Incesto y perversión (Capítulos 16-17) FINAL

Incesto y perversión (Capítulos 16-17) FINAL

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Capítulo 16

Desde aquel fin de semana en la quinta, las cartas habían quedado sobre la mesa. Ya no había juego de disimulos entre ellos, solo un pacto tácito de silencio. El único que seguía ajeno a todo era Mauricio, aunque él también guardaba su propio secreto con Lulú.

Los demás, en cambio, conviviendo bajo el mismo techo, empezaban a moverse con más libertad. Las miradas, los roces, los encuentros furtivos… todo se sentía más fácil. Adriel nunca había terminado de entender del todo la actitud de Lulú, el por qué se había aparecido mientras se cogía a su mamá, pero en el fondo se lo agradecía.

Mauricio pasaba la mayor parte del día fuera, metido en el trabajo, y eso le daba al chico un margen enorme: ya no tenía que esconderse, ni fingir que no pasaba nada con Virginia… ni con la propia Lulú. Y, lo más importante, tampoco tenía que simular frente a una y otra. Podía estar tirado en el sofá del living con su hermana, susurrándose cosas mientras se tocaban, y su madre no los reprendería por ello. También podía mostrarse cariñoso con Virginia, y su hermana no tenía nada qué decir.

Eso sí, había notado que eran algo celosas. Sobre todo cuando su interés parecía estar enfocado por demasiado tiempo en una sola de ellas. Pero, más allá de eso, estaba viviendo la fantasía de cualquier veinteañero.

Por otra parte, entre Lulú y Virginia se había roto una barrera. Seguían teniendo sus roces, esas rivalidades que parecían inevitables entre ellas, pero ahora había algo distinto, una complicidad extraña. Después de haber compartido a Adriel, se miraban de otra forma. Ambas recordaban ese beso, con sus rostros bañados con el semen del chico. Les daba vergüenza, pero, a la vez, reconocían que habían descubierto una faceta que creían que no poseían.

Ahora, prácticamente todo se había vuelto un juego sin disimulo. Adriel, cada vez que se cruzaba con Virginia a solas —fuera en la cocina o en el living—, no perdía la oportunidad de rozarle esas nalgas generosas y firmes que tanto lo volvían loco. Ella lo tomaba ya con total naturalidad, como si fuera su propio marido el que tenía esas actitudes. De hecho, se extrañaría si su hijo no aprovechaba cualquier momento a solas para buscarla, para manosearla o para besarla.

Por las noches, seguía siendo costumbre que su hermana pasara horas en su cuarto. Pero ahora la cosa no quedaba solo en esa agobiante tensión sexual que desesperaba a la chica. A veces simplemente se montaba sobre él, frotaba su entrepierna con la de su hermano, y cuando este se ponía duro, lo montaba. Otras veces Adriel simplemente acariciaba su cabeza, para luego empujarla hacia abajo, haciéndole notar que necesitaba una mamada. Lulú, fiel a su personalidad juguetona, solía negarse, solo para molestarlo. Pero no pasaba mucho tiempo hasta que estaba con la gruesa verga dentro de la boca.

Además, la pendeja tenía su propio ritual: aparecerse en la sala de estar de madrugada, sigilosa, como un vicio que no podía dejar, para calentarle la pija a su papi.

Mauricio estaba en el living, medio recostado en el sillón, con el control remoto en la mano y la mirada perdida en una película vieja que pasaban en la tele. La luz azulada de la pantalla le pintaba la cara y el resto de la habitación estaba sumido en una penumbra tranquila. El sonido de la tele se mezclaba con el leve zumbido de la heladera al fondo.

Debía ser un momento de paz, pero él sabía que ese horario no era cualquiera. Sabía que, mientras su mujer estaba dormida, él podía ser libre con su hija.

A diferencia de los otros miembros de la familia Nilsen, desde que volvieron de la quinta, Mauricio no pudo volver a disfrutar de la niña de sus ojos. Así que estaba entre temeroso y desesperado, aguardando encontrarse con esa criatura que lo empujaba a actuar de formas que jamás había imaginado.

Entonces escuchó pasos suaves bajando la escalera. Eran lentos, sigilosos, que hicieron que a él le empezara a latir el corazón con fuerza. “No estoy para estas cosas”, se decía. “Un día me voy a morir de un infarto”.

Esta vez bajó con el pelo suelto y algo revuelto, la remerita corta que apenas le cubría el ombligo y una tanga mínima que le marcaba la vagina de una forma tan pornográfica que hizo que Mauricio tragara saliva.

—Voy a buscar un poco de leche —anunció, con esa voz suave que siempre usaba cuando venía con intenciones ocultas.

Mauricio asintió. Sabía que había repetido esa frase que ya dijo tantas veces solo como una provocación más. Ella estaba consciente de que esas palabras iban a activar algo en él. Como si fuese un muñeco al que le acababan de activar un interruptor. No le gustaba ser tan básico, tan fácil de dominar a través del sexo, pero no podía hacer nada para evitarlo.

Ella dio unos pasos… y en vez de ir a la cocina, rodeó el sillón y se dejó caer en su regazo.

—¿Qué estás mirando? —preguntó, inclinándose hacia adelante para ver la pantalla, pero sin apartar su peso de él.

—Una película vieja —respondió él, siguiéndole la corriente.

Ella fingió que solo estaba acomodándose, girando apenas el torso como si buscara encontrar una postura más cómoda. Pero en esa maniobra retrocedió y el trasero quedó encajado de lleno contra la entrepierna de Mauricio. Él sintió al instante esa parte tan carnosa del cuerpo de su niña haciendo contacto con su verga, apenas separados por la tanga de la chica y la ropa de él. La presión firme y el contorno redondeado de esas nalgas le transmitieron una mezcla de suavidad y tensión muscular, como si cada fibra estuviera viva, respondiendo a ese contacto. No era un simple roce: el leve movimiento de ella hacía que la carne se amoldara y, al mismo tiempo, empujara contra él, generando una fricción cálida, que le recorrió la columna como un latigazo.

Era obvio que lo estaba haciendo a propósito. No había motivos para que se subiera sobre él, cuando tenía tantos lugares vacíos en el sofá, y, además, supuestamente había ido a buscar leche. Pero, claro, la pendeja habría estado hablando de su propia leche, pensó Mauricio.

Lo peor era que, una vez que tenía ese perfecto orto encima de él, era casi imposible resistirse.

—Portate bien —le dijo en voz baja—. Ni si quiera estoy seguro de si Virginia está dormida.

Lulú lo miró de reojo, con esa sonrisa de niña mala.

—¿Y qué? —susurró, y empezó a moverse otra vez.

Esta vez más despacio, con un ritmo calculado para volverlo loco. Encajó bien el culo contra su bulto y lo frotó de arriba abajo, lento, como si quisiera tallarse contra él. Él sentía de lleno la forma perfecta de esas nalgas, la carne firme hundiéndose apenas y luego subiendo, rozándole toda la verga por encima de la ropa.

Cada vaivén era un castigo y una promesa. En cada movimiento sentía cómo su miembro crecía más. Ella le restregaba el orto con la intención de ponérsela dura para que él ya no tuviera la voluntad de detenerla.

Mauricio le agarró la cadera con una mano, tratando de empujarla. Pero se sorprendió de lo difícil que era. Ella tenía todo el peso de su cuerpo concentrado en ese punto en donde se encontraban su trasero y la pija de su papi.

Soltó una risa suave, insolente, llena de lascivia.

—Vas a necesitar un castigo —dijo él.

