La delgada línea

La delgada línea

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Desde pequeña no soportaba la ropa. Mis padres me hablaban de que desde temprana edad luchaba al momento de vestirme. No sé por qué, pero es como si me pusieran grilletes muy pesados.

Entonces, optaron por simplemente dejarme ser, andar desnuda por la casa y disfrutar siendo yo.

El invierno era horrible para mí. Andar abrigada, con ropa gruesa, bufandas, guantes, chalecos, ¡Asss!… odiaba esa temporada. Pero todo aliviaba al llegar la primavera y con ello los días mas cálidos. Ese aire suave y temperado que ingresaba al abrir la ventana y acariciaba mi piel, el aroma sutil del cambio de estación y saber que, cada día que pasaba era una prenda menos que usar. 

Mi vida pasaba tranquilamente, crecía a diario y mi cuerpo iba dejando de ser el de una niña para pasar al de una joven. Mis curvas se pronunciaban, mis piernas se enancharon, mi rostro se definía y los cambios hormonales estaban a la orden del día.

Desde la inocencia de la desnudez pasé al morbo. Noté que los hombres me empezaban a mirar con otros ojos, noté que su mirada era con intenciones morbosas. Estando con ropa era blanco de muchas miradas coquetas y salvajes, de esas que te desnudan y te hacen mil cosas en sus mentes.

Vivíamos en un condominio departamental en el barrio norte de la capital. Acomodado, tranquilo con un variopinto etario. Decidí llevar más allá la exposición. Ese fetiche de que me vieran se había masificado en mi mente. El morbo de que ojos de distintas personas se clavasen en mi agotaba la paz y prendía sentimientos eróticos en mi pecho.

Estando sola decidí ir a sacar la basura. El pasillo era largo y el habitáculo de la basura estaba justo al medio. Tenía que recorrer las pálidas puertas principales de los departamentos de mis vecinos, pasar por varios balcones que daban hacia avenidas transcurridas y edificios aledaños.

Me armé una coleta, me puse unas nike rojas, agarré la bolsa de basura y abrí la puerta. Desnuda ante la vida caminé por el pasillo, lentamente esperando que una puerta se abriera, que alguien me mirase y quedara boquiabierto. Nada.

Volví caminando mas lento. Nada.

Recorrí nuevamente, pero esta vez el largo del pasillo. Nada.

Me coloqué en los balcones esperando ver a alguien desde las ventanas, alguien que levantase la cabeza y por asares de la vida se cruzara con mi cuerpo. Nada.

Repetí ese ritual casi a diario sin resultados. Por ende, decidí aventurarme más.

Tomé el ascensor y marqué el último piso. Ahí iba, desnuda en un ascensor helado, cruzada de piernas y apoyada sobre la pared de metal con informativos del condominio. Mis senos erectos por el ambiente helado al interior, mi piel lisa sintiendo como se paraban los pelos de los nervios.

Se abrió la puerta…nadie. Otra vez. Creo que debo rendirme -pensé- en fin. La vida es larga y siempre podré mostrarme a alguien en algún momento… ¡Espera! -una mano sujetó la puerta del ascensor antes de cerrarse.

-Gracias casi pier… -un hombre de alta edad me queda mirando atónito y sin palabras- eeh…

-¿Va a pasar? -le pregunto-

S…si. -Ingresa al ascensor- no paraba de mirarme. Nuevamente esa sensación de cosquilleo en mi estomago estaba naciendo. Me mordí el labio y lo miré de reojo: estaba allí de pie, saboreándome con su mirar

-Este -tragó saliva- ¿de qué piso eres?

-Del quinto -respondí intentando no darle importancia.

– Y siempre andas… -dibujando un circulo con sus manos- andas… ¿así?

-Si. Me encanta andar así. Además, hace calor ¿no? -el ring del ascensor sonó – Bueno, el quinto. Nos vemos.

 Antes de bajarme, me incliné hacia delante para hacer como que ordenaba las agujetas de la zapatilla (eran con broches), dejando a la vista todo el trasero. Por el espejo noté como se mordía los labios.

Chau, vecino -me despedí con la mano-

… No respondió.

Llegué al departamento y me masturbé.

Los días pasaron y mi suerte cambió. Siempre me topaba con hombres de distintas edades: jóvenes incrédulos, maduros deseosos de tocarme, adultos mayores con aire de volver a sentir una carne suave; me excitaba.

Un jueves en la mañana, antes de ir a comenzar mi rutina, pasé a dejar la basura y decidí bajar por las escaleras. Abrí la puerta de emergencia y sentí que alguien venía tras mío. Era un hombre maduro, con una calva donde había unos cuantos cabellos canosos, una barriga prominente, lentes anchos y un bigote divertido.

-Hola, linda, ¿Cómo estás? -me saluda

-Bien ¿y usted? -respondí-

– ¿Bien -se acerca y me besa la mejilla -¿Oye, tú eres la famosa que se pasea por los pasillos? -me mira completamente- te ves distinta vestida. Eres muy hermosa y tienes un lindo cuerpo, ¿sabías?

-Si. Es…si -me cruzo de manos- soy yo. Gracias.

Se acerca cada vez más -oye -me coloca la mano en la mejilla – tu sabes lo que provocas en nosotros, ¿no? Por eso lo haces. Te gusta calentarnos -se acercó más y más dejándome prisionera entre la pared y él. En ese entonces medía 1,55. Era muy pequeña (siempre lo he sido) y le llegaba al pecho. No tenía comparación de tamaño y fuerza.

