mmmmfff—jadeé. El rubio mordió. No esperaba eso, no esperaba ese dolor intenso. Mordió con dureza, y el dolor me atravesó como un relámpago. —¡Auch! ¡Joder! —grité, empujando su cabeza—. ¡Basta, me haces daño! Joder, parad, los dos. —grité enfadada separándome de ellos, con una de mis manos protegiendo mi pezón dolorido y la otra ajustándome el top, cubriendo mis tetas. El rubio se rio, Marcus levantó las manos. —Perdona —dijo Marcus, pero no sonaba arrepentido, solo sonría mirándome con cara de poder, de deseo. —Seréis gilipollas —les dije en mi inglés cordobés, dándome la vuelta. Seguro que me habían entendido. Corrí hacia los baños, empujando la puerta con fuerza. Ahora no solo estaba cabreada con mi amiga sino también conmigo misma, lo fácil que había dejado que dos desconocidos me pusieran cachonda casi sin esfuerzo.
El interior estaba iluminado con luces tenues de color rosa. Fui al lavabo y frente al espejo, una mujer de pelo rojo y piel pálida se limpiaba el pecho con toallitas húmedas. Tenía el escote manchado de semen blanco, espeso. —¿Problemas? No tienes buena cara—preguntó, sonriéndome. —Un imbécil me ha mordido el pezón, casi me lo arranca, ufff —dije, acercándome al espejo. Mi reflejo me enfureció. El maquillaje intacto, pero los labios hinchados, los pezones visibles a través del top mojado por la saliva de aquel desconocido. El derecho me dolía, ya ves si me dolía. Me incliné sobre el lavabo, levanté mi top y repasé que todo hubiera quedado en eso, un mordisco. Salvo la zona enrojecida no había nada más, así que fui echando agua fría en mi escote, intentando calmarme. —Esos de fuera son intensos como les dejes —comentó la pelirroja, observando mis tetas—. El tío con el que he estado me dijo casi sin presentarse que quería correrse en mis tetas desde el primer minuto. Al final, como ves, lo consiguió — dijo guiñándome un ojo. Se rio. Y luego hizo algo que no esperaba. Llevó su dedo a una gota de semen que quedaba en su clavícula, la recogió, y se la llevó a la boca. La probó lentamente, cerrando los ojos, como saboreando un buen vino. —Mmm… —gimió, casi para sí misma—. Está bueno. Dulce. Me miró, y en sus ojos vi una provocación. Buscó nuevos restos de leche caliente, los cogió con sus dedos y los acercó a mi cara. —¿Quieres probar? —susurró—. Es del chico de la barra. Alto, moreno. Buena polla. El semen brillaba en sus dedos, blanco, espeso. El olor me llegó, intenso, masculino. Sentí un escalofrío. La idea de caer, de lamer los dedos de una desconocida cubiertos de semen de un hombre al que nunca vería. ¿Tan cachonda estaba? —No… —dije, pero mi voz sonó débil. —Solo un poco —insistió, acercando más sus dedos a mis labios—. Abre. Por un segundo, un segundo que me avergonzaría para siempre, consideré hacerlo. Consideré abrir la boca y dejar que aquella desconocida me alimentara con el semen de su amante. Mi lengua rozó casi involuntariamente mi labio inferior. —Te gustaría —dijo ella, sonriendo—. A todas nos gusta al final. Negué con la cabeza, dando un paso atrás. La pelirroja se encogió de hombros, lamiendo sus propios dedos con deleite. —Como quieras. Disfruta la noche. — me dijo mientras limpiaba sus dedos con su lengua. Se fue, y me quedé sola frente al espejo. Mi corazón latía desbocado. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué había considerado siquiera…? —Estás bien, Laura —me dije al espejo—. Solo encuentra a Cloe y largaos de aquí. Salí del baño con determinación. Caminé entre la multitud, observando cada rincón. La gente lo pasaba bien de muchas formas, ya fuera bebiendo, riendo, bailando o follando, allí todo valía por lo que parece.