Antes de que pudiera responder, la tomó por la cintura y se incorporó con ella en brazos. Lulú soltó un pequeño suspiro, más divertido que sorprendido, y rodeó su cuello con los brazos. Mauricio caminó en silencio hacia la cocina, atravesando el pasillo oscuro, cargando a upa a su hija. Solo que la chica no era la bebita a la que había cargado miles de veces. Era una adolescente depravada, en tanga, dispuesta a volverlo loco.

Al llegar a la cocina la apoyó de pie junto a la mesada. Las luces estaban apagadas, solo entraba la claridad tenue del living. Mauricio la giró y la inclinó hacia adelante, apoyando las manos de ella sobre la superficie fría. La remerita corta se subió un poco, y la tanga quedó enmarcando la perfección de sus nalgas.

Lulú apoyó los codos sobre la mesada, arqueando la espalda.

—¿Vas a portarte mal otra vez? —preguntó Mauricio, deslizando la mano por una de sus caderas hasta llegar al muslo.

—Depende de cómo me castigues… —dijo ella, con una sonrisa que él no podía ver, pero sí sentir en su voz.

Mauricio le acarició el culo con la palma abierta, lento, presionando apenas, como dibujando la forma. Después levantó la mano y le dio la primera nalgada, seca, que resonó en la cocina. Lulú soltó un quejido, pero no se apartó.

—Una —dijo él.

La segunda fue más fuerte, haciendo que la piel le quedara marcada. Ella apretó la mesada con las manos y soltó un gemido contenido.

—Dos.

Mauricio repitió el gesto, alternando entre palmadas y caricias, disfrutando de cómo su respiración se aceleraba.

—¿Todavía querés provocarme en el living? —le susurró al oído, acercándose.

—Siempre… —respondió ella.

Mauricio pasó la mano por debajo de su cuerpo, acariciándole la parte interna del muslo, primero con roces suaves, apenas tocándola con la yema de los dedos, y luego con más firmeza. Fue subiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta que el borde de la tanga se convirtió en el único obstáculo.

Mauricio no se detuvo ahí; dejó que su mano explorara más allá del límite de la tela. La deslizó entre sus piernas, y enseguida sintió el calor húmedo de su sexo, tibio y resbaladizo contra sus dedos.

—Estás toda mojada… —murmuró cerca de su oído, sin dejar de tocarla.

Apenas la rozó, y ella arqueó la espalda como un reflejo, empujando el culo hacia él, ofreciéndose más. Los dedos de Mauricio se movieron lentamente, presionando, dibujando círculos cortos sobre esa humedad que lo estaba volviendo loco. La respiración de Lulú se volvió irregular, y la de él también; cada inhalación sonaba más pesada que la anterior.

Lulú mordía su propio labio para contener un gemido, pero el temblor de sus piernas la delataba.

Mauricio bajó la otra mano a su cadera, apretándola, y acercó su pelvis hasta sentir cómo su erección se acomodaba contra su trasero. El contraste era perfecto: el frío de la mesada en el pecho de Lulú y el calor abrasador que él le estaba metiendo entre las piernas.

—Ahora te voy a coger, pero que sea la última vez que me obligás a hacerlo.

Ella solo respondió con una risa. Evidentemente, las advertencias de él no la preocupaban en absoluto. Su figura de padre se había diluido poco a poco cada vez que se cogía a su hija.

Mauricio, sin sacarle la mano de la cadera, enganchó con los dedos el elástico fino de la tanga y empezó a bajársela despacio, arrastrando la tela por esas caderas sinuosas y por las perfectas nalgas. El roce leve hizo que la piel se le erizara. La tela pasó por el centro de su culo, marcándole la hendidura, hasta quedar a mitad de los muslos, y siguió hasta las rodillas. Ahora no había nada que cubriera esa vista perfecta: el culo de Lulú, firme, redondo, bien parado, completamente expuesto a la luz tenue de la cocina.

Mauricio se quedó un segundo mirando, con la respiración pesada, apreciando cómo las nalgas se abrían apenas por la posición inclinada en la que estaba, dejando entrever su centro. Ese orificio que parecía diminuto.

Entonces, sin perder tiempo, se desabrochó el pantalón. Lo bajó junto con los calzoncillos en un solo movimiento, dejando su verga libre, dura, pesada, apuntando directamente a ella. El aire frío de la cocina le arrancó un leve estremecimiento, pero enseguida volvió a sentir calor cuando se inclinó y la apoyó contra las nalgas de Lulú.

El primer contacto fue un roce lento, de arriba abajo, marcando la línea entre sus glúteos y bajando hasta la entrada de su concha. La piel suave de su culo contrastaba con la dureza de su miembro, y cada vez que la rozaba sentía cómo ella se tensaba, como si quisiera más. Con una mano, Mauricio le separó un poco las nalgas, dejando todo abierto y a la vista, y con la otra guio su pija hasta poner la punta justo en la entrada húmeda y caliente de la vagina de Lulú.

—Mirá cómo la tengo por tu culpa… —le dijo, con la voz baja, mientras la frotaba despacio contra ella, haciendo que sus labios se abrieran apenas con cada movimiento.

La punta de la pija se abrió paso entre los labios calientes y mojados de Lulú, hundiéndose de a poco en esa carne blanda y apretada que lo envolvía con un calor sofocante. Mauricio la fue metiendo despacio, como probando cada centímetro, sintiendo cómo las paredes húmedas de su concha le abrazaban la verga, apretándosela con fuerza a medida que avanzaba. Ella soltó un gemido ahogado, un suspiro que se quebró a la mitad, y bajó más la cabeza, apoyando la frente sobre la mesada mientras arqueaba la espalda para dejarle entrar mejor.

Cuando la pija quedó enterrada hasta la base, Mauricio se quedó quieto un segundo, disfrutando de la sensación de estar completamente dentro de ella, con el culo redondo de Lulú apretado contra su pelvis. Luego le agarró las caderas con fuerza, los dedos marcándole la piel, y empezó a moverse. Al principio lento, retirándose casi por completo hasta que la punta quedaba apenas dentro, y volviendo a empujar hasta el fondo con un solo movimiento firme. Cada embestida hacía que el sonido húmedo de su sexo llenara la cocina, mezclándose con el golpeteo de sus muslos chocando contra sus nalgas.

A medida que el calor subía, la cadencia cambió. Los movimientos se hicieron más rápidos y más profundos, y cada vez que la penetraba de lleno, el culo de Lulú se sacudía con el impacto. Ella soltaba gemidos cortos, apretando la mesada con las manos, mientras la verga entraba y salía con un ruido pegajoso que lo encendía todavía más. Mauricio no apartaba la vista de esa imagen: la piel lisa y tensa de su trasero, la forma en que su cuerpo absorbía cada golpe, y el brillo húmedo que chorreaba por su sexo, marcándole los muslos.

—No hagas ruido… —le susurró, acercando su boca al oído.

Ella asintió, pero sus gemidos bajos lo delataban todo.

Mauricio le sostuvo la cintura con fuerza, sintiendo cómo su piel caliente se deslizaba bajo sus palmas. Sin sacarle la pija de adentro ni un milímetro, tiró de ella hacia arriba, obligándola a enderezarse lentamente. La verga seguía enterrada hasta el fondo, y ese cambio de postura hizo que la sintiera distinta por dentro, más apretada, como si cada músculo de su concha se cerrara alrededor suyo para no dejarlo salir.

—Poné las manos contra la pared —le ordenó, con la voz baja y tensa.

Lulú obedeció sin decir nada, apoyando las palmas abiertas contra los azulejos fríos. Su respiración chocaba contra la pared y rebotaba en el silencio de la cocina. Mauricio la mantuvo firme de la cadera, pegado a ella, y comenzó a mover la pelvis, marcando un ritmo profundo y constante que hacía que sus nalgas se chocaran contra él con cada golpe.

