Incesto y perversión (Capítulos 4-6)

Incesto y perversión (Capítulos 4-6)

En este momento estás viendo Incesto y perversión (Capítulos 4-6)

Capítulo 4

Era pasada la medianoche. Adriel estaba terminando de ver un capítulo de “Gambito de damas”, cuando alguien golpeó la puerta. No necesitaba preguntar quién era. Solo había una persona que podía visitarlo a horas tan altas de la noche, si bien hacía rato que no lo hacía.

De todas formas, solo para divertirse un poco, no se molestó en decirle que pasara, ni mucho menos se levantó a abrirle. Los golpes no tardaron en hacerse más insistentes, hasta que el visitante simplemente abrió la puerta.

Lulú apareció en el umbral. Tenía una expresión de fastidio en el rostro. Llevaba una remera que dejaba su ombligo desnudo, y un short de algodón, holgado, y un tanto arrugado.

—¿Sos boludo? —le preguntó—. Y yo que pensaba hacer algo divertido con vos. Ahora te jodés.

Sin embargo, la chica seguía parada ahí, como esperando a que su hermano le preguntara qué se traía entre manos. Pero él lo sabía, o más bien, creía saberlo.

—¿Están cogiendo? —preguntó—. Bueno, vamos a ver.

Hacía meses tenían la costumbre de ir hasta el cuarto de sus padres, apoyar las orejas en la puerta, y oír cómo cogían. Era divertido adivinar lo que estaban haciendo. Había veces que solo se lo escuchaba al padre diciendo cosas como “Sí, así, seguís siendo la misma petera de siempre. Te encanta prenderte a la verga, no pares”, ante el completo mutismo de ella. En esos casos no hacía falta mucha deducción. Virginia la estaría haciendo una mamada a Mauricio. Otras veces, los gemidos de su madre se tornaban desaforados, casi como si no solo estuvieran exteriorizando placer, sino también dolor. “Se la está dando por el ojete”, solía susurrar Lulú, conteniendo la carcajada. A veces la propia Virginia terminaba confirmándolo, con frases del tipo: “Sí, hijo de puta, metémela toda en el orto”.

Esto divertía y excitaba mucho a los hermanos. Aunque nunca hablaban de la enorme erección que se le producía a Adriel, ni a cómo se le hinchaban las tetas a Lulú.

—No, ahora ya está. Jodete —dijo Lulú, dándole la espalda.

Adriel hizo a un lado el cubrecama, y las sábanas, y salió de la cama, completamente desnudo.

—Esperá, qué te hacés la sensible, si sabés que te estaba jodiendo —dijo.

El chico fue hacia la silla donde tenía su calzoncillo. Lulú giró, y lo vio, completamente en pelotas. Instintivamente, se mordió el labio inferior. Su hermano estaba tallado a mano, con esos hombros anchos, esas abdominales ridículamente marcadas y esa cara de galán de novela de fantasía.

—Sos el primer hombre que conozco que duerme en bolas, pero usa calzoncillos durante el día —comentó la chica, fingiendo que lo que estaba mirando no le producía nada—. Digo… conocí tipos que no usan calzoncillo, pero…

—Me resulta incómodo no usar ropa interior —explicó él, subiéndoselos hasta que cubrió su trasero y su verga. Para colmo, estaba depilado, por lo que daba la impresión de que su miembro viril era más grande de lo que ya de por sí era—. Necesito sentir que esto no anda suelto. Además, no sé si lo escuchaste alguna vez, pero hay un dicho que dice “la última gota siempre queda adentro”. O sea, la gota de pis.

—Ya sé de qué estás hablando. No soy boluda, y vos sos un asqueroso.

—No soy asqueroso. Son cosas naturales.

Lulú, para sus adentros, no tuvo más que reconocer que Adriel era uno de los hombres más pulcros que conocía. Siempre olía bien. No solo usaba perfume, sino que se aplicaba crema por todas partes. Hasta se había depilado, por cuestiones higiénicas. Y aún haciendo ese tipo de cosas no perdía un ápice de masculinidad. Pero no le dio el gusto de reconocerlo.

—Bueno, vamos —dijo Adriel.

—No vamos a ninguna parte —comentó ella, enigmática—. Vamos a hacerlo acá.

Adriel miró de arriba abajo a su hermana. La chica había crecido mucho en los últimos años. Seguía teniendo esa cara aniñada que le despertaba ternura, pero, de a poco, su cuerpo se había tornado increíblemente sinuoso. Sobre todo sus caderas y su trasero. Para colmo, sabía muy bien que Lulú siempre había sentido un amor platónico con él. Adriel, por su parte, solo se enternecía por esa chiquilla tan linda. Pero ahora estaba convertida en una perra. Y, desde que sucedió el incidente con su mamá en el auto, los pensamientos tabúes aparecían cada vez más de seguido en su cabeza.

—¿Qué cosa vamos a hacer acá? —preguntó Adriel, algo nervioso.

Lulú, sin decir nada, se dirigió a la cama y se tumbó en ella. Adriel vio cómo el short se adhería más a su cuerpo y le marcaba la raja de su vagina. Los pezones formaban un relieve en la remerita. Tragó saliva. Pocas mujeres lo alteraban tanto. Una era su madre, la otra, su hermana.

—Bueno, pero más vale que sea interesante —dijo Adriel, quitándose la remera que se acababa de poner, para luego colocarse al lado de su hermana, aunque, a diferencia de ella, se tapó con el cubrecama.

—Ah, esta es la chica empanada, ¿no? —dijo Lulú, al ver a Anya Taylor-Joy en la televisión—. Bueno, esto es mejor. Escuchame —agregó después—. ¿Te acordás de mi primer celular?

—¿De tu primer celular? —preguntó Adriel, confundido. No entendía por qué su hermanita le salía con eso.

—Sí, hace como seis años. Bueno, no importa. Mamá no quería comprarme uno. Además, decía que era muy chica. Hasta que papi la convenció de que, en vez de comprarme uno, ella me de el suyo, que ya estaba viejito.

—Qué grande papi —comentó Adriel, con ironía.

Estaba perfectamente al tanto de los deseos oscuros de su padre. Como todos los hombres de su edad, no sabía disimular cuando le miraban el culo a una mujer. Aunque se suponía que él si debería poder hacerlo, ya que se trataba de su hija. Fuera como fuese, también estaba al tanto de que Lulú bajaba a medianoche, en tanga, para que su padre se deleite observándola. De hecho, él mismo le sugirió que lo hiciera.

—No interrumpas —dijo—. La cosa es que… viste cómo son los viejos. Se suponía que mamá había borrado todos los archivos, que había cerrado todas las cuentas que tenía en ese iPhone. Pero, después de un tiempo de que era mío, descubrí que había algunas fotos y videos que no se habían borrado. Es que no estaban en la carpeta de imágenes, sino en la de descargas. Bueno, esa es la cuestión.

Adriel se puso en alerta, intuyendo lo que vendría.

—Y… ¿qué hay en esas fotos? —preguntó, ansioso.

—Algunas son de la navidad del dos mil diez, cuando los dos éramos unos niños. Otras, de unas vacaciones de Córdoba.

—Dale, boluda, dejá de hacerte la importante o te echo de mi cuarto.

—Entonces te perderías algo que estoy segura que vas a querer ver.

—Bueno, ponelo de una vez.

—Si lo hago, me vas a tener que hacer un favor —dijo ella, maliciosa.

—Qué querés —respondió él, exasperado.

—Quiero que dejes de cogerte a Carolina.

—¿Qué? ¡Pero si me la presentaste vos! —dijo él, sin entender nada.

A Lulú le daban celos que su hermano saliera con mujeres. Mucho más si eran sus amigas. Pero hacía un tiempo había optado por una decisión que creyó inteligente. Ella misma le presentaría a algunas amigas. Las más lindas, pero también las más putas. De esa manera, se aseguraba de dos cosas: primero, de conocer las intimidades de su hermano de la mano de esas amigas, que se iban de lengua cuando tomaban un poco. Segundo, como todas eran putas, no duraban mucho con él, que no tardaba en dejarlas cuando se enteraba de que andaban con alguien más. No es que fueran sus novias, pero Adriel tenía un ego alto, y no le gustaba ser el segundo de nadie. Y si por casualidad no eran tan putas como Lulú pensaba, lo que hacía era presentarle otra chica aún más linda a su hermano. La llevaba a la casa, y buscaba cualquier excusa para dejarlos solos. A él no le costaba mucho llevárselas a la cama.

Pero Carolina estaba siendo una verdadera molestia. Había durado varios meses con Adriel, y ya estaban a un paso de convertirse en novios.

—Pero es una puta —fue lo único que pudo decir.

—Está bien, si lo que me mostrás está muy bueno, capaz… —dijo Adriel, riéndose por dentro. La monogamia no era lo suyo, y ya había pensado en cortar con Carolina hacía tiempo.

Lulú buscó el video en el celular. Luego hizo que se reprodujera en el televisor. La imagen congelada de Anya Taylor-Joy fue reemplazada por la de un dormitorio. Adriel lo conocía muy bien.

—Es el cuarto de papá y mamá —dijo.

La cámara enfocaba un placard. Estaba todo en completo silencio. De pronto, se movió, y ahora se veían unas gruesas piernas peludas extendidas sobre la cama matrimonial. Unos instantes después, se oyó el ruido de una puerta abriéndose. Virginia apareció en escena. Tenía un conjunto de lencería blanco. El modelo del corpiño era muy provocador. Una tela delgada atravesaba sus tetas, aunque dejaban gran parte de ellas al desnudo. La tanga también era muy pequeña. Un triangulito blanco que le marcaba la raja de su vagina y dejaba en evidencia que estaba perfectamente depilada.

—Van a coger —susurró Adriel.

—Sos un genio, hermanito —se burló Lulú, poniendo pausa a la película—. No te enojes, ya sabés que sos el tipo más inteligente que conozco. Pero, cuando se trata de sexo, te ponés un poco bobi.

—Callate y poné —dijo él.

Lulú le hizo caso. Le dio play y, en la película. Virginia se descongeló y las tetas se agitaron suavemente cuando se detuvo, sorprendida. Adriel notó que ese video debió ser grabado incluso unos años antes a cuando Virginia le entregó el celular a Lulú. Tenía treinta años como mucho. Aún así, el chico se dijo que ahora estaba más buena que antes. Ese leve sobrepeso le sentaba muy bien a ese cuerpo voluptuoso que tenía. No obstante, la imagen que tenía ahora igual le parecía increíblemente sensual. Sintió cómo la verga se le hinchaba lentamente.