Mi cuerpo temblaba, mis manos sudaban, sentía su cuerpo pegado al mío. Lo miraba sin saber qué responder, pero tenía razón: por eso lo hacía.

Sin acusar, desesperadamente se acercó a besarme el cuello mientras me recorría con sus manos. Le puse las manos en los hombros mientras cerraba los ojos.

No, para -le decía sin resultados. No escuchaba, era un animal buscando saciar su hambre.

Detente – extendía mi cuello mientras mis manos empujaban sus hombros – no…no…

Su lengua me recorría el cuello y rostro, sus manos me buscaban bajo el uniforme. Con sus pies separó los míos dejando mis piernas extendidas, con su mano encontró lo que buscaba. 

Sentí sus dedos masajearme con bruquedad, sentí la presión de su mano ancha, de sus dedos regordentes. Sentí como mi ropa interior se separaba para dejar entrar a esos intrusos que asaltaron mi interior. Gemí. 

Con brusquedad y algo torpe, me cogió del brazo y me tiró al suelo. Quedé acostada mirando hacia arriba. No alcancé a reaccionar cuando se lanzó a mí. Me agarró de las rodillas, separó mis piernas y desprendió mi ropa interior.

No sabía que hacer, solo sentirme causante de esto. Yo los provoqué, yo busqué esta acción.

Su cabeza se posó sobre mi entrepierna y sentí su lengua lamerme hasta lo mas profundo de mi ser. Su cabeza se sentía enorme en mi cuerpo, su lengua era cálida y juguetona. Masajeaba con desesperación y hambre toda mi humanidad. Me humedecía con cada lamida: arriba, abajo, adentro, afuera. Sentí que abrió su boca de par en par, la posó sobre mi clítoris y empezó a succionar mientras lamía la parte inferior: dios mío, no pares. Succionaba y sentía que no podía sostener mis reacciones, mi cuerpo se movía solo, mis piernas empezaban a temblar. Sentí una electricidad que me recorrió desde la vagina hasta la cabeza. Se irradió por todo el cuerpo, mis músculos se tensaron, mi boca se abrió, mi cuello se extendió y mis ojos se abrieron. Miraba la puerta de acceso mientras sentía el orgasmo más intenso que jamás volví a sentir.

Le sujetaba la cabeza con fuerza mientras el seguía lamiendo y masajeaba mis pechos bajo la polera. El orgasmo fue una delicia, no paraba de respirar agitadamente.

Acostada sobre el piso, con los brazos extendidos. Abierta de piernas, y entre ellas estaba él. Bajando sus pantalones, su ropa interior, dejando expuesto su miembro erecto. Era corto pero grueso, rodeado de un vello negro prominente el cual se expandía por su abdomen y piernas. Su barriga se posó sobre mi y no me dejó ver más, solo sentir. Usó su mano sin mucha necesidad y su pene se introdujo en mi interior.

Sentí la primera penetración hasta el pecho, sentí como se abría paso dentro de mí. Sentí como ingresaba hasta el fondo, para volver a salir y volver a ingresar, volver a salir y volver a ingresa.

Sus embestidas eran rápidas y bruscas. Mi cuerpo rebotaba bajo el de él. Mis piernas extendidas moviéndose al son de su ritmo. Su barriga me presionaba, sus dedos se metían en mi boca, su lengua en mi oído. Sentía sus gemidos cercanos y profundos, tan profundos como sus penetraciones.

-Esto querías, ¿no? -me decía al oído – tu buscaste esto -gemía- tu querías esto -me repetía en cada movimiento.

No respondí, solo asentí mientras difícilmente gemía.

 Me miró a los ojos, me pidió abrir la boca y sacar la lengua. Un hilo de saliva se traspaso desde su boca a la mía. Un hilo de saliva nos conectó hasta que murió.  

Con ambas manos me agarró del cuello y empezó a apretar. La presión de mi rostro sentía como subía. Sus movimientos de caderas, sus embestidas iban más y más rápido. El sonido de su cuerpo dominándome con brutalidad, el sonido de su enorme cuerpo chocando con el mío, pequeño y débil, inundaba todo el entorno cerrado, la puerta inerte, las escaleras neutras. La luz de “salida” verde y parpadeante iluminaba mi vista. Lo sentí.

Sentí sus manos presionar mas fuerte mi cuello hasta esa última embestida: su pene se ensanchó, su glande palpitó y dejó escapar chorros de semen espeso dentro de mí. Sentí como ese líquido me inundaba completamente. Su pene dentro mío en su totalidad ocupada todos mis rincones, el semen luchaba por conquistar unos rincones. Sentí como se escapaba.

-Preciosura -me acariciaba el rostro mientras se colocaba de pie. Noté como su pene salía de mí, dejando hilos de semen conectándonos. Sentí como su pegajoso y espeso líquido escapaba de mi para morir en mis nalgas. Allí quedé: acostada sobre un piso helado, llena de semen, sudor y manos marcadas en mi cuello.

-Nos veremos pronto -me dijo.

-Solo…sonreí.

Volví al departamento. Fui a mi habitación, me desnudé y noté como desde mi vagina aún quedaba rastro de semen, como en mis piernas se dibujaban hilos de su semen.

Me pasé la mano, estaba helado.

-Solo… sonreí.

Por justmeCl

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