Con una mano la seguía sujetando fuerte, clavándole los dedos, y con la otra le rodeó el torso por un costado hasta alcanzarle una teta. La remerita corta ya estaba arrugada y subida, así que no tuvo que apartar nada: le agarró la teta entera, sintiendo el peso firme en su mano, el pezón duro rozándole la palma. Lo apretó y lo amasó mientras seguía embistiéndola, notando cómo el cuerpo de ella se estremecía en cada combinación de golpe y caricia.

—Mirá lo que me obligás a hacerte, pendejita.

Mauricio estaba perdido en la sensación. Sentía claramente cómo, con cada empuje, la concha de Lulú se cerraba alrededor de su verga, pero, a la vez, poco a poco se iba dilantando. Era un apretón húmedo y caliente que lo exprimía en cada embestida, y eso lo enloquecía. A veces, en medio del vaivén, podía notar pequeños espasmos internos, como si el cuerpo de ella reaccionara por sí solo al placer.

Ella arqueaba la espalda para ofrecérselo mejor, empujando con las caderas hacia atrás en perfecta sincronía, haciendo que cada vez que él entraba la sintiera más hondo. Mauricio la tenía dominada contra la pared, con una mano amasándole el pecho y la otra controlando el ritmo, penetrándola sin piedad pero con un pulso medido, disfrutando de cada segundo que seguía dentro de esa conchita apretada y empapada.

La giró con firmeza, y Lulú sintió cómo sus manos grandes y calientes la dirigían sin darle opción a resistirse. El contacto de esos dedos apretando su cintura todavía le quemaba la piel cuando la hizo quedar de frente. La mesada fría se apoyó contra la parte baja de su espalda, y ese contraste de temperatura le arrancó un escalofrío que subió directo por la columna.

Mauricio le levantó una pierna con facilidad, y ella se encontró con la rodilla apoyada sobre su cadera. El movimiento abrió su cuerpo de una manera que le expuso cada centímetro, y antes de que pudiera pensar en lo expuesta que estaba, sintió la punta dura de su verga rozándole la entrada de la concha. Ese roce, breve pero contundente, la hizo apretar el abdomen y dejar escapar una respiración agitada, como si no pudiera esperar a que entrara.

Cuando la penetró, fue de un solo empuje firme. Lulú soltó un jadeo ronco, arqueando el cuello hacia atrás y cerrando los ojos. La posición lo hacía llegar más profundo, tanto que sintió una presión interna que le arrancó un pequeño temblor en las piernas. La pierna que él le sostenía se tensó sobre su cadera, como si instintivamente quisiera anclarlo ahí, impedir que se apartara ni un milímetro.

Cada embestida era un golpe húmedo y preciso que le recorría todo el cuerpo por dentro. El calor de él se mezclaba con el suyo, y la fricción la mantenía con los dientes apretados para no gemir demasiado alto. Pero el esfuerzo era inútil: en cada empuje de su papá, su boca se abría sola y un sonido escapaba, un suspiro cargado que solo lograba contener mordiéndose el labio inferior.

—Mírame —la voz grave de Mauricio le llegó como una orden que le atravesó el pecho.

Lulú abrió los ojos y lo encontró ahí, a centímetros de su cara. Sentía su respiración, fuerte, mezclada con la suya. El contacto visual era impactante: él mirándola fijo, sin parpadear, como si la estuviera cogiendo no solo con su verga, sino con la mirada. Ella, lejos de bajar la vista, se la sostuvo.

Mauricio seguía metiendo y sacando la pija, haciéndola gemir sin que pudiera evitarlo con cada penetración. La mano que le sostenía la pierna le apretaba con fuerza, mientras la otra viajaba por su cintura, subía por su costado y le rodeaba un pecho, estrujándoselo, mientras seguía metiéndole la pija como si no existiera nada más en el mundo aparte de su dulce hija, de rostro angelical, ahí, abierta, con la jugosa vagina expuesta, sometida a sus pijazos.

Lulú sentía que cada vez que su papá se la metía hasta el fondo, con esa cara de desquiciado total, era más de él. En ese momento, durante esa copulación incestuosa, era más que nunca la niña de sus ojos. La obediente, la tierna, la que siempre hacía todo para complacerlo.

Por su parte, Mauricio estaba decidido a cogerse a esa mocosa atrevida de todas las formas posibles. Además, tenía las energías de un adolescente. Eso le pasaba siempre que estaba con Lulú.

La tomó por la mano con firmeza y la guio hasta la mesa pequeña que estaba en el centro de la cocina. Lulú, con la respiración agitada y las piernas todavía temblorosas, apenas tuvo tiempo de apoyarse antes de que él la hiciera sentarse en el borde.

Mauricio le empujó las rodillas hacia los lados, obligándola a abrirse del todo. Quedó completamente expuesta, Él se acomodó entre sus piernas. Antes de seguir con la penetración, le acarició el rostro con devoción. No podía creer que esa chica de ojos claros resultara tan degenerada como su papá.

—¿Qué pasa? —le preguntó ella, riendo, cuando notó que él se quedó demasiado tiempo observándola.

—Nada. Me gusta verte así, antes de cogerte. Sos preciosa.

—¿Más que mami? —preguntó ella, con malicia.

—Más que cualquier mujer que haya conocido —dijo él.

—Pero cuando mami tenía mi edad, debía ser igual de linda. Y con las tetas más grandes.

—Pero ella no era mi hija —soltó Mauricio, sin pensarlo mucho.

—¿Ser tu hija me hace más linda?

—Sí —reconoció él—. Que hayas salido de mí… es maravilloso.

—Salí de mamá —retrucó ella, pinchándolo un poco. Y luego llevó la manos a los testículos de su papá, y los acarició suavemente—. Bueno, también salí de acá. Papi…

—¿Qué?

—¿Por qué me gusta tanto que me cojas?

Ella lo hacía solo para perturbarlo, pero Mauricio no tenía idea.

—No lo sé, bebé. Yo tampoco entiendo cómo es que me calentás así.

—Pero… Me seguís queriendo como antes, ¿no?

—Te quiero más que antes —aseguró él, corriéndole un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Yo también te quiero más —dijo ella, y esta vez no estaba jugando—. Ahora seguí cogiéndome, porfa.

Con un solo movimiento, Mauricio volvió a entrar en ella. El empuje fue rápido, profundo, directo, haciéndola soltar un gemido ahogado. Se aferró a los bordes de la mesa, sintiendo cómo el golpe la empujaba hacia atrás. Él puso ambas manos firmes a los costados de su cintura, usándola de ancla para marcar un ritmo cada vez más rápido.

Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran bajo la remerita, que se había vuelto a acomodar, pero que lucía muy desordenada. El tejido fino se movía con cada sacudida. Los pezones endurecidos parecían querer traspasarlo. Mauricio no apartaba la vista, jadeando mientras observaba ese vaivén hipnótico.

—Me volvés loco… —murmuró él, con la voz ronca y entrecortada, sin dejar de embestirla.

Sabía que, después de cogérsela de parado durante tanto tiempo, iba a quedar exhausto. Pero eso llegaría después, Ahora seguía dominado por esa energía jovial que le despertaba su niña.

La velocidad con la que la penetraba hacía que el contacto fuera más ruidoso: un sonido húmedo y constante que se mezclaba con el golpeteo de su piel contra la suya. Y ella largaba gemidos cada vez más escandalosos.

No era que la cocina estuviera tan lejos del cuarto que compartía Mauricio con Virginia como para permitirse ese tipo de cosas. Pero ahora ambos estaban tan calientes, que ni siquiera pensaban en el riesgo que corrían. Aunque, para ser justos, Lulú no tenía tanto de qué preocuparse. Mauricio, por su parte, debería estar pensando en qué pasaría si su esposa llegaba a oír ese golpeteo tan parecido a un aplauso que se escuchaba cada vez que enterraba por completo la verga, como los gemidos de la chica.