—¿Qué hacés? —le dijo Virginia a Mauricio.

—Nada, tengo ganas de hacer una película —dijo él, quien aún no aparecía en cámara.

—No, no, no —dijo Virginia, acompañado sus palabras con un movimiento del dedo índice.

—Dale, solo para nosotros —dijo Mauricio.

Entonces se bajó el calzoncillo. Apareció una gruesa verga, grande, hinchada, pero aún no erecta. Virginia sonrió.

—Está bien, pero me lo vas a pasar a mí. Lo vas a eliminar de tu celular, y lo vamos a ver solo cuando yo quiera —accedió Virginia, al fin.

—Qué pelotuda. Y qué puta —dijo Lulú.

Adriel la miró de reojo. Le sorprendió lo furiosa que sonaba con su madre. No tenía manera de saber que en ese momento estaba recordando cómo unos tipos la manoseaban en el vagón del subte, sin que Virginia moviera un dedo para defenderla. Claro, ese recuerdo también le producía placer, pero igual se juró vengarse de su madre.

—En esa época los videos porno amateur recién empezaban a hacerse populares —intervino Adriel—. Seguro que por eso accedió tan fácilmente.

Lulú no dijo nada. En la pantalla LED de cuarenta pulgadas, Virginia se subía lentamente a la cama, con movimientos felinos, cada músculo de su cuerpo moviéndose con una sensualidad innata. Adriel contuvo la respiración. Sus ojos estaban fijos en la imagen, pero una parte de él sentía la mirada de Lulú clavada en su perfil, como si estuviera analizándolo, disfrutando de verlo perderse en la escena.

Su madre seguía acercándose a su marido lentamente. Sus caderas se mecían con suavidad, y su cabello rubio caía sobre su rostro en mechones desordenados, dándole un aire irresistible.

Pero lo que más atrapaba a Adriel eran sus ojos. Esos ojos azules ardían. No estaban mirando a Mauricio. Estaban mirándolo a él. O al menos, así lo sentía.

Virginia se mordió el labio, con una sonrisa apenas insinuada, mientras se acercaba a esa verga que la esperaba con ansias. Adriel sintió un pulso caliente en su entrepierna. La verga no tardaría en endurecerse, pero, aún así, seguía hipnotizado por su madre.

El sonido del televisor era el único ruido en la habitación, y cada pequeño detalle de la escena parecía amplificarse en su mente. El roce de las sábanas bajo las rodillas de Virginia, la respiración pesada de Mauricio, el leve chasquido de su lengua humedeciendo sus labios antes de actuar.

Virginia extendió la mano, con delicadeza absoluta, y envolvió la verga con los dedos. El contacto fue suave, casi reverencial. Sus dedos finos, con uñas perfectamente cuidadas, se cerraron alrededor de la dureza creciente.

Podía ver cómo el grosor de la erección comenzaba a aumentar en la pantalla, cómo la sangre llenaba cada centímetro hasta volverla más rígida, más pesada y poderosa. Virginia empezó a masajearla lentamente, recorriéndola con ligeros movimientos, alternando presión y suavidad con una destreza casi hipnótica.

Adriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era casi como si estuviera sintiendo la mano de su mamá en su propia pija.

Lulú seguía en silencio, pero podía sentir su presencia como un incendio invisible a su lado. Estaba tan absorta como él, lo sabía.

Mauricio, en la pantalla, corrió con suavidad el cabello rubio de su esposa detrás de la oreja. Fue un gesto tierno, íntimo, que contrastaba brutalmente con la imagen obscena de su rostro inclinado hacia la gruesa pija que sostenía entre sus dedos. El contraste entre la ternura del gesto y la crudeza del momento hacía que todo fuera aún más erótico.

Virginia sonrió levemente, como si disfrutara de la manera en que su marido la tocaba.

Adriel no pudo evitarlo.

Adriel desvió la mirada un segundo y encontró los ojos de Lulú. Ella no estaba viendo la pantalla. Lo estaba viendo a él. Y en sus ojos, en la forma en que lo miraba, Adriel entendió que todo lo que estaba ocurriendo en ese momento iba mucho más allá de lo que pasaba en la pantalla.

Entonces vio cómo virginia se inclinó, y se llevó el falo a la boca. Adriel sintió cómo su respiración se hizo más agitada mientras veía cómo su mamá estaba practicando una felación. El hecho de que su papá no apareciera en cámara, más allá de sus piernas y su miembro, lo hacía sentir como si esa mamada se la estuviera haciendo a él. Sintió cómo su verga se endurecía en un santiamén. Ahora la sentía apretada en el calzoncillo.

Lulú, por su parte, ahora miraba la escena sin pestañear, como si no quisiera perderse una centésima de segundo de lo que estaba pasando, y eso que lo había visto muchas veces. Desde que descubrió ese video fue cuando empezó a mirar a su padre de manera diferente. Le fascinaba ver ese miembro marcado por venas, hundiéndose en la boca de la puta de su mamá.

Virginia soltó lentamente la verga, dejando que resbalara entre sus labios hasta despegarse con un leve sonido húmedo que quedó flotando en el aire. El miembro quedó expuesto, brillante, cubierto de una capa espesa de saliva que reflejaba la luz de la habitación con un brillo obsceno.

Adriel vio, maravillado, como su mamá sonrió a la cámara, con los labios aún húmedos, con los ojos entrecerrados en un gesto de travesura oscura, como si disfrutara del espectáculo que estaba ofreciendo.

Mauricio extendió la mano y le acarició la cabeza con lentitud, entrelazando los dedos en su cabello dorado. El movimiento era suave, pausado, como si estuviera premiando a una mascota obediente.

Virginia cerró los ojos por un instante, como si disfrutara del contacto. La escena tenía algo de ternura perversa, una mezcla peligrosa de sumisión y control que la volvía aún más hipnótica.

—Bien, ahora sí estamos haciendo una película —dijo Mauricio—. Dale, quitate el corpiño. Te quiero ver las tetas.

—Como siempre —intervino Lulú, trayendo a Adriel a la realidad—. La mujer como objeto sexual, haciendo lo que le machito quiere. Y el hombre que ni siquiera da la cara.

—Shhhh —le dijo Adriel.

De todas formas, no estaba realmente molesta. A veces necesitaba decir esas cosas para sentirse diferente a su mamá. Pero, en el fondo, sabía que era más parecida a ella de lo que quisiera. Tanto, que se veía a sí misma ahí, chupándole la pija a su papá con total sumisión, al igual que había dejado que le diera esas nalgadas, gozando de cada una de ellas.

En la tele, Virginia se bajaba de la cama. Ahora se veía su cuerpo casi entero. Meneaba las caderas con sensualidad mientras llevaba una mano a la espalda. Unos segundos después, el precario corpiño que llevaba se aflojó. Luego, con la otra mano, se lo quitó, lanzándolo a un lado.

—Eso —susurró Mauricio—. A ver, movelas un poco.

Virginia, riendo, las sacudió. Adriel vio, fascinado, cómo esas grandes mamas se agitaban. Tenía los pezones rosados, con areolas grandes. Siempre se sentía extrañamente orgulloso cuando recordaba que eran tetas naturales.

Lulú lo miró de reojo. Sintió celos cuando vio cómo al bobo de su hermano se le hacía agua la boca por esas tetas. Ella no había heredado eso de su madre. Nunca le molestó tener tetas pequeñas. No las necesitaba. Pero la idea de que Adriel prefiriera a Virginia la hacía sentirse insegura, el cual era un sentimiento que no la embargaba casi nunca.

Ahora la hermosa MILF, como la llamaba Adriel, empezó a gatear de nuevo hacia esa verga que la esperaba, enhiesta. Los senos estaban suspendidos en el aire, y la imagen hizo que la verga de su hijo temblara dentro del calzoncillo.

Mauricio extendió la mano, y estrujó suavemente una de las tetas, haciéndose eco del deseo que atravesaba a Adriel en ese mismo instante. Luego extendió el otro brazo, y palpó el gordo culo de su mujer. Después la movió, de modo que ella quedó en posición de perrito, en horizontal con relación a su cuerpo.

—Qué bien te queda esto —le dijo.

Llevó la mano a la tira de la tanga que estaba hundida en el orto de Virginia. Tiró de ella, como si quisiera rompérsela, aunque no terminaba de hacerlo. Se veía la línea, más pálida que el resto de su piel, en la raya del culo. La tela que cubría su sexo la apretaba, y un labio vaginal quedó a la vista.

Adriel miró a su hermana. Había llevado una mano a su muslo, y se lo estaba acariciando lentamente, en un movimiento espontáneo.

Lulú se había desarrollado mucho, y desde hace rato que Adriel la ve de otra manera. Ahora, viéndola tan excitada como él, mientras veían a sus padres cogiendo, le produjo un morbo que jamás había experimentado.

No eran pocas las experiencias sensuales que compartían. No era solo ese juego de escuchar a sus padres teniendo sexo. También jugaban a hacerse cosquillas, como si fueran niños, solo que aprovechaba la cercanía de sus cuerpos para rozarse, acariciarse, y apretarse en el cuerpo del otro.

A veces Lulú fingía que estaba más triste de lo que realmente se sentía. Se acurrucaba en el sofá, con gesto sombrío. Esto solía suceder cuando estaban solos en casa. Él simplemente la abrazaba. Quedaban los dos un buen rato acostados en el sofá, abrazándose. A veces, la mano de Adriel bajaba lo suficiente como para palpar el precioso orto de su hermana. A veces ella le agradecía su contención y, antes de irse, le daba un beso en la boca.

Y ahora, viendo esa película triple equis casera estaban atravesando un nuevo límite. Ninguno de los dos se perturbó jamás por esos contactos, que sabían no eran propios de dos hermanos. Pero ahora sentían una tensión diferente, más pesada, más peligrosa. Era el peligro de lo inminente.

En la televisión, Virginia empezaba a chuparle la verga de nuevo a mauricio. Él largó un fuete gemido mientras estrujaba una nalga con violencia, para luego darle una nalgada.

—A ver esa cara de putita —decía Mauricio.

Virginia levantó un poco la cabeza, por lo que su rostro quedó de nuevo en primer plano. Mauricio empujó la verga, y los chicos vieron cómo el interior de la mejilla de su mamá se estiró, y tomó la forma fálica de la verga. Lulú soltó una risita estridente, mientras su padre retiraba el miembro.