Y entonces la vi. Cloe. De pie, inclinada hacia delante, agarrada a una barra metálica. Y detrás de ella, un hombre corpulento la penetraba con embestidas fuertes, regulares. Cloe gemía, su cabeza echada hacia atrás. A su alrededor, otras parejas hacían lo mismo, era una pequeña orgía. —Puta madre… —susurré, paralizada. Cloe abrió los ojos, me vio, y sonrió. Una sonrisa perezosa, invitadora. Como si me estuviera diciendo «únete», pero apenas podía hablar, solo gemir mientras notaba como la follaban duro. No podía dejar de mirarla, disfrutando, casi sintiendo igual que ella esa polla entrando y saliendo. Mi coño se empapó al instante. Y ello estaba cuando unas manos se apoyaron en mis hombros. Dos hombres, otra vez, dos distintos, pero pegados de nuevo a mi cuerpo. —Hola, preciosa —susurró una voz a mi derecha. —Te hemos estado observando mirando a la rubita. ¿La conoces? —dijo el otro, a mi izquierda.
—Es … mi amiga, yo… Intenté girarme, pero sus cuerpos me presionaron y llevaron contra la pared. El castaño tomó mi rostro y me besó, profundo, mientras el otro deslizaba sus manos por mi cintura, levantando mi falda. —Esperad… —intenté decir, pero la boca del castaño me ahogaba. Me giraron. Cara a la pared, mis manos apoyadas en el frío hormigón y mi falda ya levantada hasta la cintura. Sentí el aire en mi culo desnudo. —Dios, qué culo más perfecto —murmuró el castaño. Sus dedos me tocaban, acariciando mi culo, mi tanga…desplazándolo y entrando en mi coño, fácil, muy mojado, sin una sola queja por mi parte, aggg. —Está mojada —dijo a su amigo—. Parece que le gusta. A todas les gusta —sintiendo su boca en mi cuello, mordiéndome.
—Ahhhhggg…. —gemí al sentir sus dientes y como sacaba su mano de mi coño Lo que vino entonces ya no tuvo vuelta atrás, su polla, gorda, caliente, muy dura, sustituyó a sus dedos y se clavó de golpe en mi coño, llenándome por completo. —¡Ah! ¡Diooooooooooos! —grité contra la pared. —Joder, qué apretada… —gruñó, agarrando mis caderas. Empezó a moverse, embistiendo con fuerza. El otro no se quedó quieto y mientras si amigo me follaba, él se arrodilló, metiéndose debajo de mí, y sentí su boca en mis pechos, levantando el top con los dientes, liberándolos. —Mmm… —gemí, incapaz de controlarme. Sobre todo cuando comenzó a lamer mis pezones, que ya no se quejaron más, mientras mi coño era llenado de carne una y otra vez. Mis piernas flaqueaban ante tanto placer combinado, podía notar mis tetas totalmente mojadas, mis pezones muy duros, mi coño abierto dejando que esa polla me empotrara.
Varias parejas se acercaban a vernos pero mi mente apenas podía ir asimilando lo que estaba pasando. Tanto placer, tanto deseo, tantas ganas de correrme delante de esos putos mirones, joder….uffff. —Voy a correrme —anunció el castaño, acelerando—. Me voy a correr dentro de esta zorra. —Joder…. Agggm, dentro….no, dentro… haz lo que quieras pero no… pares, ahhhhhhhh—grité, sorprendiéndome a mí misma mientras mi orgasmo ya asomaba entre mis piernas. Gritó al correrse, y sentí el chorro caliente de su lefa, profundo, llenándome. Se retiró, y por un segundo pensé que había terminado. Que me dejaba ahí conlas ganas, pero su amigo emergió de debajo de mí, sonriendo, y tomó su lugar. —Mi turno —dijo, y me comenzó a follarme. Era diferente. Más grueso, más lento, pero profundo. Agarró mi pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás. —¿Te gusta? —preguntó. —¡Sí! ¡Joder, sí! Voy a correrme, no pares—gemí, sin vergüenza.
—Hazlo mientras te follo, quiero ver cómo tiemblas, como se siente como mi polla dentro.
Fue demasiado, el placer, notar el semen resbalar en el interior de mis muslos, aquella gente mirando, mis tetas rebotando…..me corrí, un escalofrío me recorrió el cuerpo en busca de mi coño y empecé a temblar intentando no caerme.
—AAAAAAAAAAAAAAHHHH, me corro……aaaaaaaaaaaaaaaahhh!!!!