Pero es que en el fondo deseaba ser descubierto. Deseaba que su mujer lo echara de la casa, escandalizada, y que luego su hija fuera a visitarlo. Quizás hasta podrían vivir juntos. El pobre no tenía idea de que la putita de Lulú se cogía también a su hermano, y que Virginia ya había hecho un trío con los tres.

Así que siguió cogiéndola. Sus cuerpos brillaban más por el sudor. Las gotas se formaban en la espalda de Mauricio, resbalando hacia abajo, mientras en el cuello de Lulú se acumulaba la humedad, bajando hasta el valle entre sus pechos.

Finalmente, Mauricio la tomó otra vez por las caderas y la puso de pie. La inclinó sobre la mesa, de modo que su pecho quedara apoyado y su trasero bien alto. Desde atrás la penetró con fuerza, aumentando la velocidad, sintiendo cómo el placer subía como una ola imposible de frenar.

El sonido era puro sexo: carne contra carne, mojado, rápido, desesperado.

—Mmm… Dios mío… —soltó él, con la voz entrecortada, apretándole la cintura para meterla todavía más.

Lulú lo miró por un segundo, con esa sonrisa sucia y los labios abiertos, respirando fuerte, y eso fue lo que lo terminó de liquidar.

Un calor espeso empezó a subirle desde abajo, pero Mauricio se salió de golpe, con la verga dura y brillante, agarrándola de la cintura para hacerla girar con una brusquedad que sorprendió a la chica. Luego, apoyó la mano en su cabeza. Ella, al instante, se arrodilló.

—Abrí… —le dijo, con la voz grave, sin darle opción.

Lulú lo hizo, todavía agitada, y él le metió toda la pija en la boca. Apenas sintió esa lengua caliente y húmeda envolviéndola, soltó el primer chorro, fuerte, golpeándole el paladar. Ella lo sostuvo con ambas manos, bombeando suave mientras tragaba cada descarga.

Mauricio gruñía, los músculos tensos, mirándola cómo lo engullía sin soltarlo, con un hilo blanco escapándose por la comisura de sus labios. Lulú no apartó la vista de él, tragándose todo hasta la última gota, y cuando ya no quedaba nada, lo lamió lento, repasando cada rincón, como si no quisiera desperdiciar nada.

Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano, pero quedó con los labios brillosos, relamiéndose mientras sonreía con picardía. Mauricio, todavía sin aliento, le acarició el pelo, sintiendo cómo su verga todavía palpitaba, húmeda y tibia por su saliva.

—Yo no acabé todavía —murmuró ella—. Así que no se te ocurra irte ahora.

Mauricio, como respuesta, simplemente la agarró de la cintura, y la subió a la mesita.

Lulú apoyó las manos detrás de sí, estirando los brazos para arquear la espalda y empujar el pecho hacia adelante.

Mauricio se quedó un rato viendo esa hermosa vagina empapada, rosada, hinchada. Luego se inclinó sin apuro, recorriendo con las manos sus muslos firmes, sintiendo el calor que subía desde ellos. Pasó los dedos por la parte interna, acercándose centímetro a centímetro al centro húmedo. Apenas le rozó el clítoris con la punta de la lengua, lento, y ella soltó un gemido breve, agudo, que le encendió la sangre.

Se aferró a sus caderas con fuerza, sintiendo la suavidad caliente de su piel bajo los pulgares, y empezó a lamerla en serio, con un ritmo que subía y bajaba, presionando justo ahí donde sabía que era muy sensible. La lengua se hundía entre sus pliegues, subía otra vez hasta el clítoris y lo atrapaba con una succión corta, húmeda. El sabor de Lulú, intenso y salado, le llenaba la boca y lo excitaba todavía más.

Ella se mordía el labio, los ojos cerrados, y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro roto. Su respiración se volvía cada vez más rápida, y su concha empezaba a balancearse contra su boca, buscando más contacto.

Ella tenía los ojos cerrados, ya olvidando todo lo que había, más allá de la lengua de su papá, frotándose en esa parte tan íntima.

Él aumentó la presión, alternando succiones largas con círculos lentos alrededor de su clítoris, y sintió cómo las piernas de Lulú temblaban. Cada vez que la lengua se deslizaba hasta abajo y volvía a subir, ella arqueaba más la espalda y apretaba las manos contra el borde de la mesada, como si no pudiera sostenerse.

Lulú apretó sus muslos contra él, incapaz de contenerse.

—Voy a acabar… —jadeó, con la voz rota.

Mauricio no se detuvo. Mantuvo la boca pegada a ella, bebiendo cada reacción, hasta que un gemido ahogado y profundo le anunció que había llegado. El cuerpo de Lulú se arqueó y tembló sobre la mesada, con las manos aferradas al borde.

Fue entonces cuando escuchó un sonido seco detrás de él: pasos y la puerta de la cocina moviéndose.

—¿Qué mierda…? —alcanzó a decir, separándose de golpe, con la cara mojada por los flujos de Lulú.

Alcanzó a limpiarse con la mano. Pero ya era demasiado tarde. Lulú estaba media desnuda, con la concha expuesta, todavía agitada por el orgasmo. Así que la escena era inconfundible.

En el marco de la puerta estaba Virginia. Los brazos cruzados, la mirada fija en ellos. Mauricio sintió cómo se le helaba la sangre.

—Virginia… —balbuceó, sin encontrar palabras.

Pero ella no tenía el rostro furioso que él esperaba. En cambio, sonreía con un gesto cargado de ironía.

—Si van a coger a escondidas… —dijo con calma—, al menos háganlo mejor.

Mauricio la miró sin entender.

—Hasta el cuarto se escuchaban los gemidos —remató Virginia, mirándolos a los dos como si acabara de pillar a dos adolescentes, y no pareciera ni un poco sorprendida.

El silencio que siguió era denso, pero no hostil. Lulú, todavía con la respiración agitada, se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, y le devolvió la mirada a Virginia, como si aceptara el reto implícito en sus palabras.

Virginia los dejó solos, y el pobre Mauricio se quedó ahí, con la verga ya hinchada de nuevo, sin entender qué carajos pasaba.

Capítulo 17

Final de la serie

Mauricio estaba pálido, como si el cuerpo le hubiera quedado sin sangre de golpe. Seguía ahí, parado en la cocina, con el pantalón mal abrochado, después de haberse cogido a Lulú contra la mesada. Ella todavía tenía puesta la tanga, corrida a un costado, el culo redondo apenas cubierto. La imagen lo excitaba y lo aterraba al mismo tiempo.

No podía creer lo que acababa de pasar. Virginia, su mujer, había aparecido de repente en la puerta, y los había encontrado. ¡Lo había descubierto cogiéndose a su propia hija!

Él esperaba gritos, insultos, un desmayo, algo. Pero nada de eso pasó. Virginia no se había mostrado enojada, ni sorprendida siquiera. Simplemente se dio media vuelta y se fue, seguramente a su cuarto, como si los hubiera dejado terminar tranquilos.

Mauricio sintió el corazón golpearle fuerte en el pecho, un tambor insoportable. Recordó que, hace apenas unos minutos, había fantaseado con ese escenario: ser descubierto, que todo explotara de una vez. En su cabeza, la idea le sonaba liberadora. Pero ahora que estaba sucediendo de verdad, se sentía atrapado, confundido, con un nudo en la garganta que no lo dejaba ni respirar.

Entonces escuchó una voz.

—Papi…

Era Lulú.

Que lo llamara así, “papi”, justo en ese momento, era algo que le parecía muy violento.