Un denso hilo de baba salía de la boca de Virginia, antes de volver a hacer la mamada.

—¿Te parece que lo hace bien? —preguntó Lulú, de repente.

Adriel estaba absorto en la escena, por lo que tardó un poco en responder.

—Sí, obvio —respondió—. Bah, a mí me gusta que usen mucha saliva cuando me la chupan. Me gusta que primero jueguen con la lengua, por todas partes, y después se la metan en la boca, igual a como está haciendo mamá ahora.

—¿Y Carolina la chupa bien? —preguntó Lulú.

—Ahora sí. Pero porque yo le enseñé a hacerlo.

Su hermana soltó una carcajada.

—¿Así que sabés chupar pijas? —le preguntó.

—No, boluda. Pero un hombre sabe cómo le gusta que se lo hagan.

Ella siguió burlándose de él un rato, pero no tardaron en volver la atención al video. Ahora Virginia había dejado de mamar. Volvió a pararse al pie de la cama, pero esta vez de espaldas, moviendo las caderas sensualmente mientras se bajaba la tanga. Ahora estaba completamente desnuda, aunque igual era casi lo mismo, porque la ropa interior no era más que una tela hundida en su orto y otra cubriendo apenas su pelvis.

Volvió a la cama.

—Ahora te voy a hacer el culo —le dijo Mauricio, dándole una nalgada.

—¿Qué? No, eso no estaba en el contrato —dijo Virginia.

La pantalla se puso negra un instante. Luego apareció Virginia. O, más bien, el enrome y gordo culo de Virginia. Ese mismo que Adriel había sentido hacía unos días en su regazo. El chico tragó saliva. Su madre estaba en cuatro, con la espalda arqueada, en una pose terriblemente sensual. La imagen llegó al máximo nivel de erotismo cuando ella giró la cabeza y le sonrió a cámara.

—Se ve que no le costó mucho convencerla de entregar el orto —comentó Lulú.

—¿Vos lo hiciste? —preguntó Adriel, espontáneamente. Se sorprendió él mismo de haber hecho la pregunta, pero no la retiró.

—No —respondió ella—. Eso solo lo haría por alguien especial. Y hasta ahora no encontré a ninguno.

A pesar de ser tan hermosa, a sus dieciocho años, Lulú jamás había tenido novio. Había salido con un montón de chicos, obvio, y se había acostado con muchos de ellos. Pero jamás había tenido nada serio. El amor, entre platónico y enfermizo, que sentía por su hermano era el motivo, y, de alguna manera, toda la familia estaba consciente de eso.

—A ver, mi amor —oyeron decir a Mauricio.

Su padre apoyó la mano en una de las nalgas de su madre. La hizo a un lado, por lo que la raya del medio quedó completamente expuesta, al igual que el ano. Por primera vez, apareció el rostro de Mauricio. Escupió sobre el culo de Virginia y luego hundió un dedo en él. Lo retiró, impecable.

Entonces arrimó la verga, y la hundió. Virginia soltó ese gemido cargado de dolor y placer que ambos ya conocían.

Durante unos minutos, la cosa se puso monótona, pero sin dejar de ser fascinante. La verga de su padre, enterrándose una y otra vez en el orto de su madre, cada vez metiéndose más al fondo. Ella giraba, y miraba a la cámara con un gesto de perdición total. Largaba esos gemidos que parecían rasgar el aire. Desesperación y goce en el mismo momento.

—Mirá, se la metió entera —comentó Lulú.

En efecto, la verga de Mauricio estaba ya tan adentro, que los testículos chucaban con los glúteos de Virginia.

—No pensé que se la aguantaba tanto —dijo Adriel.

—Así que estuviste imaginando hasta cuánto podía aguantar el orto de mamá —dijo Lulú, riendo.

Él no contestó nada. El video estaba llegando a su final. Se escuchó a Mauricio gimiendo, como si fuera un animal herido. Después, sus músculos se relajaron. Retiró la verga lentamente. Un hilo de semen se escapó del ojete de Virginia. Y entonces el video finalizó.

—¿Así estuviste cuando mamá se sentó sobre vos? —preguntó Lulú de repente.

—¿Qué? —preguntó Adriel, confundido, aún impactado por lo que acababa de ver. No todos los días podía ver cómo le hacían el culo a su madre, después de todo.

—Así —dijo Lulú.

Corrió la sábana y el cubrecama con el que su hermano estaba tapado, y ahora el chico apareció solo con el calzoncillo. Su erección era evidente. Ella lo miró, arqueando las cejas.

—¿Y qué? —dijo Adriel—. Es normal después de ver una escena porno —explicó, omitiendo el pequeño detalle de que esa escena porno estaba protagonizada por sus padres—. Además… vos también estás caliente. ¿Te pensás que en las mujeres no se nota esas cosas? Mirá cómo tenés las tetas.

—¿Y cómo las tengo? —dijo ella, levantando los senos para luego soltarlos, lo que hizo que quedaran temblando un rato.

—Están hinchadas, y los pezones están erectos. Y seguro tenés la bombacha mojada. Así que no te hagas la boluda —dijo Adriel.

—No tengo la tanga mojada —retrucó ella—. Y vos, estás tan caliente que seguro que con apenas tocarte la verga acabarías.

De repente la chica sonrió maliciosamente. Se acercó a él. Extendió su mano, y envolvió la verga de su hermano, por encima del calzoncillo.

—¿Qué hacés? —le preguntó él, estremeciéndose.

—Vas a ver que tengo razón.

Era la primera vez que tenía la verga dura de su hermano en sus manos. A pesar de que fingía que solo lo estaba molestando para probar su punto, estaba tan excitada como él. Jaló de la verga una, dos, tres veces. Pero su pronóstico no se cumplió.

Entonces le bajó el calzoncillo. La verga apareció, colorada, caliente, con un montón de presemen impregnado en el glande, y el tronco atravesado por venas que le daban un aspecto de potencia que hizo que a Lulú se le hiciera agua la boca.

Adriel estaba estupefacto, pero no hizo nada para evitar que su hermana ahora envolviera su sexo desnudo con sus delicadas manos. Entonces ella jaló una, dos, tres veces. Y, ahora sí, el semen salió disparado, para caer sobre el abdomen del chico.

—¿Ves? —dijo ella.

La mano le quedó algo pegoteada, así que se la limpió en la sábana.

Justo cuando Lulú estaba a punto de irse, con esa sonrisa de victoria descarada en los labios, Adriel reaccionó. Con un movimiento rápido y firme, la agarró de la cintura, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba por la sorpresa. Ella soltó una risa entrecortada, entre nerviosa y excitada. Antes de que pudiera escaparse, Adriel la giró con facilidad, poniéndola boca abajo.

Lulú intentó moverse, pero él la mantuvo firme, presionando su palma contra su espalda baja, manteniéndola en esa posición que dejaba sus orto más expuestas que nunca. Entonces, sin darle tiempo a reaccionar, deslizó sus dedos bajo la tela de su short y, en un solo movimiento, se lo bajó junto con la diminuta tanga.

La prenda se deslizó sin resistencia, dejando al descubierto su gordo y profundo culo. Adriel lo contempló por un instante, disfrutando de la imagen, de la sensación de control, de la piel tersa y carnosa que tenía frente a él.

La chica quedó descolocada. “Me va a coger”, pensaba. “Mi hermano por fin me va a coger”. Este pensamiento hizo que no volviera a intentar escapar. Se quedó ahí, con el culo desnudo en pompa, completamente rendida, segura de que estaban a punto de cruzar una línea que siempre quisieron cruzar, pero que nunca se atrevieron a hacerlo.

Sin embargo, el chico solo llevó la mano a la tanga de su hermana, sintiendo la humedad de la tela.

—¿Ves? Vos también te mojaste —dijo.

Azotó el macizo culo de Lulú, y le subió la tanga y el short.

Para ser justos con él, si no fuera porque acababa de tener un orgasmo, probablemente se hubiera cogido a su hermanita.

—¡Idiota! —le gritó ella antes de irse.

Adriel, primero se sintió confundido. Luego le agarró culpa, pensando que había sido muy duro con ella. No llegó a deducir que ella simplemente se había molestado porque él no la penetró.

Capítulo 5

Si algo faltaba para que la tensión sexual en la casa de los Nilsen alcanzara su punto máximo, era la paja que le había hecho Lulú a Adriel.. Ahora, cada gesto, cada frase, cada mirada, parecía estar cargada de segundas intenciones, como si la casa misma transpirara deseo en sus paredes.

El goce de lo prohibido flotaba en el ambiente, impregnando cada rincón con una electricidad casi tangible. No se hablaba de eso, pero todos lo sentían. Estaba ahí, en el aire espeso que se respiraba entre pasillos y habitaciones, en los silencios demasiado largos y en las risas que se estiraban más de lo necesario. Se contenía, sí, pero era un volcán dormido, latiendo debajo de la superficie, esperando el momento justo para estallar.

Durante los días siguientes, hasta las situaciones más cotidianas estaban teñidas de una carga lasciva que hacía imposible la indiferencia. Un roce accidental se convertía en una caricia furtiva, una simple palabra adquiría un doble sentido que solo comprendían el que la decía y su interlocutor. El desayuno era un campo minado de miradas fugaces y labios que jugaban con el borde de la taza, mientras las piernas se rozaban bajo la mesa sin querer (o queriendo demasiado)

Las noches eran peores. El silencio de la casa se volvía cómplice de la respiración entrecortada tras las puertas cerradas. Se escuchaban sábanas deslizándose sobre la piel, el crujido de un colchón bajo el peso de un cuerpo que se retorcía entre pensamientos prohibidos. La imaginación desbordaba, alimentada por los recuerdos recientes y la expectativa de lo que aún estaba por venir.

Lo que antes eran simples interacciones ahora eran movimientos coreografiados por el deseo. Si Adriel o Mauricio pasaba detrás de Virginia o Lulú (respectivamente), el contacto duraba un segundo más de lo necesario. Si alguna de las chicas se inclinaba a recoger algo, lo hacía con una exageración que dejaba en claro que no era casualidad. Todo se había vuelto un juego implícito, una provocación constante, un tira y afloja donde la única certeza era que nadie quería detenerse.

Y así seguían, atrapados en una tensión que crecía con cada día que pasaba, con cada roce, con cada mirada que hablaba demasiado. Todos sabían que en algún momento la contención cedería y la casa entera ardería en un incendio del que ninguno saldría ileso.

…..