—Joder, eso es, córrete, demos un buen espectáculo. —¿Puedo? —creí escuchar mientras trataba de no caerme mientras mi cuerpo empalmaba orgasmos. Miré hacia donde escuché la voz. Un hombre gordo, realmente gordo, nos observaba desde un metro. Se tocaba encima de los pantalones. —Adelante —respondió el chico que me follaba. El gordo se desabrochó y sacó una polla sorprendentemente grande, gruesa y pesada. Se puso a mi lado. —Chúpamela, venga —ordenó. Obedecí, demasiado perdida para resistir. Caí sobre mis rodillas, dejando la polla del otro chico fuera, con mi coño goteando. Y casi sin dejarme acomodarme me llenó la boca con su polla, con su sabor intenso no del todo agradable, agarrándome mi cabeza para follarme la boca con aquel rabo tremendo. Apenas podía con él, me esforzada como una buena puta en darle a ese cerdo una buena mamada. No sé qué pasó con el otro chico, no volví a sentirle, pero no me importó, ahora el centro de mi atención era comerme aquella polla intentando no ahogarme en el intento.
—Joder, sí….sigue… chupando, la quiero entera dentro de esa boquita— me dijo empujando hasta mi garganta. Golpeé su piernas, me estaba ahogando, joder.
—Agggg…cof cof cof…..cabrón, ¿quieres ahogarme o qué?
—No, lo que quiero ahora es follarte, ver si tu coño puede con mi polla entera, ya que tu boca no ha podido. Arriba —ordenó, sentándose en un sofá cercano al que me llevó. Le seguí con mi falda hecha un lío en mi cintura, mi top subido y mis tetas brillantes por el sudor, y mi tanga… joder, ¡no llevaba ya el tanga! Dios Laura… Me levantó como si no pesara nada. Ahí es cuando noté lo débil que estaba, temblando, con mi coño demasiado mojado. Me sentó sobre él, dándole la espalda, guiando su polla gruesa hacia mi coñito. —Baja —dijo. Obedecí, dejándome caer. Y grité. Era demasiado gruesa y entró entera, toda, dentro de mi. —¡Aaaaaaaaah! ¡Dios, espera! —grité. —Shhh —dijo, agarrando mis pechos que colgaban expuestos—. Baja más. Me moví como pude hasta notar que la tenía completamente dentro. Una vez dentro, empezó a moverse lentamente, profundamente. Notaba aquella polla que antes intentaba atravesar mi garganta ahora hacerlo en mi coño, que apenas resistía ante tanta carne dura y caliente dentro de mi.
Me cabalgaba lentamente, sus manos agarrando mis pechos, exhibiéndome ante cualquiera que pasara. Y pasaban. La gente caminaba a nuestro lado, observando cómo el gordo me penetraba, cómo mis pechos rebotaban. —Mira a tu alrededor —susurró el gordo—. Te están viendo. A todos les gusta verte así, abierta, llena de polla. Miré. Tenía razón. Una pareja nos observaba, la mujer con la mano en los pantalones de su acompañante. Otro hombre, solo, se masturbaba abiertamente. Eran…muchos, buffff, dios…..ese placer de nuevo de exhibirme de esta forma. O de que me exhiban, daba igual, me encantaba, aunque mi coño sufriera, estaba en la gloria, y ese maldito gordo era el culpable. Esa forma de tratarme, de follarme, de agarrarme mis tetas, era demasiado. O no. Frente a mí, otro hombre. Joven, moreno, con una polla erecta en la mano, tocándose pero acercándose, sin intención de detenerse. ¿tocaba chupar de nuevo? ¿se iba a correr sobre mi? —No…¿qué quieres? agggg —intenté decir, pero el gordo me agarró por el cuello. —Déjale —ordenó—. Él también quiere disfrutarte. El joven se arrodilló frente a mí, entre las piernas del gordo. Me miró a los ojos, sonriendo, y luego guió su polla hacia mi coño. Mis ojos se abrieron como platos. —¿Qué? Aaahhhmmmm, no….agggg, para joder…..mi coño no…..agggg —dije, alarmada —¿Seguro? Ahora lo veremos —dijo el joven. Intentó penetrarme junto a la polla del gordo pero se topó con el muro de mi coño demasiado dilatado ya. Grité de dolor solo con el intento. Era imposible, era demasiado, era… —¡Ah!¡Para! —grité. —Respira —ordenó el gordo, dejando de moverse—. Ábrete más. Relaja tu coño. El joven se escupió la polla, la apoyó junto a la polla del gordo y empujó de nuevo, y esta vez, con una sensación de dolor distinto, consiguió entrar. Os juro que era imposible, no podía ser, pero sentó como mi coño se abría con cada centímetro de polla nueva que entraba, llenándome hasta el límite. —¡Joder! ¡Joder! —grité, casi sin aliento—. ¡Sois demasiado…. no puedo! —Shhh, ufffff —dijo el joven—. Lo peor ya ha pasado, ahora toca follarte, disfruta. Empezaron a moverse. No al unísono, sino alternándose, uno entrando cuando el otro salía, creando una fricción constante, intensa, que me hacía ver estrellas. —¡Ah! ¡Dios! ¡Ah! —gemía sin control. Era demasiado, era… increíble. Mi coño, ese puto traidor deseoso de polla, empezó a adaptarse. Se amoldó a las dos pollas, creando espacio donde no lo había, estirándose para acogerlas. El dolor se transformó en algo más oscuro, más intenso. —Así nos gusta —gruñó el gordo—. Juntas. Llenándote por completo, ¿ves cómo un coño como el tuyo puede con esto? Eres una buena yegua.