Giró hacia ella. La hermosa adolescente de pelo castaño lo miraba fijo, sus labios carnosos moviéndose despacio, diciéndole algo que él, al principio, ni escuchaba. Estaba tan aturdido, tan fuera de sí, que la voz le llegaba como si viniera de muy lejos.

Hasta que, por fin, la oyó clara.

—No te preocupes —le dijo ella.

Se puso en puntas de pie y le estampó un beso en la boca, lento, húmedo. Lo sostuvo de la cara con ambas manos, como si lo estuviera calmando.

¿Que no me preocupe?, pensó Mauricio, pero no dijo nada. Se quedó mudo, con la lengua trabada. Y aun así, Lulú lo repitió, como si hubiera escuchado su pensamiento.

—No te preocupes. Mamá hace lo mismo.

Mauricio la miró con los ojos bien abiertos.

—¿Lo mismo? —preguntó, sin terminar de entender lo que esas palabras significaban.

Lulú asintió, sonriendo con picardía.

—Sí. No pasa nada —repitió.

Mauricio entendió menos que antes. El mundo le daba vueltas. La idea de que su mujer, Virginia, también anduviera en lo mismo lo golpeó como un baldazo de agua helada. Se quedó inmóvil, intentando descifrar si Lulú estaba diciendo la verdad o solo buscaba tranquilizarlo con una mentira imposible.

Después de un rato, Mauricio supo que no podía seguir escapando. Tenía que enfrentar la situación cuanto antes.

—Voy a hablar con Virginia —le dijo a Lulú, con la voz firme, aunque por dentro se sintiera destrozado.

Ella no contestó nada. Solo lo miró con esa sonrisa torcida que lo enloquecía, como si todo lo que había pasado le resultara divertido. A Mauricio le pareció perverso, casi diabólico. Sentía que estaba metido en una pesadilla de la que no podía despertar.

Buscó a su mujer en el cuarto que compartían, pero no estaba ahí. Salió al living, revisó con la mirada cada rincón, y tampoco. Se preguntó si Virginia se había ido de la casa. Pero el juego de llaves seguía colgado en el llavero, intacto, brillando bajo la luz del pasillo. El estómago se le apretó.

—¿Qué carajo está pasando? —murmuró.

De repente, apareció Lulú. Lo agarró de la mano con firmeza. Por momentos le parecía un demonio, por momentos, un ángel. Sus ojos celestes brillaban con una mezcla imposible de malicia y ternura.

—Vení —le dijo.

Mauricio dudó, pero terminó siguiéndola. Subieron juntos las escaleras hasta el primer piso, donde estaban los dormitorios de ella y de Adriel. A medida que se acercaban, un sonido empezó a hacerse presente: gemidos, rítmicos, inconfundibles. Mauricio se detuvo en seco, helado.

—¿Qué carajos…? —pensó—. ¿Adriel trajo a una mina a la casa?

No tendría nada de raro, el pibe podía hacerlo, pero no era su costumbre. Era muy reservado. Y sin embargo, los gemidos estaban ahí, claros, golpeándole los oídos como bofetadas.

Lulú tiró de su mano, con fuerza. Mauricio se dio cuenta de que se había quedado clavado en el pasillo, como paralizado, pero ella lo obligó a avanzar.

—No te sorprendas por lo que vas a ver —le advirtió.

Llegaron a la puerta de la habitación de Adriel. Lulú la empujó y la abrió.

La escena que apareció frente a sus ojos lo atravesó como una descarga eléctrica. A pesar de todo lo que había vivido con Lulú, jamás hubiera sido capaz de imaginar algo así.

Ahí estaba Virginia. Su mujer. Treinta y ocho años, rubia, el pelo recogido en una cola alta, los ojos claros —idénticos a los de Lulú— brillando de placer. Estaba en cuatro, con el rostro hacia la puerta, los enormes senos colgando bajo su cuerpo, el camisón levantado hasta la cintura y el culo en pompa, ofreciéndose sin pudor.

Detrás de ella, embistiéndola con fuerza, estaba Adriel. El hijo que ambos habían concebido hacia veinte años.

El pibe, prolijo como siempre, pelo corto bien peinado, torso desnudo, el cuerpo joven bien trabajado, empujando con una brutalidad rítmica que hacía que el cuarto se llenara de gemidos y golpes de piel contra piel.

Mauricio sintió que se le caía el mundo.

—Pendeja de mierda —escupió Adriel, sin dejar de moverse, mirando a Lulú.

—¿Qué? —contestó ella, desafiante—. Ya no tiene sentido seguir con esta boludez. El también tiene que saber.

Virginia apoyaba las manos contra el colchón, los nudillos blancos de tanto apretar, mientras el cuerpo de Adriel se estrellaba una y otra vez contra el suyo, no podía estar más cerca de ella. Cada embestida la hacía gemir sin control, un sonido crudo que le salía del pecho, sin máscara ni pudor. Sentía el camisón pegado a la piel por el sudor, los senos bamboleándose libres. A pesar de que el chico se había molestado con su hermana por la irrupción, seguía duro, dentro de ella.

Y ahí estaba Mauricio. Tenía la boca entreabierta, el rostro lívido, sin poder creer lo que veía. Y esa imagen la desbordaba de placer. Saber que él se cogía a Lulú había comenzado a liberarla de la vergüenza. Y ahora, que él se encontraba con la incestuosa verdad, esa liberación terminaba de completarse.

Clavó los ojos en los de su marido. Quiso que él viera en su rostro no solo placer, sino la verdad más desnuda. Un gemido entrecortado escapó de su garganta cuando Adriel la tomó de las caderas y la penetró con más violencia, hundiéndole la pija hasta hacerla temblar entera. Virginia sintió que la espalda se arqueaba sola, que el cuerpo buscaba más, que quería que Mauricio lo entendiera de una vez: esa era ella, eso eran ellos.

Le gustaba verlo quebrarse, verlo reducido a silencio, a esa mudez torpe de quien no encuentra palabras. Con cada mirada incrédula que él le regalaba, ella sentía un fogonazo de libertad que la atravesaba de pies a cabeza.

Mauricio no podía ni respirar. No alcanzaba a asimilar lo que estaba viendo. Su mujer, su Virginia, siendo cogida por Adriel, ahí mismo, a metros de él.

Entonces ella levantó la cara, los ojos clavados en los suyos, y le dijo con un gemido entrecortado:

—¿Ves? Así se siente.

Adriel sentía la piel ardiéndole. Cada músculo del cuerpo trabajaba con una precisión salvaje, un vaivén constante que lo tenía jadeando mientras le enterraba la verga a su mamá. Cada embestida era un choque brutal de piel contra piel, un latigazo que lo atravesaba hasta los huesos.

Tenía la vista fija en la escena frente a él. Su mamá estaba en cuatro patas, entregada sin condiciones, con el camisón arrugado en la cintura y ese culo firme y redondo moviéndose al ritmo de sus embestidas. Adriel se sentía dueño de todo en ese instante: dueño de su cuerpo, de su respiración entrecortada, de los gemidos cada vez más altos que llenaban el cuarto.

No sintió pena por su papá, porque sabía que se cogía a su hermana. Además, una vez que se recuperara del impacto de ver cómo su hijo se cogía a su mujer, iba a pasarle lo mismo que a todos los de la familia. Lo iba a aceptar, y luego lo iba a disfrutar.

La sensación era indescriptible. Veía las uñas de ella aferradas a las sábanas, la espalda arqueada como un arco a punto de romperse, y el vaivén incesante de su enorme orto con cada estocada. Cada vez que entraba, la oía gemir con deleite, como si quisiera que Mauricio no solo viera todo con lujo de detalles, sino que también escuchara hasta el último sonido

Se inclinó un poco hacia adelante y le agarró de la cintura con fuerza, apretándole los huesos de la cadera. El cuerpo de ella tembló al contacto, pero no se resistió: se acomodó al ritmo, buscándolo, pidiéndole más sin palabras.