Esto sucedió una tarde templada, de esas en las que el sol caía perezoso, tiñendo todo de un tono ámbar. Adriel bajó las escaleras con la mochila colgada de un hombro, listo para irse a jugar al fútbol con sus amigos. Llevaba las medias hasta la rodilla y la remera ajustada al torso. Pero apenas puso un pie en el living, la escena lo golpeó como una patada en el pecho.

Su mamá estaba ahí, en el piso, con el culo en pompa, buscando algo debajo del mueble del televisor. El jean ajustadísimo que llevaba parecía más una segunda piel que una prenda de vestir. La tela azul oscuro se adhería a su cuerpo de manera obscena, metiéndose en cada recoveco de ese orto descomunal que, a pesar de haberlo visto mil veces, siempre lo dejaba babeando.

Ella se arqueaba, concentrada en su búsqueda, mientras movía el culo de un lado a otro, como restregándoselo en sus narices. Los bolsillos del jean tenían una costura dorada que delineaba la curva perfecta de sus glúteos, atrapando la mirada de Adriel. La raya del medio parecía más profunda que nunca, y el chico sintió un irrefrenable deseo de sumergirse en ella, de ser ahogado por esas dos gordas nalgas.

Tragó saliva, clavado en el lugar, sintiendo el calor subirle por el cuello. El sudor que pensaba gastar en el partido ahora le perlaba la frente por otro motivo. Su respiración se volvió más pesada cuando Virginia arqueó la espalda aún más, empinando el trasero sin darse cuenta, según creía él, de que estaba ofreciéndole una vista terriblemente obscena.

El jean era tan ajustado que no dejaba nada a la imaginación. El corte alto hacía que la tela se hundiera justo entre sus nalgas, marcando cada centímetro de esa carne tensa, voluptuosa, que parecía querer escapar de esa prisión. Adriel se quedó ahí, sin poder moverse, sin poder pestañear, con la boca entreabierta y un latido errático en la entrepierna.

Desde que sucedió aquello en el auto, ambos fingieron que no había pasado nada. Aunque Adriel, cada tanto, no perdía la oportunidad de largarle un piropo a su madre. Sabía que a ella le gustaba que le dijera MILF, así que cada tanto se lo repetía, sobre todo cuando se vestía de manera provocativa.

Se aclaró la garganta, pero ella no dijo nada. El pobre chico no tenía idea, pero, en realidad, ella había estado esperando a escucharlo bajar por las escaleras para hacer esa escena.

—¿Qué buscás? —preguntó Adriel.

Cada vez que recordaba que ese precioso orto había estado restregándose en su verga, su cuerpo reaccionaba casi de inmediato. Y ahora, mientras tenía a su mamá en esa posición, le resultó imposible controlar la hinchazón que ya sentía dentro de su calzoncillo.

—La pila del control remoto —dijo ella, girando para mirarlo, aún en esa posición que evocaba inevitablemente a una sesión de sexo duro.

Adriel miró el control remoto sobre la mesa ratona, confirmando que le faltaba una pila. Pero no tardó en volver su atención al maravilloso orto de su mamá.

—Dejá, yo te la busco —dijo Adriel, dando un paso hacia adelante. Mientras más cerca tenía ese majestuoso culo, más difícil le resultaba controlar la inminente erección.

—No, acá la tengo. A ver…

Entonces, retiró la mano de debajo del mueble y, al intentar reincorporarse, dejó escapar un quejido entrecortado.

—¡Ay!

El sonido le removió algo en su interior. No era solo el quejido en sí, sino la manera en que lo había soltado, como si el dolor viniera mezclado con algo más. Como si ella, al igual que él, estuviera atrapada por el deseo, y largó un gemido involuntario que camufló como un quejido de dolor.

Virginia se quedó en el suelo. Llevó la mano a su cintura y empezó a frotarse lentamente. La verdad era que sí le dolía, porque había estado más tiempo del conveniente en esa posición. Pero ahora estaba exagerando, solo para llamar la atención de su niño.

—Voy a necesitar que me ayudes a levantarme —dijo, girando el rostro hacia él con una sonrisa que a él le pareció provocadora.

Adriel se sintió avergonzado por su actitud. Debió haber ido a ayudar a su madre apenas oyó el grito. Es que había estado hipnotizado por ese culo macizo que no podía dejar de admirar.

Se acercó a ella por detrás y, sin pensarlo demasiado, deslizó las manos bajo sus axilas. Cuando la levantó, su cuerpo encajó contra el suyo con una facilidad increíble, como si no fuera más que una muñeca de trapo. Ella era liviana para él, y la manera en que su silueta se amoldó a la suya hizo que su mente viajara a lugares oscuros. Sobre todo, pensó en lo fácil que sería para él manipular su cuerpo en la cama. También pensó en la potencia de sus muslos, y en lo bien que se sentiría si la montaba con salvajismo.

Pero sus fantasías incestuosas fueron interrumpidas por algo más concreto. Estaba completamente pegada a él. Su trasero apretando la entrepierna de su hijo. Sintió inevitablemente la dureza de su verga. Solo esto bastó para que todo su cuerpo se estremeciera. Lejos de apartarse para evitar un contacto tan inapropiado, se quedó ahí. Después de todo, no era la primera vez que tenían ese tipo de contacto.

Las manos de Adriel bajaron lentamente por sus costados, deslizándose hasta su cintura, por adentro de la remera. Sus dedos fuertes se aferraron con un dominio que hizo que Virginia contuviera la respiración.

—¿Te duele? —le preguntó al oído.

El aliento cálido le rozó la piel, y un escalofrío le recorrió la espalda. Virginia sintió cómo Adriel comenzaba a frotarle la piel desnuda de la espalda baja. Su torso se arqueó al sentirse relajada, lo que hizo que su culo se apretara aún más a esa pija que ya tenía una erección óptima.

Ambos eran conscientes de que estaban recreando lo de la tarde que volvían del supermercado. Era un recuerdo que había dejado una huella imborrable en ellos. Hasta ahora no habían encontrado el momento oportuno de repetir esa escena tan erótica. Ahora parecía que por fin encontraron una excusa para hacerlo, y pensaban aprovecharla.

Adriel sintió cómo su verga temblaba ante el contacto divino con su madre. La verga estaba metida entre las nalgas de Virginia. Su respiración se tornó agitada.

—Sí… —respondió ella con un tono suave, casi como si el dolor fuera lo menos importante en ese momento—. Ya estoy vieja. Debería recordar que mi cuerpo no es tan flexible como antes.

Él soltó una risa baja. Ella había largado eso a propósito, obviamente, y el chico no tardó en caer.

—No seas boluda, sos rejoven —murmuró contra su oído.

Y entonces, en un movimiento espontáneo, la apretó con más fuerza contra sí mismo, casi como si quisiera cogérsela con la ropa puesta.

Virginia, que ya tenía la tanga empapada, contuvo el aliento. La dureza de su erección presionó contra su trasero, caliente, gruesa, imposible de ignorar. Al igual que ya había pasado, era una situación lujuriosa que rompía con uno de los mayores tabúes de la sociedad. Quizás por eso fingían que no pasaba nada fuera de lo normal, aunque ambos estaban gozando como nunca.

—Y estás muy bien físicamente —continuó él, con la voz más ronca—. Hasta mis amigos piensan que estás muy bien.

—¿En serio? —preguntó ella—. Quizás te pida que me presentes a alguno de ellos. Ya están grandes. Y algunos se pusieron muy lindos.

Adriel tensó la mandíbula, cayendo de nuevo en la trampa de su mamá. En este aspecto, la diferencia de edad se hacía notar. El chico era demasiado inocente en comparación. No obstante, nadie que los viera sospecharía que se llevaban veinte años. Ella, a sus casi cuarenta años, daba por lo menos un lustro más joven. Y él tranquilamente, si se dejaba crecer la barba, podía pasar por alguien de veintitantos.

—Ni loco —dijo.

Virginia notó los celos en el tono de su voz y eso la regocijó.

—Claro, le sos leal a tu papá. Es natural que no quieras que lo engañe. Espero que tampoco apruebes que él me meta los cuernos —bromeó ella.

—No es por eso —retrucó él.

No agregó nada más, pero no hizo falta. Ella sabía a qué se refería. A ningún chico le gusta que sus amigos se cojan a su madre. Y un chico como Adriel, que ahora tenía esa potente erección en su honor, mucho menos. Su padre no tenía nada que ver con eso.

Virginia se dio cuenta de que, si antes tenía sospechas del deseo de su hijo hacia ella, ahora ya podía confirmarlo. Pues esta vez era él quien la obligaba a quedarse en esa posición (aunque tampoco hacía nada para apartarse, claro). También dedujo que él, a su vez, debía ya saber con certeza que ella compartía esos deseos incestuosos. Pero… ¿eso bastaría para cruzar la línea? La respuesta inmediata fue que no. Pero la dureza de esa verga frotándose en su culo la hacía dudar.

—Lulú está en su cuarto, ¿no? —preguntó ella.

—Sí —respondió Adriel, frustrado.

El subtexto era claro. Si Lulú no estuviera en la casa… quizás se sacarían las ganas de una buena vez.

Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero ambos lo pensaron. Ambos dejaron que la duda quedara flotando entre ellos.

Adriel inspiró hondo, tratando de recuperar el control de sí mismo.

—Bueno, me tengo que ir —dijo finalmente.

Pero antes de hacerlo, acercó sus labios y le dio un beso lento en la comisura de la boca. Virginia apenas tuvo tiempo de reaccionar. Sintió el roce, la calidez, la presión suave de sus labios tan cerca de los suyos. Sintió cómo ese simple gesto la hacía estremecer. Su ropa interior debía estar echa un enchastre con tantos flujos que estaba largando.

Recién entonces, él la soltó. Y antes de dar un paso atrás, le dio una nalgada firme, que hizo que su cuerpo diera un pequeño salto involuntario.

—Y no te hagas la viva con mis amigos —le advirtió, con una sonrisa.

Virginia rio, pero sin girarse a mirarlo.

—No sé… —dijo con un tono juguetón—. No prometo nada.

Adriel la miró por última vez antes de irse, preguntándose cuánto más podría contenerse antes de hacer lo que ambos sabían que querían hacer. Se miró la entrepierna. El short estaba convertido en una carpa. Se acomodó la verga, apretándola con el elástico del pantalón. La erección ya no era tan obvia, pero alguien que lo mirara con atención igual la notaría. Se encogió de hombros, resignado. La única manera de que se ablandara era saliendo de esa casa, lejos de su mamá, y también de su hermana. Las dos mujeres que se la ponían dura con más facilidad.