—AHHHHHHHHHH, nooooo—sus palabras vinieron acompañas con embestidas duras y violentas, nada de sincronizadas, entrando ambas a la vez, haciéndome que mi vientre se abultara, que pudieran ver lo llena que me tenían esos dos cabrones. Me estaban reventando viva. Y lo hicieron de nuevo. Y otra vez. Moviéndose al mismo ritmo, creando una presión constante que me volvía loca. A veces alternos, una polla saliendo mientras la otra entraba, frotándose una contra otra dentro de mí, masajeando mis paredes internas con una intensidad que nunca había sentido. —¡Voy a…! ¡No puedo…! —jadeé, sintiendo la tensión acumularse, como otra oleada de orgasmos venía, como mi cuerpo se rendía. —Córrete —ordenó el joven—. Córrete con nosotros dentro, aaaaag, siiiiii. Me corrí. Con mi cuerpo tensándose entre ellos, mis uñas clavándose en los muslos del gordo. El orgasmo me llenó, me despedazó por dentro, haciéndome gritar sin palabras, con los ojos casi en blanco, como tratando de llenar con aire mis pulmones, como si sus pollas lo impidieran. —¡¡AAAAHH!! —grité, convulsionando. Pero no pararon. Continuaron moviéndose, y antes de que terminara el primero, otro orgasmo llegó, y otro y otro más. Perdí la cuenta, perdí la noción de dónde estaba, de lo que me pasaba.
Me dejaron caer sobre el sofá. Temblando, sin fuerzas, mi cuerpo cubierto de semen propio y ajeno, mi coño tan lleno que sentía cómo salía a borbotones cada vez que me movía. Mis pechos estaban completamente cubiertos, blancos y brillantes. Tenía semen en el pelo, en la cara, en el vientre.
No se ni cómo ni cuándo se corrieron, ni si solo fueron ellos. Solo sentía mi cuerpo temblar y el semen resbalar por mi piel, mi cuerpo cubierto. No podía moverme. No quería moverme. Estaba en un estado de éxtasis absoluto, flotando en una nube de sensaciones. —Laura… —una voz familiar, horrorizada. Cloe. Se había acercado. Se arrodilló frente a mí, sus ojos azules recorriendo mi cuerpo destruido. —Dios mío, Laura… —susurró, tocando mi mejilla—. ¿Qué…? Intenté hablar, pero solo salió un gemido. —¿Estás bien? —preguntó, alarmada. —Nnn… —intenté asentir—. No, no lo se… —Te ayudo —dijo, levantándome. Me llevó al baño, sosteniéndome mientras caminaba tambaleante. Allí, frente al espejo donde había estado la pelirroja, Cloe me limpió lo mejor que pudo. Mientras yo miraba, me miraba, con mi coño soltando leche blanca y viscosa, caliente, una evidencia constante de lo que había hecho. —¿Quieres hablar de ello? —preguntó Cloe, limpiando mi rostro, tratando de que volviera a ser una tía normal, adecentando mi ropa lo que podía. —Perdí el control, Cloe—dije, mi voz ronca—. Algo dentro de mi gritaba que me pirara, que te dejara aquí pero…no pude, una vez empecé… no pude pararlo. —Shhh —me interrumpió, abrazándome—. No pasa nada. Estás bien. Cuando salimos del club, el aire fresco de la madrugada me golpeó. Era casi de día. Cloe llamó un taxi. Mientras esperábamos, apoyada contra ella, sentí su calor familiar. Pensé en la noche, en todo lo que había pasado, en la entrega total, en como mi coño no sabía si dolía o seguía caliente y cachondo. El taxi se detuvo. Cloe me ayudó a subir y nos fuimos. Cloe me miraba con preocupación, y yo miraba por el cristal mojado viendo como la ciudad despertaba. Solo entonces lo supe, solo entonces me atreví, solo entonces me volví a mi amiga y le dije:
—¿Cuándo volvemos?
Por Bluptus