Veía a su padre, totalmente superado por la situación, con un gesto entre horrorizado y fascinado. Pero el chico sabía que iba a prevalecer la fascinación, porque así eran todos en esa familia de depravados.

Por un instante bajó la vista y vio cómo su verga desaparecía en esa concha húmeda, cómo el sexo de ella se dilataba con cada embestida, cómo el movimiento la hacía temblar de pies a cabeza.

Siguió bombeando sin freno, esperando una reacción de su padre. Hasta que por fin se movió.

Inesperadamente, Mauricio empezó a excitarse. El desconcierto lo golpeaba como un mazazo, pero el cuerpo, rebelde, se le ponía en contra. No entendía nada, era como si estuviera en el borde de un abismo, a punto de caerse, y al mismo tiempo algo en él lo empujaba a dar ese salto. El corazón le latía en las sienes con violencia, como si quisiera reventarle la cabeza. Lo quemaba la vergüenza, lo consumía la rabia, pero debajo de todo eso había otra cosa, más oscura y más fuerte: una corriente de deseo salvaje que no podía detener.

El espectáculo frente a sus ojos lo hipnotizaba. Ver a Adriel, ese pibe prolijo, educado, bien plantado, dándole a Virginia con esa brutalidad animal, lo revolvía por dentro. No podía dejar de mirarlos. Cada embestida era un golpe directo a su orgullo, un recordatorio cruel de lo que estaba pasando, pero también un fogonazo de lujuria que lo incendiaba entero. Virginia, su mujer, estaba perdida en el placer, gimiendo con un descaro que él no recordaba haberle escuchado nunca. Eso lo partía en dos: por un lado, la humillación más absoluta; por otro, la excitación más feroz que había sentido en su vida.

La respiración se le volvió entrecortada, irregular. Notó que el pantalón le quedaba chico, que su verga se había puesto dura de la nada, como si tuviera vida propia. Quiso resistirse, quiso decirse a sí mismo que aquello era demasiado, que había un límite. Pero la mano ya se le iba sola al cierre del pantalón. Lo bajó despacio, como si temiera que alguien lo escuchara.

Avanzó, arrastrado por un impulso irrefrenable, hasta quedar a un paso de Virginia. Por un instante pensó que ella lo iba a rechazar, que iba a apartar la cara, castigándolo después de esa exhibición cruel. La imaginó mirándolo con desprecio, empujándolo lejos, mientras seguía gimiendo por las embestidas de Adriel.

Pero no fue así.

Virginia levantó la mirada hacia él. Sus ojos claros lo taladraron, húmedos, enrojecidos, encendidos de deseo. Su expresión de éxtasis le voló la cabeza. ¿Cómo podía estar así mientras se entregaba a su propio hijo frente a su marido? Pero lo importante era que no había rastro de reproche en su rostro. Solo esa lascivia retorcida que él mismo había experimentado por Lulú desde hacía meses.

Ella separó los labios lentamente.

Mauricio empujó la pelvis, arrimando su pija dura a la boca de su mujer, sin terminar de creerse que estaba haciendo eso. Y ella se la empezó a chupar.

Lulú estaba apoyada contra el marco de la puerta, con los dedos entrelazados, como si contemplara un espectáculo preparado exclusivamente para ella. Sus ojos celestes brillaban bajo la luz tenue del cuarto, y la sonrisa torcida no se le borraba de los labios. Lo que pasaba delante de sus ojos era más de lo que había planeado, más de lo que había soñado incluso. Y sin embargo, le parecía natural, inevitable, como si todo hubiera conducido hasta allí.

El caos tenía su firma. Fue su decisión la que lo desencadenó, su atrevimiento, su perversa determinación. Había bastado con exponer a Mauricio, con guiarlo hasta ese cuarto, para que todo se revelara de golpe. Ahora veía a Virginia entregada como nunca, a Adriel transformado en un animal, y a Mauricio desarmado, confuso, pero entregado por fin a esa relación entrecruzada entre todos ellos.

Se llevó una mano a la boca, conteniendo una risa que amenazaba con escapársele. Nadie la miraba. Nadie parecía registrar su presencia. Y, paradójicamente, eso lo hacía todavía mejor: era como si se hubiera vuelto invisible, un espíritu que contemplaba la obra maestra que ella misma había armado.

Los gemidos de Virginia llenaban la habitación, húmedos, crudos. Era la puta que ella conocía tan bien. La que se había entregado a sus alumnos, la que había dejado que unos degenerados manosearan a su hija en un vagón de tren. Verla así, convertida en un torbellino de carne y sudor, la excitaba de una manera imposible de disimular. Lulú juntó las piernas, apretando los muslos, y sintió el calor concentrarse entre ellos. No necesitaba tocarse demasiado: con solo mirar, ya se incendiaba.

Veía cómo su mamá le chupaba la pija a su papá. Algo que debería ser normal, salvo que lo estaba haciendo mientras su hijo se la metía por atrás, y su hija miraba todo con atención.

Y Adriel. El prolijo, el reservado. Ahora convertido en un dios salvaje, con los músculos tensos y los ojos prendidos fuego. Lulú lo miraba moverse y se mordía los labios, sintiendo cómo cada embestida hacía temblar la cama y sacudía el cuerpo de Virginia como si fuera una muñeca de trapo. El contraste entre la brutalidad de él y la entrega absoluta de ella le parecía casi artístico.

Se movió apenas hacia adelante, como si quisiera grabar cada detalle en la memoria: los ojos húmedos de Virginia buscando a Mauricio, los músculos de Adriel tensándose, el temblor en el cuerpo de su papá, que estaba al borde de la locura, apenas contenido por el placer. Cada uno estaba atrapado en su propio vértigo, y ella, afuera, disfrutaba de todo al mismo tiempo.

No era celos lo que sentía. No era envidia. Era goce puro, goce por la caída de las máscaras, por la libertad que de pronto todos compartían aunque ninguno se atreviera a admitirlo. Y ella estaba ahí, presente y ausente a la vez, invisible para los otros, pero con la certeza íntima de que todo era posible a partir de ese instante.

Mauricio empezó a relajarse, aunque seguía en una nube, sin terminar de asimilar lo que estaba pasando. El cuerpo entero le temblaba, como si el placer le recorriera los músculos anticipadamente. Ella lo envolvió con los labios y comenzó a succionar con un ritmo lento pero seguro, haciéndolo estremecer. Su lengua se movía húmeda y juguetona, presionando y recorriéndole la verga con tanta habilidad que no parecía que Adriel le estuviera taladrando la concha con su enorme pija.

Para colmo, el chico intensificó sus embestidas. Cada golpe era más fuerte que el anterior, obligándola a balancearse y a sostenerse con las manos. El vaivén que le imponía Adriel se mezclaba con la presión de su boca en la pija de Mauricio, creando un contraste feroz entre lo que recibía y lo que daba.

Mauricio sintió cómo cada movimiento de lengua se multiplicaba con la vibración del cuerpo de ella, que era sacudido por Adriel sin compasión. El calor lo invadió entero, las piernas le flaquearon, y tuvo que poner bien firmes los pies para no ceder al impulso de dejarse caer. La sensación era tan intensa que apenas podía pensar; todo se reducía a esa boca húmeda, esa lengua inquieta y el sonido áspero de Adriel embistiéndola con fuerza detrás.