…..

Esa misma noche, Mauricio estaba sentado en el living, solo. Desde hacía rato que tenía esa costumbre. A su esposa no le molestaba. Sabía que necesitaba su tiempo a solas. Además, cuando volvía a su cuarto, tenía las energías sexuales renovadas, como si fuera un adolescente. A veces incluso la despertaba a puras penetraciones.

Mauricio pensaba que Virginia no tenía la menor idea de que ese ímpetu sexual que se apoderaba de él era, en parte, porque cerca de la medianoche, justo antes de que él volviera a su cuarto, su hija se paseaba por el living, en dirección a la cocina, en tanga.

No es que haya tomado la costumbre de quedarse hasta tarde en el living para esperar a Lulú. Eso lo hacía incluso desde antes de que a su hija adolescente le crecieran esas tetas pequeñas pero bien erguidas, y ese orto descomunal que incluso rivalizaba con el de Virginia.

Tampoco es justo decir que Mauricio desatendía a su esposa. Tenían sexo con mucha regularidad, y ella lo calentaba como si aún fueran dos veinteañeros que recién empezaban su romance. Pero Lulú no solo era una chiquilla de dieciocho años, con una perfección infernal, sino que era su hija, y eso le producía un morbo incluso más grande que cuando empezó a salir con su prima, que ahora era su mujer. El incesto siempre le resultó fascinante, aunque jamás pensó que esa perversión iba a llegar más lejos de cogerse a su prima o a alguna tía.

Volviendo a la noche en cuestión, cuando Lulú por fin bajó (como siempre, para tomar un vaso de leche), su llegada fue tan sigilosa como de costumbre, aunque, a la vez, era imposible no notarla.

Mauricio, recostado en el sofá de tres cuerpos, sintió su presencia antes de verla. Había aprendido a reconocer el sonido suave de sus pisadas descalzas sobre el suelo, el leve crujir de la madera bajo su peso ligero. No dijo nada cuando ella pasó detrás de él, pero un escalofrío le recorrió la nuca cuando sintió la mano de Lulú deslizándose con suavidad por su cabeza, revolviéndole el pelo en un gesto casual, cariñoso.

Como siempre, giró para mirarla.

Lulú se movía con su acostumbrada despreocupación, sin apurarse, sin demostrar ninguna vergüenza por lo que llevaba puesto. Y no había razón para que la tuviera, después de todo, él era su padre, y ella no debía preocuparse por encender su lujuria, ¿no?

La diminuta tanga blanca de encaje apenas cubría lo esencial, dibujando líneas delicadas sobre su piel clara. La tela se hundía entre sus nalgas con una naturalidad escandalosa, resaltando aún más el volumen perfecto de su orto.

Mauricio tragó saliva. No pudo evitar recordar cómo se sintió cuando su mano hizo contacto con ese precioso culo.

Su trasero no solo era enorme; tenía una forma perfecta, firme y redonda, que desafiaba cualquier lógica. Sabía que no era producto del azar, que había genética y algo de ejercicio involucrado, pero la realidad era que el efecto que causaba en él era incontrolable.

Llevaba puesta una remerita negra, ajustada, pero apenas le prestó atención. Sus ojos estaban atrapados en la manera en que la tela blanca desaparecía entre sus glúteos, en cómo la piel firme y tersa de sus muslos contrastaba con la delicadeza del encaje.

A veces Lulú tomaba el vaso de leche en la cocina y luego volvía a su dormitorio, saludando a su padre, meneando ese orto entangado para su deleite. Pero en esta ocasión se dirigió al living, con el vaso de leche en su mano.

Mauricio la siguió con la mirada, notando cómo la tanga se perdía también en la raja de su vagina. Lulú se acomodó en uno de los sofás, el que quedaba en diagonal al suyo, a una distancia perfecta para que él la observara en todo su esplendor.

Los pezones se marcaban con claridad a través de la remerita negra. Mauricio sintió un calor extraño subirle por el pecho. Era una visión imposible de ignorar. La tela fina no dejaba nada a la imaginación. Los pequeños montículos se endurecían con descaro.

Desvió la mirada, forzándose a enfocarse en su rostro. Pero eso no lo ayudó mucho que digamos.

Esos ojos celestes lo miraban fijamente, enormes y expresivos, iluminados por un brillo juguetón que se parecía mucho a la lujuria.

La cara de Lulú era pura dulzura, enmarcada por un millar de pecas doradas que salpicaban su nariz y mejillas, dándole un aire inocente. Pero el contraste entre su rostro aniñado y su cuerpo de tentación era un golpe demasiado fuerte para cualquiera.

Ella se acomodó en el sofá con total tranquilidad, cruzando las piernas, regodeándose en la evidente atracción que generaba en su papi.

Llevó el vaso de leche a la boca y sorbió un largo trago. Encima del labio le quedó una línea blanca, que ella desapareció con la lengua, cosa que hizo que Mauricio tuviera toda clase de fantasías pornográficas. Se preguntó si su pequeña niña había hecho muchas mamadas, si le gustaba tragarse el semen o si lo escupía.

—No le contaste a mami, ¿no? —preguntó la chica, rompiendo por fin el silencio.

No hacía falta que le aclare a qué se refería.

—Y a vos qué te parece —dijo él.

—Que no lo hiciste —dijo ella—. Si lo hubieras hecho, ella ya me estaría rompiendo las bolas.

—No hables así de tu mamá. Y no, no le dije nada. Pero solo porque creo que no ayudaría en nada. Mientras te asegures de eliminar esas fotos y no mandárselas a nadie más, está bien.

Mauricio recordó la fotos pornográficas que le había mandado su hija por error. No le costaba mucho hacerlo, porque las había visto decenas de veces. Lo más inteligente sería que él también las borrara, pero no podía hacerlo. Era un tesoro del que no se podía deshacer.

—Obvio, ya las borré. Solo las viste vos —comentó Lulú, conteniendo la sonrisa.

Le gustaba ver a su padre, normalmente bajo control, nervioso. Le había mentido, obviamente. Sí había borrado las fotos, pero también las había visto su profesor. No sabía si le había sacado capturas. Pero había surtido efectos en él, pues en la última clase no dejó de mirarla.

—Bueno. Pero no se te ocurra volver a hacerlo. Vos sabés que los hombres suelen usar esas imágenes como venganza. No sabés lo que podría hacer en el futuro ese chico con el que salís.

—Igual, ya no salgo con nadie.

—Qué pasó —preguntó él.

—Nada. Simplemente me aburrí. Es difícil que alguien me llame la atención por mucho tiempo.

Lo cierto era que el único hombre que jamás lo aburría era su hermano, Adriel. Todavía recordaba claramente cómo se sentía esa verga grande y dura en su mano. Y todo ese semen saltando, para caer en su abdomen. Y el muy boludo la dejó con las ganas. Pero ella ya se había resignado. Su hermano nunca se la cogería, bueno, que se joda.

Su papá en cambio, estaba a punto de cometer un crimen. Si solo lo empujaba un poquito más, se la comería. Pero, claro, no podían hacerlo ahora. Al igual que les pasó a Adriel y Virginia por la tarde, ellos tampoco podían actuar con total libertad, mientras los otros estaban en la casa. Pero igual, la diabólica adolescente se dispuso a hacer una maldad.

—Está bien. Sos muy chica. Ya vas a encontrar alguien que te merezca —comentó el padre.

—Sabés… —dijo Lulú, con un tono que reflejaba inquietud.

Mauricio alzó la vista, captando la expresión de su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó, alarmado.

Ella se rio por dentro al verlo así.

—Estoy preocupada —confesó ella, mordiéndose apenas el labio inferior, como si dudara en continuar.

Mauricio frunció el ceño. Que su princesita, la niña de su ojos sufriera, era lo peor que podía pasarle.

—¿Por qué?

Lulú suspiró y bajó la mirada a su propia pierna antes de volver a mirarlo.

—Me salió algo en la pierna. Algo que nunca antes me salió. Y… no sé. Ya sabés que soy miedosa —dijo, con un leve encogimiento de hombros.

Mauricio la escaneó de arriba abajo, con el ceño aún fruncido. A ella le pareció muy lindo, con su barba frondosa y los músculos marcándosele en la camisa.

—¿En la pierna? No veo nada.

—Porque no está a la vista —replicó ella.

Y entonces, sin previo aviso, abrió las piernas de una forma que a Mauricio le pareció completamente pornográfica. La tanga blanca de encaje marcaba su sexo con una claridad obscena, cada curva de su feminidad resaltada por la presión de la tela ajustada.

Mauricio sintió calor en su entrepierna. Tragó saliva con dificultad, y procuró disimular la excitación que sentía, aunque era muy difícil.

—Ahí —dijo ella, señalando su propio muslo, justo en la parte interna.

Apenas si había algo. Un pequeño relieve en su piel tersa, una leve hinchazón del mismo color, tan sutil que, si no lo hubiera marcado con el dedo, él jamás lo habría notado.

Mauricio luchaba con todas sus fuerzas por no mirar de más, por no seguir la línea del muslo hasta el triángulo de tela diminuta que se ceñía a su vagina, pero era casi imposible no hacerlo.

Sintió un espasmo de placer oscuro cuando su verga comenzó a endurecerse dentro del pantalón. No podía contenerse. No podía ver a su hija en esa pose tan erótica y no sentir nada.

—No parece nada grave —dijo, con la voz más seca de lo que esperaba. Y luego, en un impulso que no pudo frenar, agregó—: A ver, acércate.

Sabía que no debía hacer eso. Sabía que era algo insignificante, que desaparecería así como apareció. Pero quería verlo de cerca (quería tenerla cerca).

Lulú obedeció sin dudarlo ni un segundo.

Se movió con esos pasos ágiles, ligeros. Las tetas, libres de corpiño, temblaban suavemente con cada paso que daba. A Mauricio le pareció que los pezones se marcaban más que antes, pero apartó la vista de ahí.

Cuando llegó hasta él, levantó una pierna con una sensualidad innata y la apoyó en el sofá, justo al lado de la cadera de su padre. Mauricio no se esperaba eso, pero comprendió que era lo mejor para ver esa pequeña imperfección, que solo servía para resaltar la perfección de su princesa.

Desde esa posición, la tela de la tanga se estiró aún más, marcando cada milímetro de su entrepierna. Su muslo, firme y suave, quedó expuesto a centímetros de su rostro. Y un labio vaginal parecía a punto de escaparse de la ropa interior.