El placer lo atravesaba como un rayo. Sentía su corazón acelerado, la piel erizada y un placer insoportable no solo en su pija, sino en toda la entrepierna. Cada vez que ella succionaba más fuerte, él creía que iba a acabar ahí mismo. Pero se esforzaba por contenerse, para prolongar el placer.

Durante ese rato, casi se había olvidado de Lulú. Estaba tan ido, alucinando con ese trío prohibido que estaba haciendo, que había dejado de lado a la pequeña.

Pero entonces giró, y la miró. La chica estaba viendo todo con los ojos encendidos. Estaba tan excitada como los otros tres, aunque en un papel pasivo. Se encontraba parada en una posición extraña, con los muslos muy juntos, como quien aguanta las ganas de mear. Pero él comprendió que estaba frotándose, produciéndose placer ella misma mientras no se perdía detalle de nada.

Pero entonces, se acercó.

Mauricio no se dio cuenta, pero él mismo fue el que la invitó, con un movimiento de cabeza.

Lulú sintió que el cuerpo le pedía moverse. La contemplación ya no le alcanzaba: el calor entre las piernas era insoportable, un fuego que la quemaba desde adentro. Había estado maravillada mirando cómo todo se derrumbaba frente a sus ojos, disfrutando de esa libertad recién desatada, pero ahora quería más. Quería estar adentro de la tormenta.

Vio a Mauricio con el pantalón a medio bajar, la piel erizada, los ojos desorbitados por la mezcla de vergüenza y deseo. Y supo que era el momento.

Se acercó despacio, con pasos cortos y seguros, sintiendo que cada centímetro ganado la cargaba de un poder inmenso. La cama crujía bajo los movimientos violentos de Adriel, los gemidos de Virginia eran cada vez más altos, y en medio de ese caos ella trepó con la ligereza de una gata. Se acomodó al lado de Virginia, copiando su postura, poniendo el culo en pompa como si también se lo estuviera ofreciendo a Adriel. Pero no lo miró a él: miró a su papá, de frente, muy cerca.

El miembro de Mauricio brillaba húmedo, marcado ya por los labios de Virginia. Lulú abrió la boca apenas, dejando que el aliento cálido se mezclara con el de su madrastra. Sus labios y los de Virginia se encontraron casi por accidente, rozándose mientras compartían la misma carne endurecida. La sensación fue eléctrica: dos bocas distintas, dos lenguas buscando el mismo blanco, jugando, alternando, compitiendo.

Desde su perspectiva, todo se veía distinto. Podía sentir el calor del cuerpo de Virginia pegado al suyo, el roce de su cabello húmedo, los gemidos que le nacían ahogados mientras Adriel la empalaba sin descanso. Y al mismo tiempo, podía sentir el temblor de Mauricio, ese temblor que subía desde las piernas hasta la respiración agitada cada vez que estimulaban su pija. Lulú lo tenía ahí, vulnerable, entregado, y eso la llenaba de un orgullo feroz.

Movió la lengua con ritmo juguetón, lento, recorriendo la punta mientras Virginia se tragaba una buena porción. De reojo veía cómo la mujer cerraba los ojos, perdida en dos placeres distintos: el que recibía del joven detrás de ella y el que daba con la boca delante. Lulú aprovechaba cada sacudida, cada jadeo, para lamer lo que escapaba, para atrapar con la lengua el exceso de saliva, para morder apenas el borde sensible que hacía estremecerse a Mauricio.

Por dentro, se sentía como una artista pintando un cuadro imposible. Dos mujeres unidas por la boca alrededor de un mismo hombre, unidas en esa perversión que hasta hacía poco parecía impensable. Cada lamida era un trazo, cada roce de lenguas una firma secreta en esa escena prohibida.

Se permitió un instante mirar hacia arriba. Vio el rostro de Mauricio, desencajado, con la boca entreabierta y los ojos brillantes de locura.

El sonido era brutal desde donde ella estaba: la succión húmeda de las dos bocas, el golpe seco del cuerpo de Adriel contra el de Virginia, los jadeos que se mezclaban en un eco imposible de separar. Era como estar en el centro de una tormenta, rodeada de truenos y relámpagos, y en lugar de huir, entregarse a la electricidad que recorría el aire.

Lulú jugó un poco más. Soltó la punta un segundo, pasó la lengua por sus labios, dejando un hilo de saliva colgando, y murmuró con voz suave, llena de la dulzura típica de la niña de sus ojos:

—A ver cuánto aguantás, papi…

Luego volvió a inclinarse, compartiendo de nuevo el mismo espacio con Virginia, las lenguas rozándose, los labios chocando mientras le devoraban la verga entre las dos. Y desde su perspectiva, el poder era absoluto: podía sentir cómo él temblaba por dentro, cómo cada movimiento lo llevaba más cerca del clímax.

Y ella, feliz, quería verlo caer.

Mientras tanto, Adriel, en silencio, veía la insólita escena mientras penetraba con intensidad a Virginia, sintiendo cómo ese culo gordo chocaba una y otra vez contra sus bolas cuando la verga se enterraba por completo.

Tenía una vista privilegiada. Veía cómo las dos cabezas se unían, cómo de vez en cuando las lenguas se frotaban, mientras estimulaban la pija de Mauricio. Veía también el hilo de baba que unía las bocas de las mujeres con el falo erecto, mientras se movían a lo largo de esa cosa que parecía barnizada por ellas.

Por su parte, Mauricio apenas lograba respirar. Cada movimiento de las dos lo hacía estremecerse de pies a cabeza. Era una descarga eléctrica continua, un fuego que le recorría las piernas y le explotaba en la nuca.

Virginia, con el camisón pegado al cuerpo, seguía gimiendo ahogada, porque Adriel no aflojaba ni un segundo. Cada embestida la hacía tragar más profundo la pija de Mauricio, obligándola a acompasar la boca con el vaivén de sus caderas. Y Lulú, lejos de apartarse, aprovechaba cada sacudida para lamer, para recorrer, para atrapar con la lengua lo que se escapaba entre los labios de su mamá.

El sonido era brutal: succión húmeda, respiraciones entrecortadas, golpes sordos de carne contra carne en la cama. Mauricio cerró los ojos un instante y pensó que no podía soportarlo más. Necesitaba descargar, pero, a la vez, quería sentir esas dos lenguas por mucho más tiempo.

Sintió entonces la mano de Lulú subirle por el muslo, firme, apretándole los músculos tensos, hasta llegarle al vientre. Ella lo miraba desde abajo, con esa sonrisa torcida, como disfrutando de su agonía. Con la lengua aún húmeda en su pija, lo pellizcó con suavidad en la base, obligándolo a contener un grito.

Virginia redobló el ritmo, tragando más, chupando con una avidez que Mauricio no recordaba en ella. La mujer que lo había visto hacia unos minutos siéndole infiel de la peor manera, parecía haber desaparecido. O sería que esta era la verdadera Virginia, la que se dejaba encular por su hijo en sus narices, la que hacía un pete a dos lenguas con su propia hija.

Las bocas se alternaban, se rozaban, se superponían. A veces las dos al mismo tiempo, una en la punta y la otra en la base; a veces compartiéndolo entero, moviéndose coordinadas en un vaivén perverso.

Mauricio sentía que se partía en dos: el orgullo destruido, reducido a nada frente a la escena; y al mismo tiempo el deseo más feroz de su vida, un placer salvaje que lo volvía prisionero de ellas.

El cuarto parecía girar. El corazón le explotaba en las sienes, el sudor le corría por la espalda. Todo lo que era él se reducía a esa sensación: dos bocas hambrientas, dos lenguas recorriéndole la verga, succionando, lamiendo, mordiéndolo apenas, jugando con él como si no fuera más que un trozo de carne al servicio de su placer.

No había escapatoria. No había salvación. Solo ese vértigo insoportable que lo arrastraba hacia un final inevitable.

Pero aun así, no acabó. Se resistía, queriendo prolongar cada segundo de esa tortura exquisita. Su respiración era un jadeo áspero, la garganta seca, los ojos clavados en la visión absurda frente a él: Virginia perdida en un éxtasis animal, Adriel sudando encima de ella con un ritmo inhumano, y Lulú devorándolo con la lengua como si estuviera probando un manjar prohibido.

Los movimientos de ambas se volvieron más sincronizados. Virginia lo atrapaba profundo, hasta hacerlo doler, mientras Lulú se encargaba de la punta, recorriéndola en círculos lentos, dibujando espirales con la lengua que le hacían arquear la espalda. Luego cambiaban, se cruzaban, se empujaban entre ellas, como si compitieran por ver quién lo hacía gemir más fuerte.

Mauricio apenas podía pensar. Su cabeza era un torbellino de imágenes: la humillación, el deseo, el miedo, la locura. Cada vez que abría los ojos, veía a las dos mirándolo desde abajo, con los labios rojos, brillantes de saliva, como si lo retaran a aguantar un poco más.

El tiempo parecía haberse detenido. Los segundos se estiraban, interminables, en una sucesión de embestidas, succiones y jadeos. Su piel ardía, el cuerpo entero en tensión. Cada vez que creía que iba a explotar, una de ellas aflojaba el ritmo, obligándolo a resistir, a seguir soportando esa tortura deliciosa que lo arrastraba más hondo.

Lulú se apartó un instante, relamiéndose, con los ojos fijos en él. Pasó la lengua por sus labios lentamente, dejando un hilo de saliva colgando, y susurró:

—¿Todavía aguantás?

Mauricio quiso responder, pero solo salió un gruñido ahogado. Entonces ella rio, volvió a inclinarse, y atrapó el glande con un beso húmedo, justo cuando Virginia chupaba con fuerza desde la base.

Él se arqueó, soltando un gemido ronco. Estaba perdido. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyar una mano en la pared, otra en el marco de la puerta. El vértigo era insoportable: dos bocas, dos lenguas, dos miradas clavadas en él como cuchillas, hundiéndolo cada vez más en el abismo.

Y sin embargo, no quería que terminara. Quería que lo destrozaran lento, que lo hicieran polvo con cada lamida, con cada succión, con cada sonrisa perversa.

Sabía que el final era inevitable. Pero mientras tanto, se dejaba consumir.

Adriel, por su parte, sentía que el cuerpo ya no le respondía como antes, que cada embestida le arrancaba un resto de energía y, al mismo tiempo, lo empujaba más alto en un vértigo insoportable. Los músculos de sus piernas ardían, tensos como cuerdas a punto de romperse, el sudor le corría por la frente y la espalda, pegándole el pelo a la piel. Aun así, no frenaba.

Tenía las manos clavadas en las caderas de su madre, aferrándola como si temiera que se escapara, hundiéndose en esa carne tibia que parecía pedirle más en cada movimiento. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, acompasado por los jadeos roncos de ella, que se mezclaban con el murmullo áspero de Mauricio y los gemidos contenidos de Lulú. Era demasiado, un coro de placer que lo envolvía entero y lo hacía perder la noción del tiempo.

Desde su ángulo veía todo. Veía la espalda arqueada de Virginia, sus senos bamboleándose con cada embate, el rostro encendido de sudor y lujuria. Veía también a Mauricio de pie, recibiendo con la boca abierta las succiones compartidas de su mujer y de Lulú, temblando como si estuviera a punto de quebrarse en mil pedazos.

El placer se le había vuelto dolor. Cada movimiento era un choque eléctrico que le recorría la espina dorsal, haciéndole apretar los dientes, obligándolo a soltar gruñidos que ya no podía disimular. El ritmo era feroz, casi inhumano, y sabía que estaba a un paso del límite. Su respiración se convirtió en un jadeo desesperado, los pulmones incendiados como si no alcanzara el aire.

Virginia gimió su nombre, y esa fue la chispa final. “Adriel…” salió de su boca con un gemido que parecía un ruego. El sonido lo desarmó. Sintió cómo todo dentro de él se tensaba hasta el extremo, como si el cuerpo entero se recogiera para estallar. Sus caderas se movieron más fuerte, más rápido, un último golpe de brutalidad que le arrancó un rugido profundo, animal.

El mundo desapareció por un instante. No había cama, no había cuarto, no había nadie más: solo esa descarga brutal que lo recorrió entero, que le arrancó el control del cuerpo y lo hizo convulsionar de pies a cabeza. La visión se le nubló, los oídos se le llenaron de un zumbido ensordecedor, y por unos segundos sintió que flotaba en un vacío ardiente.

Cuando volvió a abrir los ojos, temblaba.

Mauricio estaba al borde del colapso. El cuerpo le temblaba entero, como si cada músculo estuviera a punto de ceder. La cabeza le latía con una violencia insoportable, el corazón golpeándole contra las sienes, los labios secos de tanto respirar entrecortado. Había intentado resistirse, decirse a sí mismo que no podía, que era una locura dejarse arrastrar de esa manera, pero ya no tenía control.

El espectáculo frente a sus ojos lo había superado desde el primer segundo. Virginia, su mujer, perdida en un éxtasis obsceno, recibiendo sin pudor cada embestida de Adriel, su propio hijo. Ese chico prolijo, reservado, convertido en una bestia que la hacía temblar de placer. Y al costado, Lulú, esa criatura endemoniada que parecía haber planeado todo desde el principio, ahora con la boca hambrienta trabajando con la de Virginia, devorándolo con una avidez imposible.

Mauricio estaba en medio de todo, reducido a un temblor constante. Cada vez que las dos bocas se alternaban, cada vez que las lenguas húmedas lo recorrían en espiral, sentía que se partía en dos.

El cuerpo no le respondía, la respiración se le cortaba, y aun así no podía detenerse. Sentía que el límite estaba ahí mismo, que una ola inmensa lo cubría y lo arrastraba sin remedio.

Lulú levantó la mirada un instante, con esa sonrisa torcida que siempre lo enloquecía, y le susurró:

—Acabá, papi. Dale… Acabá.

Esa frase fue la estocada final. Mauricio sintió que algo se quebraba en su interior, un resorte que se soltaba de golpe. La presión acumulada estalló en una descarga brutal que lo recorrió entero, desde la base de la columna hasta la nuca. El cuerpo se arqueó, los músculos se tensaron al máximo, y soltó un gemido ronco, ahogado, que lo dejó temblando.

Por unos segundos perdió la noción de todo. Los sonidos se apagaron, la vista se le nubló en destellos blancos, y el cuerpo le quedó vacío.

Vio a las dos mujeres, con las lenguas afuera, moviéndolas, tratando de que la mayor cantidad de semen posible cayeran sobre ellas. Luego se lo tragaron, pero, aún así, ambas habían quedado salpicadas por un montón de puntitos blancos.

Se quedó un rato mirándolas, tratando de decidir si de verdad estaba pasando eso. Su esposa, al lado de su hija, ambas bañadas por sus flujos. Y, detrás de ella, su hijo, aún recuperándose de la tremenda montada que le había dado a su propia madre.

Cuando volvió en sí, las piernas apenas lo sostenían. El sudor le corría frío por la espalda, la respiración era un jadeo roto, como si hubiera corrido kilómetros. Sintió vergüenza, una vergüenza feroz, pero mezclada con una calma retorcida, con la certeza de que ya no había vuelta atrás.

Los cuatro se quedaron un rato en la habitación de Adriel, en silencio, cada uno con sus propios pensamientos, pero consientes de que, a partir de ahora, iban a ser una familia diferente.

Fin

Por Gabriel B

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