Ahora que lo tenía tan cerca, parecía aún más nimio. Sin embargo, no se conformó con una inspección ocular. La presión de su verga en el pantalón lo instó a hacer algo más. Llevó la mano al muslo de la chica, sintiendo el calor de su piel antes incluso de tocarla.

Sus dedos encontraron la pequeña protuberancia y la rozaron con suavidad, pero el contacto se sintió mucho más íntimo de lo que debía. Estaba peligrosamente cerca del centro de su sexo, tan cerca que una simple desviación de su mano podría haber desatado algo irreversible.

Lentamente, comenzó a acariciar alrededor de la hinchazón, dibujando círculos sobre su piel con la yema de los dedos.

Lulú se estremeció. Mauricio sintió el temblor sutil recorriéndole el cuerpo, y su mente se nubló aún más. El masaje estaba durando demasiado. Demasiado como para que esto siguiera siendo una simple preocupación médica. Demasiado como para que no entendieran ambos que estaban bailando al borde de un abismo peligroso.

La respiración de ella se volvió agitada. Miraba el movimiento de los dedos de su papá sobre su piel, tan cerca de la concha que casi podía sentir cómo la penetraba. Solo tendría que correrle la tanga a un lado, y listo.

—No creo que sea nada —dijo él finalmente, con un hilo de voz.

Pero no quitó la mano.

El calor de su piel, la suavidad, la firmeza… todo lo tenía atrapado en un limbo infernal donde la única opción razonable era detenerse. Pero no podía hacerlo. No quería hacerlo.

—Si sigue ahí por varios días, o si crece, te llevo al médico —añadió, aún con los dedos muy cerca del sexo de Lulú.

—Bueno, gracias —respondió ella, controlando un jadeo.

Tenía el cuerpo muy sensible, por lo que ese simple contacto la hacía temblar de pies a cabeza. Y en ese punto, estaba segura de que él lo notaba. Bajó la mirada y fijó los ojos en la entrepierna de su padre. Se regodeó con lo que se encontró.

El bulto en el pantalón de Mauricio era más que evidente. Su erección estaba ahí, descarada, marcada con claridad. La verga de su papi se había erguido en su honor. A pesar de que no le sorprendía, de todas formas le resultó fascinante. Sonrió con satisfacción, sin necesidad de decir nada.

Luego, bajó la pierna del sofá, se giró, cosa que hizo que su culo quedara muy cerca del rostro de Mauricio, se inclinó, y agarró el vaso de leche. Mauricio se quedó petrificado, con la respiración alterada, viéndola beber el líquido con una tranquilidad que lo desquiciaba.

Cuando terminó, caminó hasta la cocina para lavarlo. Mauricio no se perdió del espectáculo del movimiento de sus caderas, perdido en ese orto prohibido con el que ya estaba obsesionado. ¿Qué culpa tenía él de que su hija cumpliera con todos los estándares de belleza que imponía la sociedad? Se preguntó si otro hombre, alguien normal, que no se hubiera casado con su propia prima, podría resistirse a semejante mujercita.

Cuando ella regresó, se acercó por detrás de Mauricio y lo abrazó.

El contacto de sus brazos envolviéndolo, la presión sutil de sus pechos contra su espalda, fue un último golpe de fuego en su ya alterada conciencia.

Lulú le dio un beso en la mejilla, lento, sensual, impregnando de humedad su piel. Antes de apartarse, volvió a dirigir la mirada a su erección.

Mauricio sabía que lo estaba haciendo, que su calentura era evidente, y no podía hacer nada para evitarlo. El pobre no sabía que su hija estaba tan caliente como él. Aunque sí llegaba a comprender el perverso juego de seducción que estaba llevando a cabo.

—Que duermas bien —susurró ella, antes de girarse y subir lentamente las escaleras.

Mauricio cerró los ojos, tratando de respirar. Pero supo en ese instante que dormir bien sería imposible. Volvió a su cuarto, listo para echarse un polvo con su esposa.

Capítulo 6

—Mi amor, ¿me ayudás? —dijo Virginia.

Adriel estaba por el living, ya listo para salir. Se acercó al dormitorio de Virginia. Como tenía la puerta entreabierta, se metió sin golpear. Ahí estaba ella, imponente, con su largo cabello rubio recogido pulcramente, dejando al descubierto la delicada curvatura de su cuello. Su figura voluptuosa resaltaba bajo la tela ceñida del vestido negro, una prenda aparentemente sencilla, pero que en su cuerpo adquiría una sensualidad arrolladora. El tejido oscuro se ajustaba con precisión a su figura, delineando cada contorno con una elegancia provocativa. El escote, aunque discreto, realzaba el tamaño de sus tetas, insinuando más de lo que mostraba, mientras las tiras anchas sobre sus hombros dejaban ver la tersura de su piel dorada.

Adriel disfrutó de la sensualidad de su madre. Su mirada se deslizó lentamente por el cuerpo de la mujer, deteniéndose en la pequeña abertura de su espalda debido al cierre aún sin subir. Pero la vista fue inevitablemente hacia abajo. La tela se amoldaba perfectamente a ese orto al que al adolescente cada vez le costaba más ignorar. La tanguita que tenía puesta se marcaba en la tela negra.

Adriel sintió una opresión en el pecho. Se le hizo un nudo en la garganta al contemplarla así, tan cercana, tan accesible y, a la vez, tan prohibida. Aunque… últimamente había pensado que quizás no era algo tan prohibido como se suponía que debía ser.

—Ah, pensé que eras Mauricio —dijo Virginia, cuando lo vio a través del espejo.

—Creo que fue a sacar el auto de la cochera. ¿Querés que lo llame? —dijo él.

—No, solo necesitaba levantar el cierre del vestido —dijo ella.

No necesitó pedírselo. Adriel se acercó. Se colocó detrás de ella, sintiendo su rico perfume. Llevó la mano al cierre y lo subió lentamente. Mientras lo hacía no pudo más que admirar el impresionante culo de su mamá.

—Estás hermosa —susurró.

Desde los últimos acercamientos que habían tenido, se había quedado tan excitado, que al tenerla cerca no pudo de dejar de ser sincero con ella.

—¿En serio? Me parece que estoy gorda. Este vestido es tan apretado que resalta mis kilos de más —dijo ella.

—Ya te dije que no digas esas boludeces —la reprendió él—. Estás perfecta. Tenés un cuerpo increíble.

—Vos también estás hermoso —dijo ella.

Miró al chico a través del espejo. Hacía poco se había cortado el pelo, y lo tenía peinado hacia la izquierda. Llevaba una camisa blanca, con cuello mao, que le quedaba muy elegante, y se ajustaba perfectamente a su físico prodigioso. Abajo, un pantalón de corte recto, impecable. Era muy alto. Le sacaba una cabeza. Tenerlo atrás, tan cerca, la ponía nerviosa.

Una vez a la semana los cuatro salían a Cenar a un lugar elegante. A veces, hacían otra actividad, como ir al bingo, al cine, o a al teatro. Aunque esta vez no habían arreglado nada, más allá de cenar sushi, cosa que propuso Lulú, de manera muy insistente.

—Bueno, ¿vamos? —dijo ella.

—Esperá.

De repente, Virginia sintió cómo dos dedos firmes se cerraban con precisión sobre sus nalgas. Fue un pellizco suave, pero lo suficientemente intencionado como para que un escalofrío ardiente le recorriera la columna, desde la base de la nuca hasta la punta de los pies. Un estremecimiento involuntario la hizo tensarse por un segundo antes de que el calor se instalara en su entrepierna.

Adriel, por su parte, sintió cómo la piel firme y tersa de Virginia se moldeaba bajo su toque. Su firme culo cedió ligeramente bajo la presión de sus dedos. Un calor abrasador le subió por el pecho, latiéndole en las sienes, mientras su respiración se volvía apenas más profunda. Sabía que debía soltarla, pero el contacto era hipnótico, embriagador. La tela delgada del vestido apenas interponía una barrera entre su mano y la tentación de su carne cálida.

Virginia no se movió ni dijo nada, pero él notó cómo su espalda se arqueó apenas, como si su cuerpo respondiera a algo que ella misma no quería reconocer.

—Se te había pegado un hilo en el vestido —dijo él.

Era mentira, claro. Adriel solo estaba desesperado por acariciar ese gordo culo, y se había inventado algo para hacerlo. Ella lo sospechaba, pero no se molestó en pedirle que le mostrara el hilo que supuestamente le había sacado.

—Bueno, ahora sí, vamos.

Lulú ya estaba en el living, esperando con una paciencia fingida mientras revisaba algo en su celular. Cuando su hermano la vio, no pudo evitar recorrerla con la mirada. Llevaba un vestido negro, pero de un estilo completamente distinto al de su madre. Mientras que el de Virginia tenía una elegancia sobria y refinada, el de Lulú era más atrevido, con la espalda completamente descubierta y un escote profundo que resaltaba la forma juvenil y firme de sus senos. La tela se amoldaba a su cuerpo esbelto, resaltando la delicadeza de su cintura y la sinuosidad de sus caderas.

Como su madre, había optado por recogerse el cabello, lo que dejaba su rostro completamente despejado. El peinado realzaba sus ojos claros, grandes e hipnóticos, y hacía aún más evidente el parecido con Virginia. Había algo perturbador en verla así, tan similar a su madre, pero con una energía más descarada, más provocativa.

El sonido del motor del auto interrumpió el momento. Mauricio ya había sacado el vehículo de la cochera y los esperaba con el motor en marcha. Se subieron uno a uno, acomodándose en los asientos de cuero negro. Adriel se ubicó al lado de Virginia, mientras Lulú tomaba asiento junto a su papá, adelante. Por más peculiar que fuera esta elección, a ninguno de los cuatro les llamó la atención.

El trayecto hacia Palermo transcurrió con una conversación ligera, pero Adriel no estaba realmente concentrado en lo que decían. Entre la penumbra del auto y el vaivén de la ciudad que se deslizaba por la ventanilla, sintió el calor del cuerpo de Virginia a su lado. Un leve roce de su brazo contra el de ella fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la piel. Al principio pensó que había sido accidental, pero luego, cuando el auto frenó en un semáforo y el contacto se mantuvo por un segundo más de lo necesario, supo que no era solo cosa suya.

No se comparaba con la ocasión en la que la tuvo en su regazo, pero el hecho de que el contacto fuera deliberado hacía que le fuera muy difícil contener una inminente erección.

Mientras tanto, en el asiento delantero, Mauricio trataba de concentrarse en la conducción, pero Lulú no se lo hacía fácil. Se movía con una naturalidad calculada, cruzando y descruzando las piernas, dejando entrever la piel tersa de sus muslos bajo el borde del vestido. En un momento, mientras buscaba algo en su cartera, apoyó suavemente su mano sobre el muslo de Mauricio para estabilizarse. Fue un simple gesto, un toque inocente, pero para él fue un disparo directo al estómago. La culpa lo golpeó de inmediato. ¿Por qué tenía que pensar esas cosas? ¿Por qué tenía que fijarse en su hija, cuando tenía a su lado a una mujer que cualquier hombre en su sano juicio desearía? Bueno, en ese momento no la tenía a su lado precisamente, lo cual lo puso a pensar.

Finalmente llegaron a Osaka, un restaurante de sushi fusión ubicado en el corazón de Palermo. Las luces tenues y la decoración sofisticada del lugar creaban un ambiente íntimo y exclusivo. Las mesas de madera oscura estaban elegantemente dispuestas, y el aroma a soja, jengibre y pescado fresco flotaba en el aire, envolviendo cada rincón con un perfume tentador.

La familia fue guiada a una mesa en una esquina, con cómodos sillones de cuero y una iluminación suave que caía desde lámparas colgantes. Mientras caminaban casi en fila india, Adriel aprovechó para acariciar las nalgas de su mamá, de manera sutil. Como iban detrás de mauricio y Lulú, ellos ni se daban cuenta de lo que estaba pasando. El chico se preguntó si Virginia notaba que la estaba manoseando a propósito. Pero igual mantuvo cierta sutileza en sus toques, no fuera a ser cosa que hubiera algún conocido de la familia en el restorán, y lo descubriera manoseándole el orto a su propia madre.

Adriel y Virginia se acomodaron en el amplio sillón de cuero, quedando juntos, mientras que Lulú y Mauricio tomaron asiento enfrente.

La charla transcurrió con una amabilidad forzada, como si los cuatro caminaran sobre una delgada cuerda, tratando de mantener el equilibrio. Era la conversación típica de una familia que, a simple vista, no tenía conflictos importantes. Que cómo le iba a Lulú en el curso de ingreso a la universidad, que si el trabajo de Mauricio seguía estable, que cuál serie les estaba gustando últimamente. Un intercambio de palabras funcional, casi mecánico, producto de la atracción oculta que había entre los miembros de la familia, quienes en su afán de parecer normales, parecían acartonados.

En un momento a Adriel se la cayó un palillo al piso. No lo hizo a propósito. Si hubiera tenido a su mamá enfrente quizás lo hubiera hecho, pero ahora no. Así que se agachó para agarrarlo y entonces vio dos cosas que le llamaron la atención. Primero, la muy turra de su hermanita separó las piernas. ¡La hija de puta no llevaba bombacha! Había hecho ese movimiento a propósito. Eso era evidente para Adriel. Se quedó mirando unos instantes. La pendeja estaba depilada, y parecía que su sexo estaba hinchado. La muy puta podía estar dejando sus flujos por ahí, sin que nadie lo supiera.

Cuando se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo, desvió la mirada. Entonces se encontró con que su padre tenía una erección muy potente. Podría ser en honor a su mujer, claro, pero el chico sabía que era por Lulú.

No pudo evitar sentir celos, pero, a la vez, la evidente atención de Mauricio hacia Lulú le hizo pensar que podía ser una buena oportunidad.

Cuando terminaron de cenar, salieron del restaurante y fueron recibidos por la brisa fresca de la noche porteña. El aire olía a una mezcla de asfalto tibio y perfumes costosos, el murmullo de la ciudad flotando en el ambiente con su ritmo incesante.

Justo enfrente, un local con luces tenues y grandes ventanales dejaba escapar los acordes de un bandoneón melancólico. Afiches en la entrada anunciaban un show de tango en vivo, con una tipografía elegante que evocaba la esencia tradicional del local.

Lulú, con su entusiasmo juvenil, se acercó un poco más, observando la escena con una sonrisa iluminada por la cálida luz de la calle.

—Ay, yo quiero ir —dijo, con una mezcla de capricho y emoción.

Virginia, en cambio, suspiró suavemente y se llevó una mano a la sien, con un gesto delicado.

—Conmigo no cuenten. Me empezó a doler la cabeza —anunció, con una voz suave pero decidida.

Mauricio se giró hacia su esposa con una expresión preocupada.

—¿Mucho? —preguntó.

Virginia le dedicó una sonrisa cansada, pero encantadora.

—Lo suficiente como para no quedarme en un lugar donde haya música a todo volumen —respondió.

—Bueno, otro día será, Lu —dijo Mauricio, con una leve resignación en el tono, pues claramente quería complacer a la niña de sus ojos.

Pero Adriel vio una oportunidad y no pensaba desaprovecharla.

—No. Dejá, yo la llevo a mamá —dijo, con un tono que no daba lugar a objeciones—. Vos quedate con Lulú. Eso sí, yo me llevo el auto y ustedes se vuelven en Uber.

Lulú reaccionó de inmediato, sin darle tiempo a Mauricio de protestar. Con una sonrisa radiante, lo tomó del brazo con firmeza. Los hermanos no necesitaban intercambiar palabras para conocer las intenciones del otro, y por esta vez actuaron para ayudarse mutuamente.

Mauricio tragó saliva, sintiendo el contacto de la mano de Lulú sobre su antebrazo, la calidez de su piel filtrándose a través de la tela de su camisa. No podía evitarlo. Por más que intentara convencerse de que no debía pensar en ella de esa forma, cada gesto suyo lo enredaba un poco más en un juego peligroso. La imagen de su hija desnuda lo asaltó de nuevo, al igual que aquella vez en que le dio unos fuertes azotes en ese pomposo orto que tenía la nena.

Sin más, Mauricio cedió con un gesto de cabeza, aunque su mandíbula estaba un poco tensa. Se separaron frente a ese local. Padre e hija entraron, mientras hijo y madre se alejaron.

Ella estaba callada. Adriel notó que lo del dolor de cabeza era cierto. De hecho, parecía peor de lo que había imaginado.

—Cuando lleguemos a casa te voy a dar una aspirina —le dijo.

—Va a ser mejor un Actrón —dijo ella—. Siento dolor en el cuello y la espalda. No sé qué me pasa. De verdad me estoy poniendo vieja.

—Si volvés a repetir eso, me voy a enojar en serio —dijo Adriel.

Lo cierto era que Virginia estaba tensa. Si bien era tan pervertida como su hijo, y quizás más, una parte de ella estaba estresada por toda esa historia. Además, ahora que iban solos a casa, se preguntaba qué pasaría. De lo que no estaba segura era si esa tensión se disiparía si se olvidaba de sus fantasías incestuosas, o si las concretaba. De todas formas, ahora se sentía una piltrafa humana. Lo último en lo que pensaba era en coger.

Fueron a la cochera. Adriel abrió la puerta del auto para Virginia con un gesto caballeroso, y ella subió con naturalidad, acomodándose con la elegancia que la caracterizaba. Él rodeó el vehículo y se sentó en el asiento del conductor, sintiendo un leve cosquilleo de expectación al cerrar la puerta y quedar encerrados en ese espacio reducido.

El auto rugió suavemente al encenderse, y mientras Adriel giraba el volante para incorporarse al tráfico, sintió la mirada de Virginia sobre él. No era una mirada cualquiera. Era una de esas miradas que intercambiaban cuando los otros miembros de la familia no los observaban.

Ella pasó casi todo el trayecto con los ojos cerrados. No estaba dormida, pero necesitaba descansar. Su respiración era tranquila, pausada, y el vaivén del auto parecía mecerla en un estado de relajación absoluta.

Para Adriel, en cambio, cada segundo se volvía una tortura. Si bien el recorrido era corto, de apenas quince minutos, para él se extendió como si fueran horas. La cercanía de la mujer lo ponía en un estado de alerta permanente. La observaba de reojo, con disimulo, tratando de controlar la calentura que le provocaba verla así, tan vulnerable.

El vestido de Virginia se había deslizado unos centímetros por sus muslos, dejando a la vista una piel tersa y reluciente que atrapaba la luz de las farolas que se colaban por la ventana del auto. Adriel notó que no llevaba corpiño. A través de la tela fina, los pezones se marcaban con descaro. Se humedeció los labios. ¿Estaba excitada?

Trató de concentrarse en la carretera, pero era difícil no volver a observar con lascivia a su madre cada vez que un semáforo se lo permitía.

Se removió en el asiento, incómodo, con la mandíbula apretada y la respiración entrecortada. Sentía la dureza en la entrepierna, esa opresión insoportable que le tensaba todo el cuerpo. Quería tocarla de nuevo. Necesitaba sentir la tersura de su cuerpo en sus dedos. Se dio cuenta de que lo que sentía por su mamá era muy parecido a una adicción.

Cuando llegaron, bajó del auto y se apresuró a rodear la cintura de Virginia en un acto reflejo. No estaba ebria ni débil, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de sentir ese contraste abismal entre la estrechez de su cintura y la generosidad de su culo.

—¿Podés caminar sola? —preguntó con voz ronca, más para alargar el contacto que por verdadera preocupación.

—Sí. No es que me esté muriendo —respondió ella, con un dejo de diversión en la voz.

Aun así, Adriel mantuvo la mano en su cintura un poco más de lo necesario antes de soltarla. Al hacerlo, rozó de nuevo ese maravilloso culo que tanto le gustaba. Ella, como de costumbre, fingió que no se daba cuenta de que el roce no fue accidental.

—Ahora te llevo el Actrón. Vos andá a acostarte —le dijo cuando entraron a la casa.

Fue a la cocina y abrió la caja que funcionaba como botiquín improvisado. Buscó entre los envases hasta dar con el blíster correcto. Extrajo un comprimido gelatinoso y lo dejó caer en su palma. Luego, llenó un vaso con agua y se encaminó al dormitorio.

Al entrar, la encontró en la cama, con el cabello desparramado sobre la almohada. Se veía agotada, pero su belleza era implacable. La postura despreocupada de su cuerpo, la manera en que la tela del vestido se ajustaba a sus formas, todo en ella parecía diseñado para calentar a todo hombre que la viera, sin discriminar a los que compartían su misma sangre. Siempre le había pasado. Por algo se había casado con su primo.

—Gracias —murmuró Virginia, tomando la pastilla y llevándola a la boca. Bebió un sorbo de agua, y Adriel se quedó mirándola, hipnotizado, hasta que vio su garganta moverse al tragar.

Salió de la habitación para llevar el vaso a la cocina. Regresó minutos después, con la excusa de asegurarse de que estaba bien.

Y lo que encontró lo dejó babeando.

Virginia estaba boca abajo, con una pierna flexionada, su vestido subido peligrosamente por encima de los muslos, dejando al descubierto una franja generosa de piel. Su culo, prominente y tentador, se alzaba en una curva perfecta que parecía una invitación en sí misma.

Adriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Tragó saliva.

—¿Estás dormida? —preguntó, con la voz cargada de tensión.

—Casi —respondió ella, con un tono adormilado y ronco que le puso la piel de gallina.

No podía dejar de mirarla. Sobre todo ese espectacular orto que parecía llamarlo a gritos.

—No deberías dormir con el vestido puesto —dijo, con un esfuerzo por sonar indiferente—. Es muy ajustado. No vas a estar cómoda.

Virginia se quedó en silencio un par de segundos. Luego, sin moverse, y sin siquiera girar el rostro hacia él, murmuró con la voz más letalmente sensual que Adriel había escuchado en su vida:

—Quitámelo.

El corazón de Adriel latió con tanta fuerza que creyó que iba a romperse el pecho.

Ella lo había dicho sin cambiar de postura, con la cara hundida en la almohada y el cuerpo estratégicamente colocado para desquiciarlo. El Actrón había hecho efecto muy rápido. Ya estaba mejor, y sabía perfectamente el efecto que había causado en su hijo.

—Sí… Dale.

Adriel tragó saliva, sintiendo cómo su propia respiración se volvía errática. Su cuerpo estaba en llamas, cada músculo en tensión, cada pensamiento convertido en un eco de deseo. No podía apartar la vista de Virginia, de la manera en que su cuerpo se amoldaba a la cama, de la forma perfecta de su culo, de la manera en que la tanga se marcaba en la tela.

Se subió a la cama con movimientos lentos, intentando no perder el equilibrio ni delatar lo acelerado que estaba su pulso. Si por él fuera, la despojaría de ese vestido a tirones y se la cogería ahí mismo. Pero ahora que había sido invitado por ella, trató de contener su locura.

Se acercó a ella, sus dedos temblaban cuando deslizó la mano hasta el cierre del vestido, ubicado en la parte baja de su espalda. El mismo cierre que había subido hacia unas horas. Ahora debía hacer algo mucho más morboso que aquello. Ahora debía desnudar a su mamá.

Lo bajó con una lentitud que a él mismo le pareció exasperante, arrastrando el metal con un sonido casi obsceno en el silencio de la habitación. Cada centímetro que descendía dejaba al descubierto más piel, tersa, suave, perfumada con una mezcla embriagadora de su aroma natural y el leve rastro de su perfume.

Virginia exhaló un sonido que se parecía demasiado a un gemido ahogado. Adriel se detuvo un instante, esperando, analizando si ese sonido había sido involuntario o si ella lo había hecho adrede. Pero no dijo nada. Solo permaneció en la misma posición, expectante, ofreciendo su cuerpo sin ninguna resistencia.

Se mordió el labio.

Con un agarre firme pero cuidadoso, tomó la prenda por su extremo inferior, y comenzó a subirla lentamente, sintiendo que estaba abriendo un paquete de regalo.

Cuando el vestido estuvo lo suficientemente alto, Adriel se quedó sin aliento.

Bajo la tela, se encontró con ese enorme orto cubierto apenas por una tanguita negra de encaje. Era un trozo de tela minúsculo, inútil para ocultar la redondez perfecta de sus nalgas. Las dos eran un monumento a la sensualidad, carnosas, firmes, y se movieron sutilmente cuando ella hizo un pequeño ajuste en su postura.

Adriel sintió un dulce escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Era intimidante. Era desquiciante. Era la visión más erótica que jamás había presenciado. La precaria tela se perdía en las profundidades de ese majestuoso culo.

La sangre le golpeó las sienes. Siguió subiendo la prenda, liberando más de ese cuerpo que lo tenía al borde de la desesperación.

Virginia apenas se movía. Sus movimientos eran mínimos, los justos y necesarios para facilitarle la tarea, como si disfrutara de esa tortura silenciosa, como si cada roce accidental de sus manos sobre su piel fuera una provocación calculada.

De repente recordó que ella no llevaba corpiño. Al quitarle el vestido, no la dejaría en ropa interior. Su madre solo quedaría cubierta con una tanga. Era una locura.

Adriel sintió su verga palpitar con una violencia insoportable dentro del pantalón.

No podía ver las tetas de Virginia. No desde ese ángulo. Pero la sola idea de que sus pechos estaban completamente desnudos, de que no había nada cubriéndolos, de que si ella se giraba podría verlos en toda su plenitud… lo hizo perder el control de su propia respiración.

Con una lentitud casi ritual, tomó el vestido y lo dejó sobre una silla cercana. Luego se quedó ahí, inmóvil, observándola.

Era una visión que lo desquiciaba.

El cuerpo de su mamá se hundía en el colchón de una manera que parecía diseñada para provocarlo. Su espalda, su cintura estrecha, el relieve marcado de sus omóplatos que se curvaban con cada respiración pausada… y, por supuesto, el trasero, alto y prominente, una tentación enmarcada en encaje negro.

Se pasó la lengua por los labios resecos.

—¿Vas a dormir así? —preguntó, su voz más ronca de lo habitual, casi como si reflejara su lujuria—. Si querés… te busco un camisón y te lo pongo —propuso.

—No, así nomás —murmuró ella—. Ahora me cubro con las sábanas.

Él apretó los puños. El momento mágico se estaba desvaneciendo demasiado rápido. Tenía que hacer algo para extenderlo.

—¿Seguís contracturada? —soltó de golpe, con una urgencia evidente—. Puedo hacerte unos masajes … Si querés.

Virginia se quedó en silencio un par de segundos, lo suficiente para que el corazón de Adriel latiera con una fuerza insoportable.

—Está bien —accedió ella, sin pensarlo demasiado.

Virginia sintió cómo el colchón se hundía a su lado cuando Adriel se acomodó nuevamente. Un segundo después, sus manos se posaron sobre sus hombros.

Fueron firmes desde el primer contacto. Y también cálidas y seguras.

La presión que ejerció sobre los músculos tensos de su cuello y hombros la hizo suspirar de inmediato. Realmente lo necesitaba. Pero el hecho de que lo estuviera haciendo su hijo, mientras ella estaba casi desnuda, hacía que el acto fuera mucho más placentero.

Adriel trabajaba con paciencia, usando la yema de los dedos para delinear la estructura ósea de sus hombros antes de hundir los pulgares en los puntos exactos de tensión. Sus movimientos eran calculados, no demasiado bruscos, pero lo suficientemente intensos como para arrancarle un leve jadeo de alivio. Sintió la respiración agitada del adolescente. Sonrió maliciosamente al saber lo que estaba provocando en él.

—Lo hacés muy bien —murmuró Virginia, sintiendo cómo el placer se filtraba entre cada una de sus vértebras—. No sé en qué momento aprendiste a hacerlo.

—Vi algunos tutoriales en YouTube —respondió él, con una sonrisa apenas perceptible—. Pensé que me iba a servir para momentos de intimidad.

Virginia dejó escapar una risa nerviosa. “Momentos de intimidad”. Así que el mocoso había aprendido eso para usar con las chicas con las que cogía. Y ahora lo estaba haciendo con ella.

Adriel continuó el masaje, desplazando las manos con precisión quirúrgica. Descendió lentamente, trazando un recorrido hipnótico por su espalda. Sus palmas se deslizaban con maestría, aplicando la cantidad exacta de presión, rozando la piel con movimientos que mezclaban lo terapéutico con lo abiertamente sensual.

Virginia sintió un estremecimiento cuando sus dedos pasaron por la línea de su columna, siguiendo la curvatura natural de su cuerpo hasta llegar a la base de su espalda. Estaba tan vulnerable, tan expuesta, que sentir la mano de su hijo, por más que no fuera en zonas erógenas, le producía un placer sexual que iba mucho más allá de la relajación muscular.

Pero eso no era lo más intenso que iba a experimentar. Las manos siguieron bajando.

Se detuvieron en la cintura un instante, como si dudaran, como si esperaran una señal para seguir avanzando. Virginia no dijo nada. No se movió. Su silencio, y el estremecimiento de su cuerpo, fueron la única aprobación que Adriel necesitó.

Las manos se deslizaron más abajo, cubriendo con caricias suaves la curva de sus caderas, rozando las nalgas con los pulgares. Luego, sin apurarse, sin perder ese ritmo provocador, descendieron hasta sus muslos.

La piel de sus piernas reaccionó de inmediato, encendiéndose bajo la fricción de esos dedos que exploraban cada centímetro con un toque tan calculado que parecía diseñado para hacerla perder la cordura.

Virginia sintió cómo su excitación alcanzaba un punto de no retorno. Notó que sus tetas estaban hinchadas, que su sexo y se estaba lubricando, que en los brazos se le había puesto la piel de gallina, que su respiración se hacía más agitada, y que largaba gemidos incontrolables cada tanto.

Los pulgares de Adriel presionaron la parte interna de sus muslos, demasiado cerca de su entrepierna, demasiado cerca de la delgada tira de encaje negro que apenas cubría su intimidad.

Intentó mantenerse en control, pero no pudo evitarlo. Un gemido suave, pero mucho más potente que los anteriores, escapó de su garganta cuando los dedos de Adriel se deslizaron peligrosamente cerca de su tanga, rozando la piel con una ligereza exasperante.

Él escuchó ese sonido y se congeló un segundo.

—Seguro que tenemos bastante tiempo, hasta que llegue papá y Lulú, ´¿no? —preguntó.

Ella sabía lo que implicaba responderle. No dijo nada, no se animó a hacerlo. Pero tampoco hizo falta, porque, unos segundos después, sintió cómo su hijo metía un dedo en la zanja de su culo. Luego, sintió cómo ese mismo dedo tironeaba de la telita que había estado hundida entre sus nalgas.

Giró para mirarlo. Adriel vio los ojos azules de su madre, muy abiertos.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó.

Esta vez fue él el que no respondió. Tiró de la precaria tela, hasta que la tanga se rompió.

Por Gabriel B

Deja una respuesta